Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Gaitán contesta que las sentencias «fueron justificadas». Castro del Castillo contesta que antes de dar su voto decía misa y se encomendaba «muy de veras a Dios y con mucha humildad». Mañozca no contesta; ese mismo año se dan por concluidos sus servicios en el Tribunal de Lima.
El Auto de Fe de 1639 sacude a las comunidades judías de Europa, que hacen circular los informes sobre el martirologio ocurrido en América. En 1650 aparece la famosa obra Esperanza de Israel de Menashé ben Israel, que narra el tremebundo suceso y dedica párrafos emotivos al mártir Francisco Maldonado da Silva. En Venecia el doctor Isaac Cardoso publica otro libro que amplía la pavorosa historia y exalta el heroísmo de «Eli Nazareo». El poeta sefaradí Miguel de Barrios escribe en Amsterdamun poema sobre el heroico americano.
En 1813 es abolido el Santo Oficio de Lima y una multitud saquea el palacio inquisitorial para borrar ominosas pruebas. Dos años más tarde se lo reinstala. Pero en 1820, por mandato del último virrey, queda eliminado definitivamente.
En 1822 le es asestada a la Inquisición en América el golpe de gracia más significativo: el Libertador José de San Martín ordena transferir todos sus bienes y propiedades a la Biblioteca de la Nación, porque allí, en los libros, se acumulan las ideas -fueron sus palabras«luctuosas a los tiranos y valiosas para los amantes de la libertad».
Agradecimientos
Para edificar este libro he sido agraciado por la ayuda de muchas personas e instituciones que me brindaron su rica información, en particular la Academia Nacional de Historia, Academia Nacional de Letras, las Fundaciones Simón Rodríguez y Torcuato Di Tella, la Biblioteca del Seminario Rabínico latinoamericano y la generosa aportación de libros y documentos por parte del historiador cordobés Efraín U. Bischoff y la historiadora tucumana Teresa Piossek Prebisch. Dedico un reconocimiento especial a Marcelo PolakoH quien, embuido de entusiasmo por el proyecto, obtuvo información adicional de archivos y bibliotecas, a la que marcó y clasificó criteriosamente. El brillante antropólogo peruano Luis Millones me proporcionó orientación, referencias y material de sus propios archivos. Durante mi intenso viaje a Lima para estudiar escenarios y profundizar la investigación histórica, he recibido los aportes de especialistas notables como Pedro Guibovich, Guillermo Lohmann, María Emma Manarelli, Max Hernández, Moisés Lemlij, Marcos Gheiler, Franklin Pease.
Mi esposa ha leído y discutido con generosa dedicación la mayor parte de los capítulos, brindándome agudas observaciones que aumentaron mi alerta en este bosque de personajes y acontecimientos. Mi hijo Gerardo diseñó y supervisó el procesamiento de los materiales y el registro de las sucesivas versiones que insumieron un total de casi dos mil ochocientas páginas. Dévora Gabriela Fernández y Alicia López tipearon repetidas veces mis originales hasta que el volumen alcanzó las características presentes.
El sostenido esfuerzo que he dedicado a esta obra -y cuyos contenidos abrumadores amenazaban hacerme desfallecer- ha contado con la confianza de mis editores y el lúcido editing de Paula Pérez Alonso.
