Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– ¿A mí?

– ¿No es usted el médico que traen de Chile?

Francisco trata de descifrar el galimatías: después de haber sido arrestado en Concepción y haber pasado por una agotadora serie de amonestaciones, interrogatorios y traslados, ¿lo confían ligeramente a una negra que también está bajo proceso? Había imaginado que bastaba atravesar los muros de esta sombría casona para encontrarse rodeado de oficiales y verdugos, pero hete aquí una laxitud que ni siquiera existe en las prisiones seculares. ¿Hay locura en el Santo Oficio?

La negra le pregunta por su crimen, ¿Crimen? -exclama Francisco-, ninguno. Ella se ríe: todos niegan haber cometido un crimen. Yo no niego la causa de mi arresto -replica-, sólo que no es un crimen. ¿Bigamia? -pregunta María Martínez-, ¿homicidio?, ¿título falso?

– Soy judío.

La negra se pone de pie y sacude su rústico vestido.

– Judío -repite Francisco en tono más alto-. Como mi padre y mi abuelo.

– ¿También? ¿Todos?

– Todos.

Se persigna, invoca a Santa Marta, lo mira atónita.

– ¿No tiene miedo?

– Sí, tengo miedo, por supuesto que tengo miedo.

– Y ¿por qué lo dice?

– Porque eso soy. Y porque creo en el Dios único, en el Dios de Israel.

Sus ojos grandes y asustados se aproximan con pena; susurra:

– No lo diga así al señor alcaide; lo mandarán a la hoguera.

– ¿Sabe, María? He llegado hasta aquí, precisamente, para decirlo. Necesito decirlo.

– ¡Shttt…! -le tapa la boca con su mano húmeda y regordeta-. El alcaide puede llegar violento. Si usted dice que es… ¡lo condenará!

Recoge el cazo vacío y el blandón.

– Si llega bueno -aclara- y usted le dice que es… eso, ¡también lo condenará! ¡No lo diga!

Francisco menea la cabeza, mueve las engrilladas manos y reconoce que esta pobre mujer jamás comprendería. No obstante, su torpe bondad merece que le explique. Suspira: hace mucho que no transmite sus pensamientos y pronto deberá exponerlos ante los inquisidores; tarde o temprano lo llamarán y querrán enterarse por su boca de aquello que ya figura en los pliegos, ¿Por qué no ensayar ahora con esta mujer ignorante? Ella no suelta el cazo ni el blandón mientras murmura: «¿quiere que lo maten?».

Francisco intenta un comienzo pero el cierre destemplado de una lejana puerta y los crecientes taconeos los sobresaltan. María se asoma al temible corredor y vuelve para prevenir a Francisco.

– ¡Es el alcaide! ¡Póngase de pie, rápido! -lo ayuda a levantarse, le arregla la cabellera y le estira la sucia camisa.

Ingresa un hombre bajo y robusto seguido por un sirviente con una linterna. Se acerca a Francisco y lo examina de arriba hacia abajo como si quisiera indicarle que la diferencia de altura no le otorga ventajas. Sus ojos expresan desprecio. Chasquea los dedos y la negra sale con el cazo y el blandón. De súbito Francisco queda nuevamente solo y a oscuras. Pero no alcanza, sin embargo, a acomodar su vista y el negro de la linterna ingresa en la celda otra vez y ordena al reo que lo acompañe. Francisco no ofrece resistencia; sabe que su cuerpo será inevitablemente sometido a ultrajes para que se rinda, pero su propósito es triunfar con el alma. En consecuencia, que lo lleven y traigan, que lo pongan al frío o al calor; podrá ejercer alguna defensa de sus convicciones. Se levanta con los grilletes tironeando hacia abajo y lo sigue por el pasillo que ondula al ser tocado por la luz. La cadena es demasiado larga y se enreda en sus pies. El túnel se divide en cruz, doblan hacia la derecha, después de un tramo doblan otra vez y se detienen ante una puerta maciza. El esclavo levanta la linterna y golpea la diminuta aldaba. Una voz le ordena pasar. Tras una mesa iluminada por un candelabro está sentado el alcaide. Francisco permanece de pie y aguarda; el cansancio lo está minando.

El funcionario lee los papeles amontonados sobra la mesa sin pronunciar palabra. Se supone que son los documentos condenatorios labrados en Chile. Se demora en cada hoja: es un funcionario responsable que lee con dificultad. A Francisco le aumenta el dolor de los tobillos ulcerados y una niebla le invade los ojos. A cada rato el alcaide espía por encima del papel para cerciorarse de que permanece en el mismo sitio. Al rato su voz neutra ordena:

– Identifíquese.

