Marcos Aguinis - La gesta del marrano
Здесь есть возможность читать онлайн «Marcos Aguinis - La gesta del marrano» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La gesta del marrano
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La gesta del marrano: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La gesta del marrano»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La gesta del marrano — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La gesta del marrano», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
El alcaide recoge su bastón azabache y se dirige al primero de los penitenciados. Le hunde la extremidad en las costillas como si fuese un perro sarnoso: no le habla, sino lo empuja cruelmente, grotescamente, hacia un puente corto, visible desde cualquier punto de la plaza, para que allí, solitario y avergonzado, desnudo de protección, escuche la sentencia. Después lo empuja de regreso entre las contenidas risitas de la devota muchedumbre. Hunde el bastón en el siguiente. Repite la tarea con el tercero, el cuarto, el séptimo, el decimoctavo… mientras sucesivos funcionarios gozan el honor de leer la respectiva condena como si compitieran en un festival de poesía.
El sol derrama calor sobre la plaza hasta que el público ya no puede ingerir más discursos: anhela acción. Han pasado los penitenciados al azote, a la prisión y a trabajos forzados en las galeras. Faltan los que serán «relajados» al brazo seglar para su ejecución. El alcaide empuja al judío Antonio Espinosa; el bastón se retuerce con furia porque el hombre está quebrado, tembloroso, levanta las manos y ruega misericordia. El rumor entusiasta de la muchedumbre despierta a los dormidos. Por las cabezas amontonadas de extremo a extremo silba una remota alegría cuando el bastón no consigue hacer avanzar al judío siguiente: se trata de Diego López Fonseca, a quien deben cargar en brazos y tirarle de los pelos para que escuche sobre el puente los castigos que se le infligirán. Le llega el turno a Juan Rodríguez, quien aparentó locura en la cárcel para hacer reír a los jueces y confundidos; ahora reconoce que fue mentira y maldad, llora, implora. Le toca avanzar al anciano médico Tomé Cuaresma, reconocido en el acto desde los confines de la plaza; el bastón lo empuja obscenamente y estallan toses, ansias; la encanecida víctima se apoya en la baranda, cabizbajo y cuando escucha que será quemado vivo empieza a sacudirse, a llorar: estira los dedos, quiere decir algo, pero su garganta no emite sonidos. Entonces ocurre algo que conmueve a la multitud: el inquisidor Antonio Castro del Castillo abandona su sitial y camina hacia el tembloroso viejito; lo observa, le acerca la cruz que le cuelga al pecho y ordena que le pida misericordia. El desconsolado médico está a punto de desmayarse y balbucea «misericordia, misericordia». Un rugido triunfal barre la plaza. El inquisidor regresa iluminado por una sonrisa junto al virrey para seguir el desarrollo de la ceremonia. Faltan pocos judíos, los peores.
El bastón empuja a Sebastián Duarte, cuñado del rabino Manuel Bautista Pérez. Cuando pasa junto a él, sin que los guardias pudiesen advertido a tiempo, los parientes se abrazan y despiden [57]. La escena produce rabia en los espectadores, que escupen insultos y reclaman mayor celo a los soldados. Francisco mantiene abiertos los ojos y acompaña a cada uno de los ofendidos con intensidad, como si su espíritu tranquilo tuviera manos y las manos se tendieran hasta las caras anémicas para envolverlas con ternura y decides que los ama, que no están solos, que su dolor es pasajero. Tiene una visión extraordinaria de la precariedad del hombre. Nunca ha podido reconocerla tan crudamente. Pronto será polvo. Lo sostiene -lo ha sostenido- únicamente aquello que ama: Dios, su familia, sus raíces, las ideas yesos recuerdos en color pastel con manchones de azul.
Llega el turno del rabino «capitán grande» y «oráculo de la nación hebrea» -como expresa con sorna el texto que se lee en voz alta-. Manuel Bautista Pérez escucha su sentencia majestuosamente. En su cerebro bulle otra multitud: la de los mártires que lo precedieron y a los que va a integrarse con la apostura que su cuerpo aún le concede.
