Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Sobre la mesa cubierta con mantel ardía un voluminoso candelabro de bronce. A su alrededor permanecían de pie varias personas entre las cuales estaba Dolores Segovia, la esposa de Marcos. De un vistazo capté a todos. Mi corazón se aceleró. A un metro de ella, el matemático bizco que conocí en la tertulia de don Cristóbal hablaba con un hombre de barba cenicienta vestido con una túnica blanca, cinturón gris y un alto báculo; tenía el aspecto de un eremita; nunca lo había visto antes. El último miembro de esta reunión clandestina me obligó a restregarme los ojos. Me observaba desde su hierática corpulencia con blanda y amistosa sonrisa: era el visitador eclesiástico Juan Bautista Ureta. Mi cerebro estalló: ¡también él es judío!
Marcos cerró el acceso. El eremita extendió su brazo en círculo: se ubicó en la cabecera y nos invitó a tomar asiento. Las sillas estaban provistas de abultados almohadones. Marcos depositó a la vista de todos un mazo de naipes.
– Podemos empezar -dijo.
– Los naipes permanecerán ahí toda la noche -, aclaró el forastero-. Es preferible que nos acusen por jugar ilegalmente que por festejar la Pascua de los Panes Ázimos.
– No nos descubrirán -tranquilizó Ureta-. Este sitio es inexpugnable.
Dolores hurgó bajo la mesa y extrajo una fuente de plata. Era pesada por el metal y también por los elementos cuidadosamente distribuidos en su superficie. Contenía planchas de pan ázimo, un trozo de cordero asado que asomaba un hueso, conjuntos de hierbas, un huevo duro y un diminuto perol con papilla de color canela.
Marcos extrajo cazuelas y tazones de barro que distribuyó a cada uno.
– Me los entregaron ayer -notificó-. Son nuevitos como corresponde.
– Y estarán debidamente rotos para la próxima Pascua -rió Dolores.
– Así debe ser -murmuró el extraño mientras acomodaba las láminas de pan cenceño.
Marcos apoyó sus manos sobre el borde de la mesa y se dirigió a cada uno de los presentes con gravedad.
– Hermanos: nos reúne esta noche el Séder de Pésaj [37]. Hemos sido esclavos en Egipto y el Señor, con su mano fuerte, nos condujo a la libertad. Los siglos de despotismo fueron compensados con la renovación del Pacto, el obsequio de la Ley y el ingreso a la Tierra Prometida. Hoy -hizo una pausa, ensombreció su tono- somos esclavos del Santo Oficio y el faraón se ha encarnado en los inquisidores. Nos agobia algo peor que la construcción de las pirámides: nos agobia su desprecio y su odio. Nuestros antepasados sufrían abusos y castigos, pero podían mostrarse tal como eran. En cambio nosotros debemos ocultar hasta nuestros sentimientos.
Tendió las manos hacia el forastero.
– Alegra nuestra celebración el rabí Gonzalo de Rivas. Es un erudito que ha peregrinado a Tierra Santa y visita las porciones dispersas de Israel. Bienvenido a nuestra casa y a nuestra ciudad, rabí. Usted nos honra y enaltece.
Contemplé a Juan Bautista Ureta con obsesión: resultaba inverosímil tenerlo ahí, con su hábito de mercedario, participando de una ceremonia judía.
El forastero acarició los rizos de su barba y paseó sus ojos húmedos por nuestros rostros.
– Toda fiesta necesita un tiempo de preparación -dijo-. Marcos se ha encargado de la vajilla de barro nueva y Dolores ha horneado las matzot [38], ha encendido y bendecido las velas. Cada uno de ustedes ha arreglado sus asuntos para poder concurrir y yo he conseguido ajustar mi itinerario para que las dos semanas de mi permanencia en Santiago coincidieran con el Séder .
Abrió la botija de vino y vertió sobre los tazones.
