Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Andrés Juan Gaitán instala un pisapapeles sobre los pliegos y apoya su nuca en el alto respaldo de su sillón. Le molesta que Mañozca y Castro del Castillo hayan aceptado que el reo jurase a su modo. Se le ha permitido, indirectamente, agraviar la cruz y se le ha concedido un derecho que aumentará su confusión. A esta gente hay que recordarle que el Todopoderoso está de un solo lado y que la verdad no es compatible con sustitutos. ¿Quién es este médico criollo para imponer sus deseos al Tribunal? El Tribunal, al satisfacerlo, le ha regalado un trozo de su propia fuerza, le ha transferido innecesariamente una atribución. ¿Por qué?, ¿para qué? Mañozca y Castro del Castillo tienen pocos años de oficio inquisitorial y aún no han aprendido a reconocer en estos insolentes a moscas con forma humana. Como las moscas, sólo merecen que se las aplaste. Son indignos, ingratos e irracionales. Este médico criollo ha recibido el bautismo y la confirmación, ha sido hospedado en conventos, instruido en la Universidad y ha llevado al lecho a una cristiana vieja, para finalmente arrojar todo como basura y proclamar su sangre abominable con orgullo y su apostasía como mérito. Es el colmo del extravío, Incluso tiene la desfachatez de considerarse único responsable de sus actos. Gaitán cree que esto es verdad, que el hombre es un solitario, que no ha cultivado su judaísmo sino con su padre muerto y hablado del tema con su hermana devota. Pero en vez de aceptar su nimiedad extrema y achicarrarse ante la majestad del Santo Oficio, en vez de temblar, sudar y caer de rodillas, ese infeliz impugna la fe verdadera con su juramento por el Dios de Israel. Es una muestra cabal de su rebelión y de que pretende socavar el orden del universo.

Gaitán está cansado. Debe leer informes, contrastar testimonios, evaluar confesiones, juzgar, condenar. Ya es suficiente para él: desde hace dos años ha comenzado a pedir licencia para regresar a España porque el Virreinato del Perú y sus miserias lo han hartado. Pero su solicitud no será satisfecha con celeridad. Lo sabe. En España harán una evaluación de los servicios que él presta a la fe con severidad incorruptible y preferirán que prosiga varios años más; lamentablemente.

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Le han liberado las muñecas y los tobillos porque está preso en una mazmorra inexpugnable, La celda es angosta, provista de un poyo donde tendieron el colchón y una arqueta en la que han depositado las pertenencias que lo acompañaron desde Chile. Francisco mira durante horas la ventana alta por la que fluye la luz de un patio interno. Se aburre con el lento desovillarse de las horas bajo la perpetua nubosidad de Lima y se pregunta reiteradamente si conseguirá trasponer las pruebas a que lo va a someter el Santo Oficio, una de las cuales consiste en mantenerlo inactivo entre esas cuatro paredes. Los sirvientes negros que le traen la ración de comida arrojan algunas frases como migajas; son seres despreciados que se alivian despreciando a quienes están peor; entre las deshilvanadas expresiones le dejan enterarse de que no puede leer ni escribir, no puede comunicarse con otros prisioneros y menos con el exterior. Puede, en cambio, solicitar algunas comodidades que a veces son atendidas («a veces»): abrigos, comidas, un mueble, más velas. Esos beneficios se pagan con el dinero que le han confiscado; si su dinero se acaba, se acaban los beneficios.

¿Cuánto tiempo lo mantendrán ahí, solo e incomunicado? El desafío del aislamiento es muy arduo. Incrementa la ansiedad y desencadena el alud de la desesperación. Habla consigo mismo hasta el borde de la locura porque su corazón reclama cada día y cada hora conectarse urgentemente, confiar ideas, descargar sentimientos. Ya le ha pasado en la celda de Concepción, de Santiago y en la bodega de la nave: llega un momento en que no se aguanta más. Cuando esto sucede aparece un pórtico brumoso; al otro lado sólo hay vacío: es la pérdida de la esperanza. Esto busca la Inquisición.

