Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Esa noche, cuando comienza a funcionar el abovedado correo de los muros, acaricia el ejemplar de la Biblia y comunica a sus invisibles compañeros que ya no está solo: lo acompaña la palabra de Dios.
No puede dormir porque las páginas de la Sagrada Escritura lo energizan. Lee hasta agotar su reserva de velas. Entonces llama a los guardias, golpea la puerta, Un negro le trae un par.
– ¿Sólo eso? -se escandaliza-: me han encargado escribir y necesito luz.
Al rato le traen una caja llena. Francisco lee hasta el amanecer, sus ojos enrojecidos son una fiesta de palabras. Se tiende a dormir unas horas mientras giran pasajes enteros, ideas, comentarios, preguntas. Es infinito el tesoro de imágenes y propuestas: le será difícil comprimirlos en los cuatro pliegos rubricados aunque escriba con su letra menuda.
En los días sucesivos se regala el placer de la lectura, pero no escribe una línea. Cuando se decide hacerlo, cierra el fragante volumen y se dirige a los eruditos con una novedosa modalidad. «En vez de plantear fríos interrogantes -como en la audiencia-, que siempre me serán contestados, en vez de mantenerme en el sitio del perplejo que ruega esclarecimiento, les haré preguntas que incomoden no sus ideas y sí su conducta.» Francisco sabe que la fe es un regalo de Dios y no depende de uno; por lo tanto, ni podrán quitarle la suya ni corresponde impugnar la de ellos. «Puedo, en cambio, refregarles incoherencia e inmoralidad.»
La puerta cerrada, las cuatro gruesas paredes en torno y el silencio espeso convierten al calabozo en una maravillosa campana. Quieto ante la mesa y los papeles, este hombre entra en el trance de la creación. Su quietud es el envoltorio de pensamientos fermentativos. Su mirada brillante contempla los pliegos blancos y su mano flaca y sutil empuña la pluma; contrae apenas la boca y empieza a dibujar los pequeños signos. A medida que cubre renglones se le pronuncia un músculo entre las cejas. Se dirige a los cuatro eruditos, pero no sólo a ellos, sino al monstruo de la Inquisición. Increíblemente, le ha sido otorgado el privilegio de poner por escrito sus palabras que, de esta forma, penetrarán más hondo, serán quizá releídas, guardadas y vueltas a leer.
El texto empieza con una pregunta erizante como un sobresalto: «¿Quieren salvar mi alma o quieren someterla? Para salvar mi alma conviene la discusión, el estudio y el afecto. Para someterla están las cárceles, la incomunicación, las torturas, el desdén y la amenaza de muerte.» Más adelante les ensarta otra pregunta: «¿Por qué reclaman la imitación de Cristo si en realidad imitan a los antiguos romanos?» Igual que los romanos, privilegian el poder, usan las armas y aplastan el derecho de los que piensan diferente. Jesús, en cambio, fue físicamente débil, jamás empuñó un arma, jamás mandó torturar ni asesinar. «¿No empezaría la imitación de Cristo por la eliminación de las armas, las torturas y el odio que usan contra mí?»
Francisco les recuerda que el Dios único es también llamado Padre por los judíos. Jesús ha rezado al Padre (únicamente al Padre) y ha enseñado el Padrenuestro. Pero los malos cristianos rezan el Padrenuestro al mismo tiempo que ofenden al Padre porque persiguen a quienes lo adoran con exclusividad. «Si de imitación a Cristo se trata, mucho más lo imito yo», marca en trazos gruesos.
Una arteria late con fuerza en su sien. Deposita la pluma junto al tintero y relee lo escrito. Reconoce en su tono la insolencia de los profetas. No ha medido las consecuencias de ciertas palabras porque le han dictado desde adentro. Ha jurado decir la verdad y le reclaman la verdad. Hela ahí, pues. Acomoda las luces y reanuda el trabajo. Si alguien tuviera acceso a la estrecha mazmorra descubriría un horno inmóvil que derrama incandescencias por el cañón de la pluma. El semblante contraído, los labios entreabiertos, la respiración levemente acelerada. «El Santo Oficio con investiduras de Ángel Exterminador, gusta afirmar que está en el lugar de Dios. Pregunto: ¿reemplaza a Dios? En ese caso: ¿se considera Dios? Equivocación monstruosa: no caben dos Omnipotencincias.» Le arden las mejillas y laten fuerte las sienes.
