Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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Su resistencia era la manifestación de su lucha. Preferí suponer que no habría tenido necesidad de escribirme si mis palabras no hubieran hecho impacto. Algo se había roto en ella, evidentemente. Lo conversado en los baños, aunque en forma atropellada, había operado como las trompetas de Jericó: bastaría que las hiciese sonar de nuevo -me entusiasmé- para que cayeran las murallas. Unté pues la pluma y comencé a escribir. Debía ser diáfano y preciso: alumbrar cada concepto con un racimo de bujías. Demostrarle que el demonio habitaba en la Inquisición, no en los perseguidos; en quienes silencian y asfixian, no en quienes piensan. Hablé de historia, mártires, sabios, obras bellas. Y la ardiente necesidad de articularnos con nuestras raíces. Le dije que trataba de ser cada vez más coherente: ayunaba, respetaba el sábado y oraba a Dios. Que incluso hacía un año había dejado de confesarme en la Compañía de Jesús -donde encontraba el mejor nivel intelectual- porque me bastaba confiar mis pecados directamente al Señor.
Releí las cinco hojas, corregí algunas frases y las doblé. Estaba satisfecho. Parecía un enamorado que había conseguido verter en un poema la fiebre de su pasión. Salí de mi aposento en busca de mi hermana. La encontré en el patio, aún amarillenta.
– Toma -le tendí los pliegos-: léelos con atención.
Alzó los ojos asustados. No se atrevió a recibir mi carta.
– Es una respuesta meditada -insistí con apariencia de tranquilidad.
Levanté su mano reticente, le abrí los dedos contraídos y los apreté en torno a los papeles.
– Reflexiona sobre lo que te he escrito. Y contéstame, por favor. Tómate tres días.
Sus ojos seguían atribulados. Le tuve lástima. Sufría. Y revelaba mucho miedo. Se alejó con la cabeza gacha, los codos adheridos al cuerpo, empequeñecida. Era como mi madre cuando cayó sobre ella el alud del infortunio. La seguí unos pasos, mi mano en el aire, deseoso de brindarle una caricia. Pero empezó a correr hacia el refugio de su cuarto. Ojalá que se serene -rogué- y lea una y otra vez mis francos conceptos. Ojalá se atreva a dialogar.
Volví a equivocarme. Isabel no estaba en condiciones de razonar con calma. La mera perspectiva de poner en cuestionamiento aquello que estaba consagrado la horrorizaba. No importaba qué le dijese: bastaba intuir mi rebeldía para que la ahorcase el pánico.
Se encerró -me enteré después, cuando era demasiado tarde- y empezó a llorar. Lloró sin consuelo. Entre hipos y mocos abrió mi carta. Leyó las primeras frases y, bruscamente, la abolló. No podía tolerar esas blasfemias. Siguió llorando hasta la hora de la comida. Se lavó la cara, dio una vuelta por el huerto y trató de disimular su aflicción. Entró en la cocina, ordenó a las criadas que fuesen a buscar hortalizas frescas y, cuando estuvo sola, extrajo de su ropa mi larga carta sin leer y la arrojó al fuego. Las llamas retorcieron los pliegos como extremidades de una efigie, se ennegrecieron y dejaron asomar unos puntitos de sangre. Isabel tuvo la alucinante impresión de haber quemado una pezuña de Belcebú.
No fue suficiente. Estaba aturdida. La pesadumbre le mordía el corazón. Yo le había dicho que de ella pendía mi vida o mi muerte. Fue una advertencia real, puse en sus manos mi destino: en sus manos débiles. ¿Por qué lo hice? Pregunta abismal… Era lo mismo que preguntarse ¿por qué Jesús entró en Jerusalén y se mostró públicamente si sabía que los romanos querían prenderlo? ¿Por qué dejó que Judas Iscariote saliera del Séder de Pésaj para buscar a los soldados? ¿Hablé con Isabel para que, indirectamente, me arrestara la Inquisición? ¿La empujé a convertirse en mi Judas Iscariote, en ese eslabón trágico que apura la llegada del combate decisivo? ¿Hice esto para que me llevasen ante los actuales Herodes, Caifás y Pilatos a fin de demostrarles que un judío oprimido reproduce mejor a Jesús que todos los inquisidores juntos?
