Dolores se ruborizó y leyó temblorosamente.
– «¿Por qué esta noche es distinta de las otras noches? Uno: todas las noches comemos pan fermentado o ázimo, pero esta noche solamente el ázimo. Dos: todas las noches comemos diversas verduras, pero esta noche solamente hierbas amargas. Tres: todas las noches no sazonamos la comida ni una sola vez y esta noche dos veces. Cuatro: todas las noches comemos sentados o reclinados, pero esta noche comemos todos reclinados.»
– Estas ingenuas preguntas -sonrió el rabí-, basadas en la novedad que percibía un niño, nos invitan a responder con sinceridad. Se podría decir que ejercitamos la memoria para que el suceso grandioso que marca el nacimiento de nuestro pueblo tenga fuerza de actualidad: fuimos y somos esclavos, ganamos y ganaremos la libertad. Desde hace tres mil años, en esta noche, se narra y asume la formidable epopeya.
Abrió la Biblia.
– No tenemos Hagadá . La supliremos leyendo partes del Éxodo.
Su voz se abovedó y, trazando emotivas inflexiones, presentificó los días heroicos. La conocida secuencia adquirió carnadura y nos estremeció volver a oír sobre la dureza del faraón, las temibles plagas, el sacrificio del cordero y, finalmente, la multitudinaria partida.
Bebió vino e hizo circular el tazón nuevamente. Después levantó otra plancha de pan ázimo, la quebró y distribuyó. Terminaba la parte solemne.
– Hemos compartido el pan y el vino -explicó-. Así lo hacían ya nuestros antepasados en la tierra de Israel, así lo hacen todas las comunidades judías del mundo en esta noche. Así lo hicieron Jesús y sus discípulos cuando celebraban el Séder como nosotros ahora. La Última Cena fue un íntimo Séder , como el nuestro. Jesús presidía la mesa convertida en altar, como lo hago yo. Igual que yo, dio a beber vino y comer el pan ázimo. Pero esto no puede ni siquiera insinuarse ante los nuevos faraones… Ahora los invito a ponernos de pie. Saborearemos el cordero de la misma forma que nuestros abuelos en el desierto: parados.
– Alguna vez se sentaban -bromeó Juan Bautista Ureta.
– y alguna vez también consiguieron levadura para el pan -replicó-. Pero evocamos simbólicamente ciertos instantes significativos.
– Discúlpeme, rabí -se excusó Ureta.
– El judaísmo acepta bromas, no se preocupe la insolencia es parte de nuestra dinámica.
El clima respondía a la descripción que papá me hizo. La evocación no era excesivamente ceremoniosa. No había ornamentos, no se aturdían los sentidos con el espectáculo de colores, sonidos y aromas. Predominaba la calidez de hogar, el contacto humano, la conversación y los manjares. El conductor del oficio no era un pontífice temible que relampaguea en las alturas, sino un padre afectuoso o apenas un hermano mayor, alguien cuyo saber lo transforma en generosa fuente, no en autoridad represora. El encanto de esta celebración residía en su potente sencillez.
– Nunca hubiera sospechado que usted es judío – dije a Juan Bautista Ureta mientras masticaba la carne asada.
– Siendo fraile me oculto mejor. Además, puedo gozar la lectura de la Biblia sin generar presunciones.
– Es difícil ser fraile y ser judío.
Sus grandes órbitas de azabache se aclararon.
– Mi condición de fraile no implica peso, y sí ventajas.
– Pero… ser ministro de una religión en la que no se cree.
– No soy el único: la simulación la padece usted como yo. Algunos judíos consiguieron incorporarse a la orden de Santo Domingo, que es como incorporarse a una sucursal de la Inquisición. Y llegaron a obispos.
– Francisco de Vitoria.
– Por ejemplo.
Marcos cruzó su mano sobre mi hombro, incorporándose a nuestra charla.
– Te debo una disculpa por la sorpresa -dijo.
– ¡Y qué sorpresa!