Dibuja un paralelo entre la debilidad de Jesús y el poder del Santo Oficio. Nuevamente aparece la mentira de la imitación a Cristo y agrega peligrosamente: «Cristo es mostrado como un hombre agónico y escarnecido, víctima de los judíos. No lo muestran así para que seamos mansos como Él, sino para vengado. ¿Se preguntan los eminentes teólogos por qué el Santo Oficio pretende vengar y salvar al Salvador? Ofrezco mi opinión modesta porque, sacrílegamente, se coloca encima de Él.»
La respiración agitada lo obliga a recostarse. El desfogado pequeño David acaba de proferir su peor insulto al impresionante Goliat.
129
El 15 de noviembre de 1627 entrega los cuatro pliegos, que el Tribunal lee con indignación. Convoca a los teólogos y les ordena preparar una respuesta aplastante. Los teólogos toman su tiempo; las preguntas y reflexiones. recién podrán ser concluidas a mediados de enero.
– Está bien -concede el Tribunal.
Francisco, mientras tanto, queda sin Biblia ni papel ni tinta ni pluma. El aislamiento de la prisión, que resultó fecundo mientras escribía, vuelve a mostrar el horror de pozo estéril. Se esfuerza por mantener viva la segmentación de sus jornadas con las oraciones y la evocación de sus queridos libros. Durante horas se comunica con los hermanos en desgracia mediante la ruidosa clave: ha ganado maestría y ya no necesita contar para reconocer cinco, ocho, diez o quince golpes seguidos porque de inmediato surgen las letras equivalentes. Intercambian nombres, delitos, preguntas sobre familias. Cada mensaje es construido afanosamente, como si su correcta emisión pudiera devolverles la libertad.
Reconoce por sutiles variaciones en la forma de abrir la puerta cuándo sus carceleros van a modificar la sofocante rutina. Traen los grillos, la larga cadena y le ordenan vestir el hábito de las audiencias. Otra vez el túnel, peldaños, puertas, laberínticos corredores y la oscura sala con su invariable decoración. ¿Van a responder a la pólvora de sus reflexiones? Aparecen los cuatro eruditos. Uno de ellos, el jesuita Andrés Hernández, no le saca los ojos de encima; son ojos tiernos. Desfilan los tres jueces hacia la tarima, hacen la señal de la cruz, oran y se sientan. Los teólogos se pasan los pliegos de Francisco -que ya han leído hasta la náusea- y responden de uno en uno poniéndose de pie, cada pregunta, idea e insulto. Lo hacen con voz amistosa y apelan de continuo al respaldo de la Sagrada Escritura. El atrevimiento de muchos párrafos les ha convulsionado la inteligencia y los cuatro han invertido más horas de las previstas para montar el arsenal de la necesaria victoria. Esos pliegos emiten un resplandor temible y sus ideas deben ser demolidas implacablemente, como los bloques de una fortaleza embrujada. El secretario anota las magníficas respuestas por espacio de más de dos horas. Francisco escucha, contrasta, reconoce verdades y hábiles rodeos. No le está permitido hablar.
Los inquisidores agradecen la caudalosa luz que han derramado los eruditos y preguntan al reo si han quedado satisfechas sus dudas, Francisco estira los pliegues del sayal y, levantando la mirada, responde que no.
Lo mandan de vuelta a su mazmorra. La sala trepida cólera. En el lúgubre camino el alcaide lo reprende, le tironea la cadena, le zarandea el brazo.
– ¡Usted es un imbécil! ¿No le alcanzan todos esos argumentos? ¡Han trabajado para usted los hombres más ilustres del Virreinato!
Francisco mira los ladrillos pulidos del suelo para no enredar sus pies en la larga cadena.
– ¡Ya es hora de pedir clemencia! -sigue el alcaide-. ¿Quiere ser quemado vivo?
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