Sentí un profundo incordio. Fray Ureta hacía temblar mis ideas como el viento caprichoso a una giralda.
– Circulan versiones calumniosas sobre don Cristóbal -añadió-. ¿Sabe usted quiénes las alimentan? Los miserables que escamotean el pago de sus impuestos. A las exigencias legales responden con ridículas inventivas. Las Indias están plagadas de hombres que se enriquecen y mezquinan sus contribuciones y limosnas. ¿No lo denuncia semanalmente nuestro obispo?
Nos estábamos acercando al cerro de Santa Lucía. Ya se insinuaban algunas de sus entradas. La gente se desplazaba a una distancia prudencial como si fuese una montaña infecta.
– Intuyo que usted tendrá dificultades en la negociación de la dote -volvió a hundirse en mi intimidad.
Sonreí con esfuerzo.
– Don Cristóbal -agregó- ha perdido casi todo su patrimonio a manos de los piratas ingleses. No puede contribuir de la forma que hubiera deseado. Ama a su ahijada y, por consiguiente, le dirá que no está en condiciones de acceder a su matrimonio porque usted, doctor, es una persona que tampoco tiene suficientes medios para mantener un hogar.
– No es exacto, padre. Gano un sueldo y cobro honorarios por mis servicios a domicilio.
– ¿Ah, sí? -exclamó.
– ¿Duda de mis palabras?
– No. Sólo que sus palabras se contradicen con el monto de sus limosnas.
– Soy ecuánime.
– Subjetivamente. La objetividad que yo tengo, en cambio, no opina lo mismo. Don Cristóbal no evaluará la seguridad económica de su ahijada sólo por lo que usted diga, si no muestra.
– Las muestras pueden ser falsas.
– Yo, como visitador, necesito que usted me preste ahora dinero, por ejemplo -descerrajó a quemarropa-. Mi orden no puede distraer fondos y tampoco el episcopado. Fíjese que no le pido la sagrada limosna, sino un préstamo.
Mordí mis labios.
– También quisiera reflexionar sobre esto.
– De acuerdo.
Retornamos al centro. No hizo referencias al cerro de Santa Lucía ni me acusó de andar fornicando con mujerzuelas, pero ¿a qué se debía ese itinerario?, ¿por qué me llevó hasta el mismo sitio donde me encontró ayer? Mientras nos acercábamos a la iglesia de los mercedarios me hizo hablar sobre otros temas: el obispo Trejo y Sanabria y Francisco Solano, la Universidad de Lima. Graduaba los efectos. De pronto se acarició las mejillas y, dirigiéndose a las nubes, preguntó con afectada inocencia:
– Ayer fue sábado, ¿no?
Francisco sabe que pedir misericordia no significa absolución. En todo caso es una expresión indirecta y eficaz de sometimiento. No ha llegado a este punto para retroceder: él es en gran parte autor de su destino: ha hablado con suficiente ligereza para que lo denuncien y se ha desplazado con poca velocidad para que lo detengan.
El calificador Alonso de Almeida es probablemente sincero; los azotes de sus palabras están embebidas de angustia; quiere salvarlo, pero ¿salvarlo de qué? Ese buen hombre está seguro de haberlo impresionado y de poder enderezar las principales torceduras de su espíritu.
En el calendario de festividades que me enseñó papá, tiene relevancia el ayuno de septiembre. En ese mes se renueva el año hebreo y luego acontece el Día del Perdón ( Iom Kipur ). La contrición del ayuno desintoxica el cuerpo y alma. Mediante esa privación fortificamos nuestra voluntad y demostramos a Dios ya nosotros mismos que tenemos energías en reserva. También el ayuno es penitencia: los marranos necesitamos de ella para aliviar nuestro corazón de esa falta horrible y perpetua a la que nos vemos forzados: mentir al prójimo y negar a Dios. El profeta Jeremías, ante la catástrofe que se abatió sobre Jerusalén, predicó «¡Inclinad vuestras cabezas, pero vivid!» Coincide con el instinto animal: cualquier estratagema que permita seguir respirando, vale. Pero desgarra los principios éticos: cada minuto de vida está contaminado de deslealtad. Por eso el cilicio del ayuno contribuye a equilibrarnos. Joaquín del Pilar me mostró que para Iom Kipur, en Lima algunos marranos suelen pasearse por la Alameda después del almuerzo con un escarbadientes en la boca. En realidad ayunan, pero deben alejar las sospechas porque los fanáticos saben que el ayuno en determinada época es un dato irrefutable.