[1] Un hombre común no habría alterado esta situación. Pero en su espíritu llameaba un tizón inextinguible. Era una rebelión que ascendía desde los abismos. Mucha gente deambulaba por el mundo sosteniendo sus creencias en secreto. Era difícil e indigno. Contra la lógica de la conveniencia, optó por quitarse la máscara y defender sus derechos. Hasta ese instante había sido un marrano [1] . Cuando vivía en hipócrita paz, en Chile, decidió pegar el salto. Para que no lo tentase el arrepentimiento afiló su escalpelo y se circuncidó a sí mismo. La marca física -considerada infamante- era el doloroso pabellón de su libertad. Poco después ocurrió lo esperable: la Inquisición fue en su busca. Era el comienzo de la batalla. Cuando lo hicieron comparecer ante el adusto Tribunal, no pidió clemencia. Los muros temblaron con la provocación que implicaba su increíble juramento: con él se reivindicaban miles de víctimas. Cuando pudo escabullirse por el ventanuco de su celda, no lo hizo para huir: se arrastró a las cámaras vecinas e insufló ánimo a los otros prisioneros. Lo impelía una profunda convicción en la justicia de su causa. Escarado y anémico, continuaba el combate. En la penumbra de su tabernáculo urdía discursos y los volcaba en las sesiones como las olas del mar a los acantilados. Eran explosiones de espuma y de luz que los jueces cancelaban abruptamente, sobrepasados y perplejos. Se preguntaban consternados cómo fue la vida de ese hombre, cuándo surgieron sus dudas, quiénes moldearon su diabólica insolencia. Era necesario saberlo porque se trataba de una historia inusual, peligrosa. El Santo Oficio empieza los preparativos de un multitudinario Auto de Fe que tendría lugar en enero de 1639. Ha descubierto la llamada Conspiración Grande. Muchos reos serán ejecutados. La oportunidad aconseja terminar con este reptil. Los jueces convocan entonces a Fernando de Montesinos, respetado autor de muchas obras, para que haga la relación pormenorizada del Auto de Fe y la biografía de los condenados. El excelente trabajo sería mandado a imprimir por orden del Ilustrísimo Inquisidor General. No sospechan que, de esta forma, las víctimas ascenderían a la inmortalidad. Medio siglo antes de la espectacular matanza, el médico portugués Diego Núñez da Silva -padre del futuro mártir- había llegado al oasis de Ibatín. El bucólico entorno apenas insinuaba el comienzo de una epopeya.
Marrano: calificación injuriosa aplicada por el populacho a judíos y musulmanes convertidos al cristianismo y que mantenían lazos con su antigua fe. Marrano es el puerco joven que recién deja de mamar. Evoca la inmundicia y la sordidez. En un principio se calificó así a los excomulgados. A partir del siglo XIII el vituperio se dirigió hacia los judíos convertidos por la fuerza y sospechosos de mantener una cierta lealtad a sus raíces. Después se extendió la injuria a cualquier judío y, en particular, los cristianos nuevos. La palabra sonaba horrible en los oídos españoles y un decreto real de 1380 salió al cruce para condenar con multa o cárcel a quien calificase de marrano a un converso sincero. Pero no alcanzó para detener el fanatismo creciente. Limpio era el que no tenía sangre judía ni mora, aunque fuese un delincuente vil y lleno de pecados. Sucio , perro y -sobre todo- marrano , quien tenía en sus venas la sangre abyecta. Corría una grotesca racionalización: «no come chancho porque chancho es». La palabra se impuso en toda la extensión del imperio español e ingresó en el lusitano.
[2]Nombre del poblado en idioma tonocoté. Un siglo más tarde el río invadió la ciudad y sus habitantes la refundaron muchos kilómetros al norte.
[3]Nombre en español.
[4]Sin antecedentes moros ni judíos.
[5]Converso o hijo de converso.
[6]Trivio y quatrivio: conjunto de tres o cuatro materias que así se agrupaban desde el medioevo.
[7]Funcionario de la Inquisición que debía denunciar a las personas que atentaban contra la fe y prender los reos con orden del tribunal (por sí mismos o ayudados por el alguacil). Para el cumplimiento de su misión, estaban autorizados a llevar armas, pública o secretamente, en todo el distrito inquisitorial.
[8] Encomienda : institución por la cual se «encomendaba» a un colonizador grupo de indios que trabajarían para él a cambio de la obligación que asumía el encomendero de costearles su educación cristiana
[9]Se llamaba «ley de Moisés» al judaísmo, en contraste con la «ley de Jesucristo».
[10]Tigre americano.
[11]Distrito o territorio en que ejerce jurisdicción espiritual un arzobispo u obispo.
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