Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– ¿Qué ha pasado? -empecé mi anamnesis.

Marcos se paró tras de mí. Enfrente se instaló su esposa.

– Hace mucho que quedó paralítica y casi muda -contó Marcos con esfuerzo.

– ¿Cuántos años?

Oí que se hinchaba su tórax. Empezó a caminar lentamente por la alcoba.

– Dieciocho -respondió su mujer.

¿Tanto tiempo? Hice el cálculo. Ocurrió a poco de instalarme en Chile. Lo dije.

Marcos se detuvo, desdibujado por las sombras. Volvió a hinchar su tórax.

– Fue un poco después.

Traté de abrir la mano deformada. Luego continué con otros gestos médicos mientras pensaba. Froté sus sienes, palpé las arterias carótidas, le moví suavemente la cabeza, calculaba la temperatura.

El lento paseo de Marcos se parecía al de un tigre encerrado en una jaula. Se me ocurrió que saltaría sobre mi nuca. La enfermedad de la madre no sólo le producía pesadumbre, sino resentimiento. ¿Por qué me llamó? Podía haberse dirigido a Juan Flamenco Rodríguez. O a los médicos sin título. Su voz hostil se abrió camino entre espinas.

– Quería que la vieras -musitó.

Giré en mi silla. Estaba parado detrás de mí nuevamente. Apoyó sus manos con fuerza sobre mis hombros. Descargó su peso. El salto del puma, me azoré. Sus dedos comprimieron mi carne.

– Así quedó cuando arrestaron a mi padre.

Intenté ponerme de pie. Su fuerza era superior a la mía. Le crecía el furor, pretendía dañarme.

– Así quedó -volvió a decir con las mandíbulas crispadas.

– Fue una apoplejía -con mi derecha palmeé su brazo izquierdo convertido en la garra que mordía mi hombro.

– Fue consecuencia de la denuncia que hizo el cabrón de tu padre, Francisco -me soltó de golpe y se alejó unos pasos.

– Marcos… -exclamó su esposa.

Mi cabeza trepidó ante la increíble imputación. Me di vuelta para mirarlo. «No puede ser», me decía.

– Tras el espantoso arresto tuvo un ataque -siguió hablando-. Apoplejía. O ataque cerebral. O golpe de presión. Como gustan decir ustedes, los médicos… Palabras, palabras -movía las manos para espantadas como si fueran moscas-. Estuvo inconsciente una semana. Le hicieron varias sangrías. Pero quedó inválida. Hemipléjica y muda. Dieciocho años. Consiguió, sí, moverse con ayuda, hablar como un bebé… Mi padre arrestado en Lima y nosotros con mamá destruida, aquí -se le anudó la garganta y cesó de hablar.

Su mujer se acercó para tranquilizado, pero él la mantuvo separada con un gesto.

– Siento de veras lo que dices, Marcos -murmuré con la boca seca, confundido, avergonzado-. Mi madre también fue destruida por el arresto. No tuvo un ataque de presión: tuvo una tristeza que la llevó a la muerte en sólo tres años.

Marcos levantó el blandón e iluminó nuestras caras. Sus ojos estaban llenos de sangre. El resplandor sacudía brochazos negros y dorados sobre su piel tensa.

– ¡Te he maldecido, Francisco! -asomaron sus dientes-. A ti y a tu padre delator. Nosotros los recibimos en Córdoba con los brazos abiertos, les dejamos nuestra casa… Pero tu padre, tu miserable padre…

– ¡Marcos! -le apreté las muñecas-. ¡Ambos fueron víctimas!

– Él lo denunció.

– Nunca me lo dijo -sacudí sus muñecas; yo estaba al borde del llanto.

– ¿Te iba a confesar semejante crimen? Los hechos son bastante elocuentes: poco después que arrestaron al delator de tu padre, firmaron la orden de arrestar al mío. ¿Quién, si no él, proporcionó su nombre?

– Mi padre ha muerto ya -me dolía la garganta-. Las torturas lo dejaron baldado. No puedes aferrarte a una presunción, por Dios.

– Suéltame -liberó sus manos y se fue al extremo de la alcoba-. A ver si haces algo por mamá

Pedí a su mujer que me ayudara a cambiada de posición. El decúbito lateral mejora la respiración de los enfermos inconscientes. Con un trapo húmedo le limpié la boca. Ya sentía un malestar espeso, demoledor.

Marcos llamó al esclavo que me buscó en el hospital. Le tendió un papel enrollado.