Elegí adrede Iom Kipur para visitar a Marcos Brizuela. Aún no abrimos nuestra intimidad: un judío debe andarse con extremo cuidado porque su interlocutor, aunque converso, puede haber decidido repudiar definitivamente el pasado. Más aún: puede haber avanzado hacia una conversión con poca fe y mucho miedo que, para sostenerse, necesita demostrar que no sólo renuncia a su antigua religión, sino que odia a sus ex correligionarios. Su padre y el mío fueron juzgados por el Santo Oficio, reconciliados y obligados a vestir el sambenito infame. Oficialmente retornaron al seno de la Iglesia. Ambos murieron en Lima. Marcos permaneció en Santiago de Chile y prosperó en el comercio. Se casó con Dolores Segovia, madre de sus dos hijos, y compró una silla de regidor en el Cabildo local. ¿Le quedaban motivaciones para considerarse judío?, ¿ganas de afirmar esa despreciada identidad con estudio, plegaria, cultivo de ciertas tradiciones? Traté de reconocer alguna práctica judía en el tratamiento que se suministró al cadáver de su madre porque la higiene que exige la Sagrada Escritura -vista por la Inquisición como «rito inmundo»- se extiende al muerto: los judíos lo lavan con agua tibia y lo envuelven, de ser posible, con una mortaja de lino puro. Después del sepelio hay que lavarse las manos y comer huevos duros sin sal (el huevo es un símbolo de la vida: por su forma nos recuerda que el devenir no es lineal y tampoco perfectamente redondo). El duelo dignifica al fallecido y a sus parientes: ayuda a digerir la pérdida para que aumente el amor y disminuya el lastre. Los parientes más cercanos se sientan en el suelo durante siete días y rezan, conversan, comen pescado, huevos y vegetales. Pero en casa de Marcos no advertí nada de esto. Que yo no lo haya visto, sin embargo, podía ser el éxito de su simulación, no la prueba de su apostasía.
Lo visité, pues, en el Día del Perdón, sin noticias ciertas sobre sus sentimientos profundos. Que estuviese en su casa sin trabajar, tampoco valía como dato: sus tareas eran irregulares y dependían de las mercaderías que llegaban o debía despachar.
– El trabajo es una maldición, Francisco -se excusó Marcos-, una de las primeras condenas. Lo dice categóricamente el Génesis .
– ¿Sabes de dónde proviene la palabra «trabajar»? -recordé un descubrimiento lingüístico-. Del latín tripaliere . Significa torturar.
– Clarísimo, entonces.
– Pero pertenecemos a la clase de los labradores , Marcos.
– No soy agricultor.
– Labradores en sentido de trabajadores -aclaré-: tú comerciante, yo médico. Aunque nos disguste, estamos más cerca de los menestrales, orfebres, artesanos y carpinteros que de los oradores y defensores [34].
– No dependía de nosotros la elección.
– Podíamos, de haberlo querido, ser oradores. El sacerdote, que es el orador por excelencia, tiene poder sacramental como intermediario entre Cristo y el hombre -lo miré al fondo de los ojos.
– Yo no tuve la necesaria formación para convertirme en sacerdote. Tú, en cambio, viviste en conventos -insinuó.
– No depende tanto de la formación como de la vocación, Marcos. En todo caso, no tienes la vocación de sacerdote.
– ¡Aunque sí de intermediario! -rió.
– Tu intermediación no es tan apreciada como la del sacerdote -lo pellizqué.
– Porque no comercio entre Cristo y los hombres, sino sólo entre los hombres -mantuvo la sonrisa-. Y cobro por ello.
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