Isabel rezó, dudó, se atormentó. Su saber era una brasa. Le urgía sacársela o dividirla con alguien. Recordaba mi advertencia: «de ti pende mi vida o mi muerte». Yo estaba en los brazos de la muerte -para ella-, y arrastraría a los demás. Salió en busca de Felipa. A mitad de camino se detuvo, se estrujó las manos, suspiró y dio media vuelta. Pero antes de llegar a casa volvió a girar. Al cabo de una hora mis dos hermanas sollozaban juntas porque una inconsolable desgracia había caído nuevamente sobre nuestra familia. Yo había sido contaminado por el veneno atroz.
– ¿Qué haremos? -suplicaba Isabel.
Felipa se paseó por la celda desgranando nerviosamente el rosario. Su voz ahogada por las lágrimas, enronquecida, dijo finalmente:
– Hay algo que no puedo eludir.
Isabel la miró temblando.
– Decírselo -anunció Felipa- a mi confesor.
Francisco echa una última mirada a la calle negra de la poderosa Ciudad de los Reyes, representante de una libertad falsa y esquiva.
Cruza el pórtico y desciende a los infiernos.
Libro quinto: Deuteronomio
118
Repta un airecillo húmedo y maloliente. Cruzan un salón desolado, se introducen en una galería y descienden cuidadosamente varios escalones. La linterna atrae los pliegues de los muros y techos como si fueran la piel de un monstruo interminable que se mueve, respira, acecha. Tropieza, porque lo traba la cadena que une los grilletes de muñecas y tobillos. Un negro provisto de linterna guía hacia la tenebrosa profundidad. Se pierden en un laberinto. ¿Adónde van? El negro se detiene frente a una hoja de madera, abre un candado y levanta la tranca de hierro. Un oficial aprieta el brazo de Francisco y lo obliga a pasar. Cierra la puerta; por sus rendijas se filtra el temblor residual de la linterna. Francisco queda a oscuras y tantea en el vacío hasta que alcanza los muros de adobe y descubre un poyo. Se desploma agotado.
Otra vez solo, pero ahora en la cárcel del Santo Oficio, en sus macabras vísceras. Sabe que lo harán esperar -como en Concepción, en Santiago- para que ablande la resistencia. Apela a los Salmos para darse fuerzas: su enemigo es potente como Belcebú.
Sin embargo, no conoce las irregularidades que se permite el Santo Oficio. No ha transcurrido una hora y vuelve a levantarse la tranca. Se asoma un rostro de bronce con un blandón encendido. ¿Lo llevan a la cámara de torturas? No es el mismo negro de hace un rato, sino una mujer. Se aproxima con cautela y le ilumina el rostro, las muñecas, los tobillos, sin decir palabra. Apoya el blandón en el piso, sale al corredor y vuelve con un cazo de leche tibia. Francisco estudia su rostro tan parecido al de Catalina años atrás y procura entender este gesto.
Bebe y se conforta. La negra se sienta a su lado, destila olor a cocina, a frito.
– Gracias -susurra.
Ella lo mira en silencio. Francisco apunta el mentón hacia la puerta abierta.
– ¿Y qué? -la negra se encoge de hombros-. ¿Quiere escapar?
Francisco asiente.
– No podría -emite un abismal suspiro-. Nadie escapa de aquí.
¿Quién es ella?, ¿por qué lo asiste? Le pregunta directamente. Esa mujer no tiene poder alguno. Se llama María Martínez, la han arrestado por hechicería y, para aliviarle la condena que aún no ha fijado el Tribunal, realiza ciertos trabajos en la casa del alcaide [42] . ¿Qué trabajos? ¿Llevar leche tibia a los reos que ingresan?, ¿demostrarles que no vale la pena intentar una fuga aunque permanezcan abiertas las puertas?, ¿sonsacarles información? Dice sin que le pregunten y desenrolla su historia: la mandó arrestar el comisario de La Plata por haberse enamorado de una joven viuda a quien visitaba regularmente (¿a todos les cuenta lo mismo?). El comisario admitió que él mismo la hubiese matado de una puñalada porque era intolerable que una mujer se acostase con otra y que eso era peor que las denuncias por leer en el vino y haber clavado siete alfileres en el corazón de una palomita para que la joven viuda nunca dejase de amarla. Su arresto se efectivizó bajo el cargo de hechicería: los inquisidores prefieren interrogarla sobre los ritos que efectúa para conseguir la ayuda del diablo. También muestra que se introduce un escarbadientes en la nariz para sacarse gotas de sangre que guarda en un pañuelo para mejorar su salud y conseguir que Santa Marta la exima de las torturas. Finalmente cuenta a Francisco que el señor alcaide ha salido por unas horas y le ha encargado recibirlo.
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