Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Francisco Maldonado da Silva es, pues, un monstruo que reclama derechos que son una ofensa para Dios. Una criatura tan corrompida debe ser humillada prolijamente. Debe ser rebajada hasta que padezca su insolencia; debe ser saqueada para que acceda a la purificación.

La acusación formal contra Maldonado da Silva es una pieza de cincuenta y cinco capítulos en la que han trabajo consultores y abogados del Santo Oficio bajo la supervisión del fiscal y los inquisidores. Han satisfecho a conciencia su deber de construir una catapulta formidable.

Lo convocan al oscuro salón, engrillado como siempre. Después de la lectura general, el secretario procede a repasar punto por punto para que el reo confirme la verdad de su contenido. Se le ordena de nuevo, como es norma, jurar por la cruz, lo cual suena a testarudez en la cápsula meditativa de la prisión. Lamentablemente, el reo es un reptil irracional que aún insiste en prestar juramento por el Dios de Israel.

¿Qué misterioso fluido circula en la sangre de este descarriado que no se alebrona bajo la andanada de cascotes que le arroja la acusación? Acepta todos los capítulos y reconoce todas las imputaciones como si fuesen medallas. ¿Es que tiene la expectativa de recibir un auxilio sobrenatural? Los jueces se estremecen -de indignación, de sorpresa- cuando este endriago no considera suficientes los cincuenta y cinco estampidos, sino que añade otra insolencia: informa que durante la quietud carcelaria compuso en su mente varias oraciones en verso latino y un romance en honor a la ley del Eterno. Les comunica, además, que en el pasado mes de septiembre cumplió con el ayuno de Iom Kipur para que le fueran perdonadas sus faltas.

El edificio de la Inquisición reprime un bufido. Esta mosca, esta basura que enviarán a retorcerse en el fuego no da muestras de arrepentimiento. Se le anuncia, sin embargo, que la legalidad del procedimiento impone brindarle una defensa que estará a cargo de abogados.

– ¿Quién los designa? -Francisco aún se permite ironizar.

No le contestan. La audiencia ha concluido. El prisionero aún habla: que sean personas doctas, solicita.

Castro del Castillo, de pie ante su silla abacial, observa al secretario que también anota este pedido. El reo agrega:

– Para que sepan aclarar mis dudas.

Gaitán y Mañozca cruzan una mirada: entienden en el acto que esa frase es el primer indicio de sensatez que alumbra al reo desde que lo arrestaron. Casi sonríen.

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Pero el arrepentimiento que exigen los inquisidores todavía no despunta en Francisco. Su resistencia es como una cuerda que se ovilla y pierde en una zona fabulosa, nutrida por sentimientos que se explicitan en forma distorsionada e insuficiente. Francisco es una partícula que apenas se distingue de la nada: sabe que su boca puede ser amordazada, sus manos paralizadas, su cuerpo destrozado sangrientamente, sus restos inhumados en la misma cárcel y su nombre olvidado. No obstante, conserva una llama que no se extingue. ¿Qué espera conseguir esa llama? ¿Sueña acaso doblegar la intransigencia de los inquisidores?, ¿obtener la aceptación de sus derechos? «Seguramente no obtendré ningún fruto tangible», reconoce en la espesa oscuridad. Pero no se da por vencido porque existe un área donde no podrán derrotarlo. Una fuerza apenas visible lo sostiene y alienta: es una energía parecida a la que bulle en locos y santos.

