Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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– Como para besar -decía Gardner levantando los ojos al despedirse de Daniel.

Emilia fue llenando la casa de plantas y convirtió las dos habitaciones de la pequeña vivienda cercana al río, en un rincón salpicado de cajas y cosas, dentro del que Daniel llegó a reconocer hasta el olor que imperaba en la Casa de la Estrella. Volver ahí todas las tardes lo confundía, desnudar a Emilia a cualquier hora era recuperarlo todo de golpe para perderlo en cuanto ponía los pies en la calle. Muy pronto, el consuelo de haberla recobrado se convirtió en nostalgia de todo lo demás.

– Traes a cuestas tu mundo -le dijo una tarde al volver del periódico.

– En cambio tú lo andas dejando en todas partes -contestó Emilia sin levantar los ojos del libro en que los tenía perdidos.

Daniel se inclinó para besarla y le quitó de las manos el tratado de anatomía que ella se había propuesto memorizar.

Cada tarde Daniel volvía del periódico acompañado por Howard y una noticia de México picándole la lengua. Primero un motín en Tlaxcala, después la erupción de un volcán en Colima, luego el principal puerto de Yucatán devastado por un incendio, y un anochecer frío, llevado por un telégrafo tartamudo pero exacto, el estallido, dentro del ejército, de una conspiración contra Madero, presidida por los más asiduos representantes de la vieja dictadura.

Como un ventarrón, levantando cosas para luego azotarlas contra el suelo, Daniel empezó a contar los detalles del cuartelazo contra Madero. Iba hablando de presos liberados por los militares rebeldes, de bombardeos contra civiles, de actos de pánico y barbarie, mientras metía ropa en una maleta y le participaba a Emilia que a la mañana siguiente volverían a México.

– No podemos quedarnos dichosos y quietos, cuando esto sucede -concluyó. Si él había acompañado a quienes se levantaron contra Madero por incipiente, lucharía contra quienes lo traicionaban por reformador.

Con una mirada impávida, Emilia dejó que Daniel hablara y maldijera un buen rato, hiciera planes e imaginara guerras, acordara con Howard la cantidad de envíos semanales que le haría, los lugares por los que iría en busca de historias, la gente a la que entrevistaría y los varios periódicos a los cuales Howard se encargaría de vender sus artículos. Luego, con la misma indiferencia con que Daniel había estado decidiendo sin pedirle su opinión, le participó que ella no cruzaría la frontera. Aún no acababa de llegar, aún le dolía la memoria de su viaje en tren a través de un país en destrucción, aún no tenía valor para intentar recuperarlo. Además, alegó, qué caso tendría que Daniel fuera a morirse en una guerra que ya no se sabía ni para dónde iba ni a quién defendía. Dijo que su madre tenía razón, que la política saca lo peor de los hombres y que las guerras vuelven poderosos a los peores hombres. Estaba segura de que Daniel se iría de todos modos, pero que no contara con arrastrarla de regreso. Le había prometido subir con ella hasta Chicago para conocer al doctor Arnold Hogan, famoso boticario y médico, con quien Diego Sauri llevaba una meticulosa y larga amistad por correspondencia.

– Yo no voy a cambiar de planes. Estoy cansada de ir y venir según el vaivén de tus antojos y los de la república -dijo.

Hablaba con la jarra del café en una mano y bajo los ojos de cachorro sonriente con que la escrutaba Howard Gardner, con un aplomo que a Daniel le recordó a la niña columpiando sus piernas en la rama de un árbol, y un inglés fluido y gracioso que le hubiera encantado a su padre y que usaba en honor y para regocijo del visitante. Cuando por fin cerró la boca, Howard le quitó la taza que temblaba en su mano izquierda y la besó en la mejilla sonrojada por el alegato.

