Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Tres meses más adelante Francisco intenta repetir la escaramuza. Se reedita la audiencia, pero sin facilitarle previamente lectura ni pliegos. Durante dos horas los calificadores demuestran que dominan la teología, la oratoria y su impaciencia mientras bañan al tenaz reo con una catarata de luz. Pero el reo no es conmovido por la sonoridad de los discursos: a su término vuelve a incorporarse, jura por el Dios único y se proclama fiel a sus raíces.
En los meses sucesivos volverá a solicitar nuevas audiencias, pero no le otorgarán audiencias, ni libros, ni pluma, ni velas.
132
El jesuita Andrés Hernández implora a los inquisidores Mañozca y Castro del Castillo que le permitan realizar otro intento para que tan elevado espíritu enriquezca las milicias del Señor.
– Ya pertenece al diablo -replica Mañozca.
– ¡Qué sabio es el Manual del Inquisidor ! -exclama el jesuita-. Bernardo Guy lo escribió hace más de dos siglos con sabiduría de eternidad.
Mañozca se acaricia la mandíbula ante el giro insólito, propio de la retorcida mentalidad jesuítica.
– Ese Manual -afirma Hernández- apoya mi ruego, Ilustrísima. Lo acabo de releer. Dice que «en medio de las dificultades, el inquisidor debe mantener la calma y no caer en la indignación». Este reo puede alterar a cualquier persona, menos a un juez del Santo Oficio. También dice Bernardo Guy que el inquisidor «no debe ser insensible hasta el punto de rechazar una prórroga o un alivio de la pena, según las circunstancias y lugares; debe escuchar, discutir, someter a un diligente examen todas las cosas».
– ¿No hemos escuchado y discutido bastante?
Andrés Hernández se retira sin éxito. La insistencia de Francisco sin embargo -que transmite el alcaide- incomoda la conciencia del inquisidor. Mañozca, tras meditarlo largo rato, decide aceptar otra vez. Convoca a Hernández y a otros dos padres de la Compañía de Jesús para repetir la controversia. El alcaide se asombra de que el irritante judío sea llevado nuevamente al Salón.
– Usted tiene la protección del diablo -le dice con respeto mientras cierra los grillos en torno a las flacas muñecas.
– De Dios -le aclara Francisco.
Los jueces lo estudian desde sus sillas abaciales. El encierro y la privación le están minando la salud, evidentemente. ¿Cuántos meses más tardará en doblegarse? Solicitan a Francisco que exponga sus dudas, ya que eso ha estado reclamando desde su celda. Los teólogos adelantan la oreja y pretenden estar bien dispuestos; le sonríen como maestros bondadosos. El alumno apoya sus manos en las rodillas para incorporarse, pero le resulta tan penoso que Hernández solicita al Tribunal se le permita hablar sentado. Los jueces acceden con un movimiento de cabeza. Entonces brota de los labios débiles una arenga en verso latino de ática hermosura. Los jueces y los eruditos enderezan el tronco, atónitos. En la oscuridad y mugre de la mazmorra le habían germinado frases que ahora bordan un manto tan reluciente como el que José recibió de su padre Jacob. Y como el bíblico José, Francisco suscita envidia. Los jesuitas -en particular Andrés Hernández- estaban enterados de su talento, pero no esperaban tan imponente despliegue. Cuando termina, flota el silencio durante varios minutos, como si los testigos de la pieza no se atreviesen a romper su sortilegio. Las pupilas giran extraviadas, evitando unir la imagen del miserable despojo sentado con las bellas oraciones que magnetizan el aire. Un hombre flaco, lívido, de barba sucia y desmadejada ha conmovido a sus maestros y verdugos.
Es Gaitán, finalmente, quien emite un bramido sordo.
– Que ahora los padres de la Compañía de Jesús deshagan estos sofismas -ordena.
Los tres padres, sucesivamente, se empeñan en destejer la preciosa arenga, también en latín, pero no en verso. A cada argumento responden con otro, a cada pregunta ofrecen una respuesta; los libros sagrados y la abundante producción patrística están preñadas de material. Francisco los escucha con atención oscilante: conoce la mayoría de esas citas y pensamientos. Transcurren tres horas y los inquisidores, fatigados, creen que alcanza para conmover a las piedras. Agradecen la contribución de los teólogos y se dirigen al reo. Francisco se incorpora sobre sus rodillas herrumbradas; jura por el Dios único, alza la frente y dice:
– No han respondido a mis proposiciones [46].