– Francisco Maldonado da Silva.

El funcionario no dice si ha escuchado, continúa sumergido en los pliegos. ¿Es una forma de hacerle saber que tiene poco interés en su nombre? Tarda un rato en hacer la pregunta siguiente.

– ¿Conoce la razón de su arresto?

Francisco descarga el peso sobre una sola pierna; no podrá seguir parado; la fatiga de dos meses horribles lo vence.

– Supongo que por judío.

– ¿Supone?

Una mueca le tironea la comisura de los labios y replica:

– Yo no soy el autor de mi arresto y no puedo conocer su causa.

El alcaide lleva automáticamente la mano a su espada porque esa insolencia es inaceptable.

– ¿Loco, además? -le increpa con el rostro enrojecido.

Apoya el peso sobre la otra pierna; un bulto le aplasta los hombros, le oprime la nuca. Los objetos se mueven y diluyen.

– Le exhorto a decir la verdad -recomienda en tono burocrático.

Francisco balbucea la respuesta:

– Para eso estoy aquí.

La niebla se espesa; no puede evitar la flexión de sus rodillas. Cae desvanecido.

El alcaide se incorpora despacio, rodea el escritorio y se para junto al prisionero. Con la punta del zapato le mueve el hombro: está acostumbrado a recibir cobardes y simuladores. Le hunde el zapato en las costillas e indica al negro que arroje agua sobre la cara desfigurada por el agotamiento.

– Muy flojo -lo desprecia.

Retorna a su silla, se acaricia el mentón y evalúa.

– Lévalo de regreso a la celda y que coma.

119

Un par de negros lo visten con una túnica de fraile. Después le ofrecen leche y un trozo de pan recién horneado. Francisco aún navega en su sueño escaso y al comer siente dolor en la mandíbula, la garganta, el esternón.

– Vamos -ordenan.

– ¿A dónde me llevan? -el dolor de la garganta se ha conectado con el dolor de todo su cuerpo.

Lanzan una risita y lo empujan al corredor.

¿Es el mismo corredor de horas antes? Ya han conseguido desorientado. ¿Empezarán con el potro, como hicieron con su padre? Advierte que a su lado camina el alcaide, robusto y severo. ¿Cuándo apareció? Francisco se lleva las manos a las sienes: se le ha turbado la percepción, el cansancio afecta su lucidez. La cadena se le enreda en los tobillos.

– ¿Qué le pasa? -reprocha el funcionario.

– ¿A dónde me llevan?

– A una audiencia con el Tribunal -contesta sin emoción.

Francisco tropieza de nuevo y es la cruel y reprochadora mano del alcaide la que sujeta su brazo e impide la caída. Ni su más ingenuo cálculo había presumido tanta aceleración. ¿Influyen poderes sobrenaturales en su despareja lucha? Durante meses lo mantuvieron excluido: los comisarios le hicieron sentir el abandono y la impotencia. Ahora, en el vientre del Santo Oficio, sus autoridades centrales se apuran para vede el rostro y escucharle la voz. ¿Será cierto? Tiene la impresión de cruzar puertas que se abren antes de su llegada y ser observado por hombres silenciosos. Lo ingresan en una sala de relativa suntuosidad, iluminada parcialmente por altas linternas. Alguien le arrima un escabel de madera y el alcaide le aprieta de nuevo el brazo para (¿invitado?) forzarlo a sentarse. Necesita aferrarse de su asiento con las manos. ¿Aquí funciona el Tribunal? Lo asalta una arcada.

Delante suyo, sobre una tarima, se yerguen tres sillones abaciales forrados de terciopelo verde. Una larga mesa de caoba (¿ahí apoyarán sus manos los jueces?) tiene seis patas torneadas en forma de monstruos marinos (¿qué significan en un sitio donde ningún detalle puede ser arbitrario?). En los extremos de la ancha mesa alumbran sendos candelabros como escolta del crucifijo que destella en el centro. Francisco ve a un costado de la tarima el milagroso Cristo de tamaño casi natural, sombrío, cuyos ojos observan directamente los tobillos del reo; su padre le dijo que era milagroso porque su cabeza se mueve para refutar las mentiras de los cautivos o apoyar las acusaciones del fiscal. Le empieza a recorrer un temblor: sobre la pared derecha hay dos puertas cerradas y supone que por ahí emergen los jueces o se va a la cámara del secreto o la cámara de las torturas.

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