Ángeles Mastretta - Mal De Amores

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Mal de amores es la historia de una pasión entretejida a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradición de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa nítida y rápida consigue arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.

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Desde arriba, saludó a Milagros Veytia que se apoyaba con extraña ceremonia en el brazo de Rivadeneira. Se concentró luego en la cauda de sombreros y caballos que cruzaban bajo sus ojos. Polvosos y pardos daban la impresión de llevar un uniforme, por más que no hubiera uno vestido igual que el otro. Los sombreros de alas muy anchas y copas puntiagudas se intercalaban con las gorras de guerra o los cabellos alborotados y sudorosos contra el sol. De pronto, entre un hombre redondo con las cananas cruzadas sobre el pecho y uno alto vestido como por el mismo sastre del señor Madero, Emilia vio galopar el único cuerpo que le interesaba entre todos aquellos. Tenía la gracia sobre los hombros y un aire infantil regía el garbo de su figura.

– ¡Daniel! -le gritó ensordeciendo a los que con ella se apiñaban sobre la estatua. Y con ese grito herético en mitad del alboroto general, bastó para que el espíritu veleidoso que iba sonriendo bajo un gran sombrero de paja igual a tantos otros, volteara en dirección de su voz y la viera agitando el brazo y regalándose como si pudiera alcanzarlo.

Con la sorpresa entre los labios Daniel detuvo su caballo, se quitó el sombrero y buscó a la dueña de la voz que lo llamaba. Emilia volvió a prenderse la falda de la boca y bajó de la estatua como un pájaro. A empujones, sintiendo que se ahogaba un momento y volaba el otro, llegó hasta la orilla del gentío y extendió su brazo hasta Daniel, que al otro lado de la muralla de hombros y cabezas interpuesta entre sus cuerpos, le ofrecía su mano para ayudarla a sortear la salida. Se abrazaron en medio de un griterío. Besándose en el centro del camino, eran la mejor parte del espectáculo que había volcado a la ciudad sobre sus calles. Emilia hundió su lengua en la boca de Daniel.

Para acercarse al perfume de su cuerpo, Daniel apoyó una mano en la nuca que ella mostraba como un cetro. Él olía a mugre de muchos días y traía tierra en las orejas que Emilia le besó despacio. La marcha de hombres y caballos se abría al encontrarlos abrazándose. Con una mano, Emilia acarició la espalda de Daniel, como si fuera dueña del tiempo. Luego buscó su pecho y del pecho bajó al camino hacia adentro que abría un pantalón colgado al cuerpo enflaquecido de su dueño. Sintió su grupa fuerte y su piel. Sólo un respiro. Llamado a gritos por unas voces que se alejaban, Daniel soltó su nuca, dejó sus labios, se libró de la mano que hurgaba bajo su ropa.

– Me tengo que ir -murmuró.

– Siempre -dijo Emilia dándole la espalda.

Antes de subirse al caballo, Daniel prometió que la buscaría en la noche.

– Te odio -dijo Emilia.

– Mentirosa -contestó él.

Sin quitar su cuerpo del camino por el que seguían pasando caballos y hombres presos de otra pasión, Emilia lo vio unirse al desfile. Había una mezcla de alivio y orgullo en el gesto del Daniel que se iba.

Desde lejos, Milagros presenció toda la escena mientras intentaba abrirse paso hacia el borde de la acera. Oyéndola decir su nombre como si la vitoreara, Emilia salió de su pasmo y recuperó la realidad. Caminó hasta los brazos de Milagros con la letanía de improperios que no alcanzó a soltar sobre Daniel, y estuvo maldiciendo el resto del desfile.

Porque siempre era lo mismo, siempre el atisbo y la huida, siempre la sorpresa y la desaparición, siempre la espera como única vuelta de su destino.

– Si el destino es lo que todavía no te pasa -dijo Milagros abrazándola-. Nunca es lo mismo.

Madero cruzó el aire unos minutos. Después, hasta Rivadeneira y su cámara quedaron envueltos en la euforia de tanta gente celebrando una esperanza. Nada era cierto todavía, más que el futuro. De ahí para adelante estaban sólo los límites de un sueño, y por entonces pocos imaginaban que nada es tan limitado como un sueño que se cumple.