– Creo que ahora está todo listo para empezar -levantó su mirada tierna y pareció advertir que necesitábamos más esclarecimiento; repitió la caricia de su barba-. Hermanos: ésta es la festividad viviente más antigua de la humanidad. Muchas otras fiestas han desaparecido, muchas nacieron después. La celebración de Pésaj y el desarrollo de este Séder tienen tres mil años. Es notable que un acontecimiento tan lejano se centre en una aspiración tan anhelada como difícil: la libertad. Difícil y anhelada. Porque hoy, en 1626, no decimos que hace milenios unos antepasados que no conocemos y cuyos restos ya son menos que polvo padecieron la esclavitud en un remoto país: decimos nosotros fuimos esclavos y nosotros experimentamos el paso turbulento de la opresión a la libertad. La experiencia no ha terminado: se renueva, porque ahora, bajo otras vestiduras, prosigue la esclavitud y con renovada esperanza debemos soñar con nuestra libertad. Aquel extraordinario suceso nos vigoriza y muestra que en las situaciones más desesperadas siempre late la perspectiva de una solución.
Miró la bandeja.
– Aquí se exponen varios símbolos: las matzot recuerdan el pan de la miseria que prepararon nuestros antepasados sobre las calcinantes piedras del desierto. El trozo de cordero al animal que se sacrificó para la última y decisiva plaga, y cuya sangre preservó la vida de nuestros primogénitos. Las hierbas amargas nos hacen sentir el sabor que impregna la vida de los oprimidos. La papilla de manzanas, vino, nueces y canela evoca la arcilla que amasaron en Egipto nuestros abuelos -extendió el índice-. Por último, el huevo duro: simboliza el rodar de la vida y la resistencia del pueblo judío (mientras más se lo cuece, más se endurece); pero también es un elemento de luto: comemos huevos después de enterrar a un ser querido y ahora lo hacemos por los egipcios que murieron ahogados en el mar Rojo; indirectamente, han sido protagonistas de nuestra epopeya. Los judíos, de esta forma, recordamos que no se debe odiar ni a nuestros enemigos: todos los hombres son resplandores de Dios.
Señaló el tazón central, un cáliz lleno de vino hasta el borde.
– De esa copa beberá el profeta Elías, que es nuestro simbólico invitado. Un carro de fuego lo trasladó al cielo, y ahora, en carro de bruma, se desplaza hasta las cuevas y sótanos donde los judíos celebramos el Séder .
Se acomodó en los almohadones de la silla.
– Nos sentamos como príncipes: en esta noche especial somos hombres libres -sonrió-. La mesa está pronta, blanca y luminosa como un altar. Beberemos vino y compartiremos el pan cenceño. Luego disfrutaremos la comida que nos preparó Dolores.
El rabí Gonzalo de Rivas se puso de pie y nosotros lo imitamos respetuosamente. Levantó su tazón de vino y lo bendijo. Bebió un sorbo y nos ofreció el tazón. Cada uno lo recibió con ambas manos. Después recogió un puñado de legumbres, lo sazonó en un plato hondo con agua salada y lo distribuyó. Partió en dos una plancha de matzá, devolvió una mitad a la bandeja y puso entre sus almohadones la otra.
– Evoca la angustia del oprimido, que debe privarse de la comida y guardar para más tarde. Es también la sublime enseñanza de que debemos partir el pan y compartido.
Introdujo las manos bajo la rutilante bandeja cargada de matzot y demás símbolos: la levantó hasta la altura de sus ojos. Dijo con voz sonora:
– He aquí el pan de la miseria que comieron nuestros antepasados en Egipto. El que tiene hambre que venga y coma, quienquiera que necesite, que venga a festejar Pésaj . Ahora estamos aquí, que el año próximo estemos en la tierra de Israel. Ahora somos esclavos, que el año próximo seamos hombres libres.
Depositó la bandeja y se dirigió a Dolores y Marcos, que lo miraban embelesados.
– Sé que los niños no pueden participar. Es peligroso. En Roma y Amsterdam, donde las comunidades judías gozan de algunos derechos, los niños son los principales protagonistas. La ceremonia comienza con la formulación de cuatro preguntas, a cargo del más pequeño. Ellos dan pie a la lectura de la Hagadá [39]. Las cuatro preguntas, en esta ocasión, podrían ser dichas por Dolores… La invito, hija, a pronunciarlas.
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