Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Gaitán se dirige a los otros inquisidores. Hablan voz baja y les cuesta armonizar sus puntos de vista. El reo los observa, pero se conceden su tiempo para no equivocarse ante el inopinado insulto. Finalmente Juan de Mañozca se dirige al secretario.

– El reo puede jurar a su modo, pero haga constar la pertinacia.

Por primera vez resuena en el salón el extraño juramento y rechinan las maderas de Nicaragua. Después Francisco Maldonado da Silva responde al interrogatorio. Ha soportado demasiado la falsedad y ansía mostrarse sin la máscara de la vergüenza, la cobardía y la traición. Traición a Dios, a los demás, a sí mismo.

Los inquisidores se encuentran ante un problema inédito, mezcla de injuria y franqueza. Un caso que no elude la gravedad de las preguntas ni la amenaza de los cargos. No oculta sus pecados, no niega su condición de judío ni sus prácticas abominables, no intenta confundir a los jueces. Parece sincero. Reitera que es judío como si tuviese un morboso placer en pronunciar esa palabra llena de resonancias maléficas; repite que es judío como lo fue su padre -penitenciado por este Tribunal- y su abuelo y los ascendientes de una larga genealogía. Advierte que su madre, sin embargo, fue cristiana vieja y murió en su fe. Lo bautizaron en la remota Ibatín y lo confirmó en Córdoba el obispo Fernando Trejo y Sanabria. Reconoce su sólida formación religiosa; fue católico hasta la edad de dieciocho años, en que vino al Callao para reencontrarse con su padre. Aunque se filtraban dudas en su espíritu como consecuencia del maltrato que padeció su familia, confesaba, comulgaba, oía misa y era obediente de todos los demás actos que debe guardar un buen católico. Pero llegó el instante en que hizo eclosión una poderosa turbulencia: la lectura del Scrutinio Scripturarum que escribió el converso Pablo de Santamaría le produjo náusea: la controversia artificial del joven Pablo con el senil judío Saulo no le mostró el triunfo de la Iglesia sino su abuso. Entonces pidió a su padre una intensa enseñanza del judaísmo.

Andrés Juan Gaitán y Antonio Castro del Castillo cambian de posición en sus sillas por el torrente de blasfemias, pero es Juan de Mañozca quien lo interrumpe y ordena que demuestre su formación católica santiguándose y pronunciando las oraciones de la ley de Nuestro Señor Jesucristo.

Francisco enmudece de golpe: ¿qué prueba le están pidiendo? ¿La calidad de su aprendizaje se reduce ahora a un examen para analfabetos? ¿Se burlan? ¿No creen en la veracidad de su relato? De pronto conecta otra idea: quieren enterarse si un judío pleno es capaz de llevar a cabo un rito católico sin repugnancia.

– No perjudica a la ley de Dios que me santigüe ni que pronuncie las oraciones -se persigna, dice las oraciones y recita los diez mandamientos.

Los inquisidores miran y escuchan con rostros neutros. El secretario sigue escribiendo velozmente; ya se le quebró la tercera pluma.

– Continúe -ordena Mañozca.

Francisco queda sin conocer el motivo de la prueba elemental, pasa su lengua por los labios y completa la historia de su vida. Se la ofrece generosamente, para quedar igualados: ellos católicos y él judío. Mientras ocultaba su identidad se cercenaba como hombre; ahora que la exhibe, su espalda se endereza: en los intersticios de su cuerpo y su alma ha ingresado una balsámica liviandad. Les relata a los inquisidores que se ha casado con Isabel Otañez, natural de Sevilla, cristiana vieja -enfatiza, para que no insinúen siquiera molestarla-; tiene una hija con ella y está esperando un segundo hijo. Describe el sufrimiento que ha ocasionado esta separación y ruega a los ilustrísimos inquisidores que le hagan llegar noticias y que no confisquen todos sus bienes para que subsista dignamente. Ella es cristiana devota y no tiene por qué sufrir a causa de una fe que ni siquiera conoce.

– ¿Con quiénes compartió el secreto de su judaísmo? -pregunta Gaitán.