– ¿Sabes? Nunca son suficientes las precauciones. Cuando atendiste a mi madre, yo no sabía si eras el católico que aparentabas o el judío que tengo ahora delante de mí. Llamé a Juan Bautista, un visitador eclesiástico para que mi tardanza en solicitar la extremaunción no generara sospechas. Y para que los vecinos viesen que no la privaba de los óleos. Más tarde Juan Bautista te sometió a presión para cerciorarse de tu integridad; incluso, creo -sonrió-, se le fue la mano. Después me visitaste en fecha de ayuno judío y no comiste; recitamos un salmo y no lo rubricaste con el Gloria patri. Esos elementos hubieran sido suficientes para que te invitara a participar de las sesiones de estudio que realizamos de cuando en cuando en este sótano (con el mazo de naipes a la vista por si nos asalta una inspección). Pero hemos aprendido a ser cautelosos. La Inquisición no sólo trabaja con funcionarios visibles: cualquiera puede deslizar una denuncia. Decidí que corriesen otros meses y recién ahora, con franca alegría, te incorporamos a nuestra minúscula comunidad.
– Un visitador eclesiástico como Juan Bautista sirve de filtro -ironicé-. Pero, por favor, ¡no exagere!
– Como fraile mercedario -dijo Juan Bautista Ureta-, tengo experiencia. Mi orden se ha ocupado de arrancarle a los moros (por las buenas, las malas o el soborno) los rehenes cristianos que apresaban. Hoy en día esa tarea ya es ociosa: las guerras más importantes no se practican contra los musulmanes, sino contra los herejes. Y aquí, en las Indias, nuestra orden parece ebria: no sabe cómo distinguirse. Mi obra de visitador la consuela, porque estimulo sus trabajos de evangelización. Mientras, ayudo a los judíos.
– Increíble.
El rabí Gonzalo de Rivas levantó su báculo.
– No voy a pegarles -rió-. Sólo recordarles que ahora, después de la cena, corresponde leer algunos Salmos y entonar canciones. Estamos de fiesta.
Volvimos a nuestros lugares. Dolores distribuyó nueces y pasas de uva. Marcos renovó las velas.
El agotamiento doblega la paciencia del calificador. Este prisionero le ha resultado más duro que el cuarzo: las amonestaciones no lo han perforado, los razonamientos enderezado ni las súplicas conmovido. Alonso de Almeida sabe que no ha sido parco en el caudal de amonestaciones, razonamientos y súplicas. Tiene la boca seca y agria. Contempla por última vez a este hombre con algo de lástima y algo de rencor. Piensa que sólo un sufrimiento muy largo y profundo conseguirá iluminarle el alma.
Golpea la puerta para que los soldados abran. Después se arrastra, apesadumbrado, hacia el cumplimiento de su deber: informar a los inquisidores sobre las atrocidades que ha escuchado, palabra por palabra.
Acompañé a Isabel a los oficios de Semana Santa. Los vecinos debíamos participar visiblemente porque desde los atrios, las naves y los púlpitos se ejercía metódica vigilancia. Los pocos marranos de la ciudad cumplíamos asistencia irreprochable, era uno de los exámenes más despiadados a nuestra doble condición. Debíamos repetir la farsa de una devoción inexistente (que roe el alma como un ácido) y soportar la acusación por los tormentos de Jesús (que desespera de culpa) [40]. Cada vez que en esa Semana un sacerdote empezaba a evocarla Pasión y Muerte, mi corazón se aceleraba.
El Domingo de Ramos celebra el ingreso de Jesús a Jerusalén y su recepción con hojas de olivo, laurel y palmera. ¿Quiénes le dieron tan afectuosa bienvenida? Yo esperaba que se dijese «¡los judíos!». Mujeres, niños y hombres de su misma sangre lo acogieron y lo querían. Pero mi expectativa se frustraba. Nunca «dos judíos» son asociados a un acontecimiento positivo, jamás hacen algo bueno.
En el Jueves Santo esperaba escuchar el Sermón del Mandato. Recordaba al lejano Santiago de la Cruz y sus conmovedoras palabras sobre el «amaos los unos a los otros». Pero las finezas de Cristo no inspiraban tanto como sus dolores físicos: el Bien es aburrido.
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