Se instala una pausa. Falta el más odioso de los pecadores, el demente que ha osado desafiar al mismo Auto de Fe presentándose en rebeldía. Un monstruo: sabe que morirá por sus errores y se obstina en ellos. La transpirada muchedumbre se iza en puntas de pie: sólo se tiene una ocasión en la vida para ver algo semejante. Flaco, canoso, la barba y el cabello largos, Francisco no espera que llegue el bastón del alcaide para agraviarlo como a un animal. Se incorpora y camina hacia el puente donde escuchará lo que ya sabe. El sombrero en cono que lo transformaba en un ser grotesco resbala de su cabeza y súbitamente su imagen empieza a irradiar una nobleza incomprensible para los millares de órbitas que registran algo confuso. Sobre el puente se superponen transparencias como si en vez de un hombre hubiera aparecido una efigie de brumas. De las gradas multitudinarias brota el silencio. Se anhela escuchar la descripción de sus abominaciones y si el castigo logrará compensarlas. La voz del funcionario irrumpe con melladuras de inseguridad, de fatiga. Los cabellos de Francisco empiezan a elevarse como alas. El afrentoso sambenito se aligera y ondula sedoso. La muchedumbre apantalla las orejas porque las frases se esfuman. Ese hombre solitario y enhiesto evoca algo misterioso. A unos mil metros de distancia, en el Pedregal, ya están a punto las hogueras, pero ahí, sobre el puente, suavemente acariciado por la brisa, no observan al reo a quien devorarán las llamas, sino a un justo. Algo grandioso se asocia a su imagen.
El cronista Fernando de Montesinos se levanta de su grada para examinar de cerca el portento. El Tribunal le ha encargado la difícil tarea de redactar una pormenorizada narración del Auto de Fe y todos sus sentidos deben registrar los necesarios detalles: importa la decoración, las sentencias, el protocolo, la conducta de los reos y también los fenómenos sobrenaturales. No esperaba el sobresalto de la coincidencia. La brisa que juega con los cabellos del cautivo se transforma en un viento fuerte. El agobiante calor es repentinamente fragmentado por cuchillas gélidas. Del mar avanza un manto negro que hinchan y golpean con rabia los relámpagos. La atención concentrada en el espectáculo no ha advertido el comienzo de la tormenta y Montesinos levanta sus ojos con pavura: esto será consignado en su informe. De pronto un grito de horror acompaña al sablazo que abre el toldo del tablado central. Montesinos acerca su mano 'a la oreja y logra escuchar las palabras que pronuncia Maldonado da Silva. Luego, en su informe, las transcribirá también:
– Esto lo ha dispuesto así el Dios de Israel para verme cara a cara desde el cielo.
Epílogo
Los ajusticiados son conducidos a las hogueras entre murallas de soldados para evitar que la gente en tropel los empuje y escupa. Junto a los reos marchan frailes de todas las órdenes religiosas para predicarles hasta último momento. Entre los jefes militares que controlan el fúnebre desplazamiento se destaca el contrito capitán Lorenzo Valdés.
Tomé Cuaresma dice que no necesita la misericordia del Santo Oficio y muere impenitente.
Manuel Bautista Pérez mira con desprecio al verdugo y le manda que cumpla bien su oficio.
Francisco Maldonado da Silva no habla, ni llora, ni gime. En torno a su cuello han atado los libros que escribió esforzadamente en prisión. Varios testigos registran el instante en que las llamas azules prenden las hojas y un torbellino de letras empiezan a girar insistentemente en torno a sus cabellos como una corona de zafiros.
Los funcionarios presentes -alguacil mayor de justicia, notario y secretario del Santo Oficio- soportan la humareda y el olor de carne humana hasta dar fe que los relajados se han convertido en cenizas.
El cronista Fernando de Montesinos cumple a satisfacción la solicitud inquisitorial de escribir un relato completo sobre el grandioso Auto de Fe, que se imprime de inmediato por orden del inquisidor general.
El Consejo Central de España, no obstante, se alarma por la magnitud del Auto de Fe y ordena a los tres inquisidores que transmitan «por separado», y «en conciencia», sus sentimientos respecto de lo actuado.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La gesta del marrano»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La gesta del marrano» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La gesta del marrano» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.