Emilia le sirvió café sin interrumpir el silencio, y Howard se acomodó en un sillón de la sala dispuesto a seguir contemplando el espectáculo de aquel desacuerdo. Daniel había apoyado los codos sobre una mesa y escondía medio cuerpo entre ellos. Cerró los ojos, maldijo en voz baja, y no pudo pensar en nada que no fuera su ambición de tenerla. Lo arruinaba cuando le hablaba como si fuera un chiquito necio, al que había que explicarle la realidad poco a poco, pero con firmeza, para que la entendiera. Lo arruinaba cuando el viento de la indignación confundía sus mejillas y aclaraba sus juicios, cuando especulaba con la firmeza de un historiador y razonaba frente a sus arrebatos con la condescendencia de una vieja. Tanta vida entre adultos cavilosos había marcado sus pensamientos y era imposible discutir con ella porque tenía una perspicacia tan inflexible como la de Josefa, era temeraria como Diego y contumaz como Milagros. Él tenía muy pocos argumentos con los que persuadirla y ninguno era para usarse en público. Así que no se movió, ni dijo una palabra durante un largo rato, hasta que la rigidez del aire se hizo tal, que Howard bebió un último trago de café y tuvo a bien despedirse.

– Egoísta -dijo Daniel en cuanto se quedaron solos.

– Soberbio -le contestó Emilia.

– Insensible -dijo Daniel.

– Mártir -contestó Emilia.

Lo que siguió fue una pelea de animales desesperados, en la que se insultaron y mordieron, mientras se prometían olvido, distancia y odio eterno.

– Muérete -dijo Emilia librándose de la trabazón y los empujones a que habían llegado. Tenía un rasguño en la frente, encendidas las mejillas, abiertos los botones de la blusa.

– Sin ti -contestó Daniel deteniéndose a mirarla por primera vez desde que se inició la pelea. Por su padre que estaba más bonita que nunca-. Eres una salvaje -dijo agachándose para levantar su pantalón en busca del dolor que le producía una patada en la espinilla.

– ¿Te duele? -preguntó Emilia avergonzada.

– No -dijo Daniel caminando a buscarla. Bajo la blusa abierta le temblaban los pechos. Daniel metió su mano en el hueco que se abría entre y uno otro. Clareaba cuando juntaron sus cuerpos en busca de una tregua. Uno encima de otro, jugando a quererse como si el futuro no existiera, olvidaron sus cuitas. Deshicieron los juramentos de odio y se firmó la reconciliación. Sin embargo, ninguno se movió de la raya que pisaba al empezar la noche, y aunque se juraron tolerancia, memoria sin fisuras, lealtad, amanecieron sin un acuerdo para la luz que inundaba el día.

– Tanto te gusta ir a buscarla que acabarás encontrándola -le dijo Emilia.

– ¿A quién? -preguntó Daniel.-No me hagas nombrarla -pidió abrazándolo para espantarse el horror a la muerte con que se despidieron.

XX

Daniel regresó a México como lo había previsto desde el momento en que oyó la noticia del golpe militar. Emilia se hizo cargo de vender lo poco que habían acumulado, guardar en cajas todos los libros del doctor Cuenca, pagar la última renta y entregar la llave de la casa. Después emprendió el viaje a Chicago, en busca de la universidad y de un futuro que no pensara en la guerra.

Eran las diez de una mañana oscura cuando llegó a la ciudad aprisionada por su invierno. Nevaba y el aire corría desde el lago hasta los rostros de la gente. Emilia no había imaginado jamás que el frío pudiera lastimar así. Mientras lidiaba con el aprieto de caminar sobre la nieve por primera vez, iba gritándole al cielo gris que se le venía encima. Y fijándose en todo, menos en dónde ponía los pies, tembló sobre el hielo resbaladizo. Cargada con su equipaje y sus furias, intentó no caerse haciendo piruetas durante unos segundos, pero llevaba demasiados bultos y pensaba demasiadas cosas como para conservar el equilibrio. Así que sin meter ni las manos, dio con la cara en la nieve. Toda mojada, helándose, pensó que se lo merecía, por negarse a la evidencia, por huir de su destino, por pretenciosa. ¿Qué hacía ella, nacida para su bien en las tibiezas de un país tropical, rendida sobre un charco de nieve sucia, harta, cansada y sola como nunca pensó que sabría estar? ¿Qué buscaba si bajo las estrellas de su casa, tenía el lugar más tibio y grato del mundo? ¿Ser médico?

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