La primera noche de mazmorra le aportó un dato inverosímil. Las ratas habían estado haciendo ruidos familiares al precipitarse por los tirantes del techo, pero entre su desparramo se diferenciaban golpes de otro tipo, que no llamaron su atención al comienzo. Francisco estaba emocionado por el reencuentro con Lima y la atención de la hechicera María Martínez, nauseoso por la entrevista con el alcaide e impresionado fuertemente por su primera audiencia con el hosco Tribunal. A la hora se preguntó qué eran esos impactos secos y rítmicos como los de una música africana. ¿Un negro se divertía raspando los dientes de una quijada como solía hacerlo el bueno de Luis mientras Catalina ondulaba hombros y caderas? Lo venció el sopor. A la noche siguiente, cuando se alejaron los guardias y estalló la zarabanda de los roedores, también se reiniciaron los ritmos. Francisco pronto se corrigió: no eran ritmos, sino agrupaciones de impactos separados por un breve silencio: toc-toc-toc. Puños o palmas o el un cascote contra el muro, llamadas de los prisioneros. «¿Intentan comunicarse conmigo?» Sintió el júbilo de la solidaridad. Entonces respondió una, dos, tres veces. Los otros ruidos cesaron y hasta parecía que las ratas levantaron sus orejas para enterarse. Aguardó las respuestas que no tardaron en llegar. Pero recibió una andanada de golpes separados entre sí por sorpresivas pausas. ¿Qué significan las pausas?, ¿qué las series? «¡Es una clave!» Los prisioneros se transmiten mensajes con este método: no pueden verse, hablarse ni escribirse, pero sí utilizar las vibraciones del aire. En la remota Ibatín había jugado con Diego a golpear suavemente los muros imitando palabras y canciones. ¿Qué simbolizan los agrupamientos? ¿A qué se refiere un golpe, a qué dos, a qué cinco?

– Durante años intenté descifrar el alfabeto de las estrellas y de las luciérnagas -se exalta Francisco-: no imaginé entonces que el Señor me había prodigado un presentimiento de otro sistema que no se compone con la luz de los espacios abiertos, sino con las vibraciones transmitidas por los muros de una cárcel.

Los golpes eran un alfabeto, pues, y debía aprender a leer y escribir en su clave como lo hizo con el latín y el castellano. Si de eso se trata, un impacto equivale a la letra a, dos a la b y así sucesivamente. Enciende un pabilo y presta atención a los golpes. Descubre un huesito de polio, se sienta en el piso de tierra y empieza a trazar breves rayas con cada serie. Después las cuenta y traduce a las letras correspondientes para formar palabras. Es difícil: algunas letras como la S, T, V, requieren muchos golpes y equivoca la cuenta. Debe ejercitarse. Tampoco aprendió a leer y escribir castellano en un solo día. Se dispone a contestar. Vierte su nombre a la clave y, lentamente, transmite al tenebroso laberinto su primer mensaje. Los sombríos muros difunden las tres palabras Francisco-Maldonado-Silva. Esa noche decenas de hombres y mujeres toman nota de su cautiverio.

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El reo tiene un «abogado defensor», aunque tal título es un equívoco porque su tarea consiste en ayudar al reo… para que triunfe la fe. Es un funcionario de la Inquisición que se pone al lado de la víctima sólo cuando puede señalar algún esporádico error de procedimiento jurídico: su objetivo primordial es convencerlo de someterse cuanto antes. En este sentido, es el abogado de la religión verdadera, no de sus impugnadores, obviamente. Sin embargo, cada prisionero lo recibe con un puñado de esperanzas, como a un amigo, y le confía sus angustias.

En la prisión de Francisco se celebran ocho sesiones con el abogado defensor que le ha designado el Tribunal. Es un fraile de robusta complexión y voz sonora, mejor constituido para la guerra física que para los enredos de la jurisprudencia. A las víctimas les causa una impresión fuerte porque aparece como el aliado ideal: potente, sabio y afectuoso. Sus expresiones refuerzan esta imagen y los acusados lloran al recibido, le ruegan consejo y se avienen a obedecer sus indicaciones. Francisco no escapa a la ilusión y también le entrega su historia y sus temores. En realidad no ha hecho otra cosa desde que lo arrestaron: siempre repite su verdad desnuda y molesta. El abogado le promete mejorar su situación y reducir el tremendo peso de la condena en marcha si Francisco abjura de sus creencias. Francisco le formula a su vez muchas preguntas que el abogado prefiere marginar cuando tocan aspectos teológicos y morales: su misión -insiste- se limita a brindarle ayuda concreta y rápida.

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