Volvieron a la casa pasadas las cinco de la tarde, exhaustos como si ellos también hubieran hecho la guerra de los hombres a los que vieron desfilar. Emilia había tenido tiempo de poner en el oído de Daniel la dirección en que dormiría, pero cuando la oscuridad entró por las ventanas y hubo que apretar los botones para encender la luz, dijo que ya no quería verlo. Ni esa noche ni ninguna otra. Recordaba como un agravio la vehemencia que lo arrebató de su lado en la mañana. Le había notado en el cuerpo un fuego que más que nunca sentía rivalizar con ella y que nada tenía que ver con ella.

La desalentaba sentirse celosa de algo tan etéreo y sin embargo tan implacable. Una parte del Daniel al que siempre creyó conocer de memoria y por completo, se le escapaba, se le iba a escapar siempre porque no lo entendía, porque se había hecho dentro de él con las cosas y la guerra de otros, pero era intenso y le invadía el cuerpo adueñándose de los rincones que sólo a ella le habían pertenecido.

Las primeras horas de la noche, esperaron a Daniel mientras Emilia hablaba de sus sentimientos encontrados y de sus clarísimas furias, ordenándolos y describiéndolos con una precisión casi científica. Rivadeneira y Milagros la oyeron elucubrar sus sensaciones sin aceptar frente al ímpetu de su sobrina el que fuera posible que de todo eso que hablaba se hubiera dado cuenta en un abrazo de dos minutos, pero sin demasiada convicción en las palabras con que intentaron sosegarla antes de perderse en un sueño remoto.

Emilia se quedó con la noche entera para esperar que Daniel llegara. De vez en cuando, Milagros o Rivadeneira despertaban para decir algo que entretuviera la vigilia de la sobrina, hasta que ella se compadeció de su cansancio y como si fueran un par de niños, los guió hasta las sábanas de su recámara. Les apagó la luz y volvió al salón. No tenía sueño. El arrebato es enemigo del sueño y Daniel no llegaba ni llegó.

A solas, bajo la fúnebre mirada de un santo pintado durante la colonia, añoró la paz de sus frascos y sus libros, la taciturna asiduidad de Antonio Zavalza, su boca como un bálsamo que le curaba el afán de tener a Daniel cerca.

Al despertarse con el sol del día siguiente, Milagros y Rivadeneira la encontraron todavía vestida, ojerosa y escéptica. Para aumentar su desaliento decidieron pasearla por la ciudad, consentirla y regalarle todo lo que ni siquiera se le ocurría desear. Haciendo todo eso consiguieron darle, mejor que de ningún otro modo, lo que necesita un corazón maltrecho para salir de su atolladero. Así que la noche alcanzó a Emilia llorando por fin toda su rabia en una sola sentada.

Tres mañanas después, sin haberle visto un pelo a Daniel, tomaron el tren de regreso a Puebla. Emilia iba vestida de nuevo hasta los calzones y llevaba puesta una sonrisa de lujo y altanería que sólo proporciona el desencanto, mezclado al trato con la Ciudad de los Palacios. Cuando Josefa la vio caminar por el andén para ir a su encuentro, le dijo al padre encandilado que era Diego:

– Dios libre a Zavalza de su nueva sonrisa.

XVI

Nada era tan cambiante como la rutina por esos tiempos. El mundo se había desatado fuera de la botica y su inmutable combinación de aromas y todo lo que se previó entre sus frascos corría por el país perturbando hasta el aire.

Un gobierno de transición preparaba nuevas elecciones para octubre de 1911. Cada mañana los periódicos recién despertados a su arbitrio insultaban a quien mejor les parecía. Y cada tarde un grupo de inconformes con el resultado de su primera guerra, volvía a levantarse contra la voluntad temerosa que inventó licenciar a las tropas insurgentes, sin haber conseguido nada para ellas.

En casa de los Sauri se discutía el futuro de la patria como en otras se discuten los deberes del día siguiente, y la botica parecía una cantina desordenada donde los parroquianos dirimían sus apegos y ambiciones antes de subir a seguir discutiéndolos tras el caldo de frijoles que Josefa tenía para todo aquel que pasara por su comedor.

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