Es la infaltable cuestión; su padre lo dijo tantas veces: "Piden nombres, exigen nombres; no les basta ver al reo bañado en lágrimas y arrepentido; cada uno debe traer por lo menos otro.» No le sorprende la pregunta ni el tono; se la volverán a formular con porfía y usarán todos los recursos de la voz. Pero él ya ha preparado y fijado la respuesta que usará siempre, despierto o dormido, en la sala de audiencia o la cámara de torturas; dirá (dice) que sólo habló de judaísmo con su padre y su hermana Isabel. Su padre ya ha muerto y su hermana lo ha denunciado.

– ¿Con quién más? -insiste el inquisidor.

– Nadie más. Si no hubiera hablado con mi hermana, hoy no estaría aquí.

121

Lo trasladan a otro agujero de las cárceles secretas. Aunque lo sigue tensando el miedo, está relativamente satisfecho por la conducta que observó durante la primera audiencia. Su cuerpo se parece al de una aplastada mula que súbitamente se liberó de la carga: se ha mostrado a cara descubierta ante los hombres más temidos del Virreinato. Les ha refregado que ama sus raíces. Ha hecho resonar en la augusta sala el nombre de Dios único y ha desafiado -desde su debilidad física- la arrogancia del Tribunal. Pocas veces alguien les habrá demostrado que no cuentan con todo el poder. Esto no debería transformarse en soberbia -corrige el posible desliz- porque «yo soy apenas un minúsculo, un indigno siervo del Eterno». Pero es obvio que los inquisidores, acostumbrados a recibir prisioneros asustados que se defienden con la mentira, deberán estudiar su caso y, quizá, aproximarse a cierta comprensión. Quizá el resplandor de ángel que existe en cada ser humano (y hasta en el más pérfido) consiga descubrirles el derecho que le asiste.

Mientras su mente gira en círculos no observa hacia dónde lo llevan. ¿Importa? Su mirada se ha replegado y apenas registra que las baldosas pasan a ser cubos de adobe y por último tierra apisonada. En los corredores resuenan pasos, hierros, gemidos y aumenta la oscuridad. Los alguaciles tienen la orden de saltear la celda de recepción y hundirlo en una mazmorra. Ya ha pasado por las verificaciones que exige la legalidad del Santo Oficio: no es un reo inclasificado, sino un judío cabal con sangre y espíritu infectos. Le corresponde un espacio chico y húmedo, un ergástulo sofocante en el cual se macerarán sus pensamientos demoníacos. No pueden cambiarle la sangre pero sí lavarle el espíritu.

Lo encierran y refuerzan la puerta con travesaños, llave y tranca. Todo ha sido dispuesto para que Francisco Maldonado da Silva acepte que sus insubordinaciones no lo han conducido a otra parte que este pozo y reconozca que a partir de su entrada en las cárceles secretas ha perdido definitivamente todos sus derechos.

Los inquisidores se pasan unos a otros -servidores mediante- los pliegos que redactó apresuradamente el secretario durante la audiencia. Es una inevitable y pobre síntesis que no ha registrado algunas frases infames ni reproduce el tono altivo con el que el reo las ha pronunciado. Pero consigna pruebas suficientes para aplicarle una condena severísima. Tiene en su favor, empero, la coherencia y coincidencia con los documentos que se labraron en Chile tras cada interrogatorio. También armonizan con la denuncia que había elevado hace casi un año el comisario de Santiago de Chile cuando las hermanas del reo -Isabel y Felipa Maldonado- testificaron con horror las confesiones que él había hecho a una de ellas. Esta situación facilitaba la indagación, pero no brindaba pistas sobre el grado de arrepentimiento que se produciría en el cautivo. Su historia, cultura y aparente coraje pueden servir tanto a la luz como a las tinieblas, pueden ayudado a recuperar la verdadera fe o extraviarlo más en sus sofismas. Quizá se avenga a una reconciliación voluntaria, con lágrimas sinceras. Quizá sólo a una reconciliación forzosa, bajo la luz que brinda el suplicio, como fue el caso de su padre Diego Núñez da Silva. El delito de judaísmo tiene cuatro salidas: dos son compatibles con la vida (reconciliación voluntaria o forzosa). Las otras dos terminan en la muerte y se diferencian entre sí porque el judío que se arrepiente antes de que lo devore la hoguera puede acogerse a la clemencia de un fallecimiento más rápido mediante la horca o el garrote vil.

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