133
El 26 de enero de 1633, a casi seis años de encierro y a cinco días de la duodécima estéril disputa teológica, el Tribunal del Santo Oficio se reúne para finiquitar el enojoso caso. Gaitán, Mañozca y Castro del Castillo escuchan la opinión de cuatro consultores [47]aunque saben de antemano que no aportarían sustanciales ideas para la causa. Todos los hechos están ya probados, todas las preguntas han sido contestadas. A la paciencia, misericordia y audiencias brindadas, el reo ha devuelto una odiosa obstinación.
Los altos funcionarios se confiesan previamente, asisten a misa, comulgan y evocan las pautas que deben seguir en tan grave circunstancia. El Manual del Inquisidor de Bernardo Guy ordena «que el amor a la verdad y la piedad, que siempre deben habitar en el corazón de un juez, brillen ante su mirada, para que sus decisiones no resulten jamás dictadas por la crueldad o por la concupiscencia».
Uno de los consultores pregunta si no se debiera agotar la demanda de audiencias que aún pide el reo. Las huesudas manos de Gaitán se aprietan delante de su nariz y replica que nunca se agotará la demanda porque es una treta dilatoria. Los otros inquisidores coinciden: no habrá más gestos benevolentes. El secretario lee la sentencia y los jueces la firman con su rúbrica sonora.
Escueta y brutalmente dice que el bachiller Francisco Maldonado da Silva es condenado «a relajar a la justicia y brazo seglar y confiscación de bienes». En otras palabras: muerte y expropiación.
478
Pero no queda todo dicho. Las cárceles son un hormiguero en el que, bajo severa vigilancia y aparente inmovilidad, los cautivos bullen y ensayan túneles de libertad como lagartijas en las rocas del dolor. El correo de los muros no cesa: durante horas, todas las noches transmite nombres, angustias, ideas: la comunicación es más importante que el aire.
Francisco se entera de que a unos quince metros de distancia un prisionero, mediante un cascote, raspó vigorosamente el adobe hasta abrir la canaleta que une dos mazmorras y asomó los dedos terrosos al otro lado como una invasión celestial. Pudo, entonces, tocar las uñas de su vecino y hablar con él sin jueces ni secretario ni verdugo. Las informaciones habían parecido cuidadosas, pero sólo aliviaban la soledad. Cuando el alcaide descubrió la infracción hizo silbar al látigo, el potro desgarró y los braseros quemaron. Los esclavos rellenaron los huecos y el impenitente fue conducido a un ergástulo tenebroso como tumba.
Días después Juan de Mañozca estira los pliegos que un negro llevaba de una a otra prisión. «No contienen mensajes», se disculpa el negro llorando. Mañozca aproxima la hoja al pabilo y repentinamente el calor descubre las letras escritas con zumo de limones. El negro queda manco en la tortura para que escarmienten los demás. El inquisidor resuelve aumentar la vigilancia de las cárceles. Entonces descubre algo peor: presunta complicidad del alcaide. Se convulsiona la fortaleza; algo así no se tolera. El correo de los golpes brama la noticia.
El alcaide llora como una criatura ante el feroz interrogatorio. Lo recriminan por permitir la perforación de muros y los mensajes con zumo de limones. Lo apuntan con el índice iracundo como si fuese el caño de un arcabuz y le piden explicaciones por una reciente y gravísima infracción: una huida. El alcaide empieza a temblar y narra cómo él mismo se ocupó de perseguir y traer de vuelta al joven que se había fugado. Cae de rodillas e insiste en que los delatores mienten para vengarse. Tampoco es cierto que él se haya aprovechado de su inmunidad para tener relaciones carnales con una prisionera y que para eliminar al peligroso testigo lo indujo a huir… Gaitán aprovecha la ocasión para reprocharle la codicia que lo lleva a embolsar sobornos, porque ha comprado haciendas de campo por mayor valor del que cubre su sueldo. El alcaide se orina en los pantalones: ha cumplido dos décadas de servicios, tiene siete hijos y no lo acompaña la buena salud [48].
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