Cuatro jornadas después de la primera audiencia le ordenan ponerse el sayal para la segunda. Cierran los grilletes en sus extremidades ulceradas como si estuviera en condiciones físicas de huir y lo conducen al augusto salón. Igual que la otra vez, lo acompañan el alcaide y dos negros. Se da cuenta de que su prisión actual está en el fondo de la lóbrega fortaleza porque debe recorrer largos túneles, ascender y descender peldaños, cruzar muchas puertas hasta que penetra en el ámbito temible donde el techo de madera machimbrada ofrece una disonancia sarcástica. Ahí están las tres altas sillas forradas de verde, el escritorio de seis patas, los dos candelabros y el crucifijo ante el cual se negó a prestar juramento. Entra el cadavérico secretario cuyos ojos de vidrio apuntan hacia el pequeño escritorio en el cual deposita su escribanía; después se sienta, une las manos en oración y mira hacia el verdinegro blasón del Santo Oficio. Gira una de las puertas laterales y brotan en fila los tres inquisidores. La audiencia es ceremonia y no permite alteraciones al libreto: la secuencia es rígida, siempre igual. Los jueces caminan a pasos cortos, escalan la tarima, las sillas abaciales se corren, quedan parados como alabardas, hacen la señal de la cruz, rezan en voz baja.

Mañozca ordena al reo que diga lo que calló en la audiencia pasada. ¿Supone este giro la aceptación de un informe anterior como cierto, que lo escuchen con mejor disposición? El resplandor de ángel que existe en cada ser -Francisco se da ánimos-, ¿podría inducirlos a reconocer que su calidad de judío no implica ofensa a Dios? Avanzará más -decide-, para mostrarles que su conducta no es arbitraria, sino obediente de los sagrados mandamientos, como pide la Biblia. Confiesa, entonces, que ha guardado los sábados como festividad porque así lo ordena el libro del Éxodo (recita de memoria los versículos pertinentes) y ha evocado a menudo, para infundirse coraje, el cántico que figura en el capítulo XXX del Deuteronomio (también lo recita de memoria). Los inquisidores teclean los apoyabrazos ante el desfogado reconocimiento del delito que hace este hombre, y están impresionados, además, por su dominio del latín y la Sagrada Escritura. Francisco lee en los rostros secos un asombro apenas esbozado, pero suficiente para mostrarle que ha conseguido atravesar su dura piel. El secretario escribe ansiosamente, resignado a no poder fijar tantas palabras en castellano y latín; se limita a mencionar que con fluidez pronunció el Salmo «que comienza ut quid Deus requilisti in finem y otra oración muy larga que comienza Domine Deus Omnipotens, Deus patrum nostrorum Abraham, Isaac et Jacob » y que recitó «otras muchas oraciones que rezaba con intención de judío».

La audiencia se prolonga hasta que los inquisidores juzgan que el reo ha dejado de aportar nuevos elementos. El alcaide y sus ayudantes acompañan a Francisco rumbo a su angosta prisión, Allí, en la sima asfixiante del encierro, espera durante días, semanas, meses, que lo vuelven a convocar. La puerta sólo se abre para ingresarle la comida o retirar la bacina con excrementos. La quietud y el vacío lo oprimen.

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El Santo Oficio especula con las planicies del tiempo. Aspira a que las horas huecas le consuman la resistencia y apaguen las convicciones. Pero ignora que en oposición a sus designios, como si los hubiese adivinado, Francisco se endereza lentamente y decide organizar sus jornadas con la única actividad que aún no han podido quitarle: el pensamiento. Es, además, su única arma y debe cuidarla con pasión. Los ejercicios de la memoria, la lógica y la retórica deben llenar su vigilia. Además de pronunciar las oraciones y recitar sus queridos Salmos, debe repetir los textos que retiene en su cabeza y ensayar respuestas a difíciles preguntas así como armar provocativos interrogantes para desarticular los asertos dogmáticos. Constituye dentro de sí el diálogo que le retacean. Se pregunta, se responde, se refuta, se vuelve a preguntar. Por cada audiencia que alguna vez volverán a concederle, en su espíritu tienen lugar no menos de cien.

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