– Entrégalo al visitador Ureta. Recuerda: fray Juan Bautista Ureta. En el convento de La Merced. Dile que venga en seguida para darle la extremaunción a mi madre.

Abrí una vena del pie y dejé salir unos centímetros cúbicos de sangre oscura. Luego comprimí la incisión con un apósito. Lavé el bisturí y la cánula. Cerré mi petaca. Volví a limpiarle la boca; su respiración se había regularizado.

Marcos recibió en el patio al visitador Ureta. Le agradeció la deferencia de llegar tan pronto. Era un sacerdote con ojeras profundas. También ingresaron a la alcoba unos vecinos. El sacerdote depositó un pequeño maletín y acercó su rostro a la enferma. Luego miró sucesivamente a Marcos, a su esposa y a mí. Su mirada tenebrosa se demoró en mí.

– Soy el médico -aclaré.

– ¿Está consciente? -preguntó a mi oreja.

Marcos y su mujer bajaron los párpados. La asordinada crítica del sacerdote resultaba abrumadora. Se había cometido una terrible negligencia: el alma de esta anciana no podía descargarse en una confesión, no podía comulgar, no podía recibir la preparación adecuada para el viaje eterno. Partiría desamparada. Yo debía denunciar que la encontré desvanecida y que han pedido tarde el auxilio de la religión. Pero decidí mentir para proteger a Marcos.

– Perdió el conocimiento mientras la sangraba. Cuando mandaron por usted, padre, aún hablaba con lucidez.

– ¿ Hablaba?

Advertí mi grosero error.

– Balbuceaba sonidos, padre, como en los últimos años -agregué-. Estaba consciente.

Extrajo los artículos sagrados y los acomodó sobre una silla, junto a la cama. Calzó la estola en su nuca abrió el devocionario y empezó a rezar. Los vecinos lo imitaron. En los muros resonó la plegaria.

– Te absuelvo de tus pecados -untó el pulgar en el óleo y trazó una cruz sobre la frente pálida-. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

– Amén -repetimos.

Recogió sus elementos, cerró el maletín y volvió a mirarme. Había una mezcla de curiosidad y desafío.

– ¿No es usted el doctor Francisco Maldonado da Silva?

– Sí, padre.

Su rostro se ablandó algo.

– ¿Me conoce? -pregunté.

– Ahora personalmente. Antes lo conocía por referencias.

Me recorrió un estremecimiento: ¿referencia?, ¿qué decían las referencias? Marcos lo acompañó hasta la puerta de calle con un par de vecinos. Después regresó a la alcoba y me dijo:

– Gracias.

– Está bien, Marcos. He pasado por situaciones parecidas: es muy doloroso.

– Dime cuánto son tus honorarios.

– No hablemos de eso ahora.

– Como quieras -se sentó cerca del lecho-. ¿Qué más podemos hacer? -la miró mordiéndose los labios.

Meneé la cabeza.

– Acompañarla.

– Entiendo. Gracias de nuevo -se tapó el rostro con las manos-. ¡Cuánto ha sufrido! ¡Pobre madre mía!

Me acerqué, le puse la mano en el hombro. Permaneció duro. Después se apartó.

– Puedes irte, Francisco. Ya has cumplido.

Fui en busca de otra silla y me senté a su lado. Le asombró, pero no dijo nada. Los sirvientes renovaron las candelas. Algunos vecinos se iban, otros entraban, siempre silenciosos. Al anochecer nos trajeron cazuelas con guisado caliente. Sólo cruzamos palabras que se referían a la enferma: cambiarla de posición, limpiarle la flema de la boca, renovar los paños fríos en su frente. Nos fuimos dormitando. Me sobresaltó un ronco estertor. La alcoba estaba más oscura, habían pasado varias horas. La paciente fue desplazándose en el lecho hacia la posición boca arriba y se ahogaba. Hizo un paro respiratorio. Acomodé su cabeza de lado y comprimí su tórax hasta restablecer el ritmo. Después volví a ponerla de decúbito lateral. Los sirvientes renovaron nuevamente las candelas. Dormí sentado un tiempo impreciso hasta que me sacudieron el brazo. Entre globos de agua vi a Marcos. Me conecté. Fui hasta ella. Otra vez boca arriba, pero inmóvil y silenciosa. Palpé su pulso y miré sus pupilas. Se había acabado. Extendí respetuosamente su brazo izquierdo. Enfrente, confuso, estaba Marcos. Se movieron nuestros dedos y nuestros labios en forma automática y nos abrazamos.

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