Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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– Pero depende de usted -concluye-. Depende de su abjuración.
En una oportunidad, Francisco le confía que traicionar su conciencia por algunos beneficios le suena a soborno. En otra le dice algo peor:
– Si abjuro, dejaría de ser yo mismo.
El abogado informa leal y puntualmente a los jueces. Mañozca y Castro del Castillo consideran que Maldonado da Silva es un hombre ilustrado y deben acceder a su pedido de confrontar con personas eruditas para enmendarlo del error.
– El reo no desea enmendarse porque ha mostrado el orgullo de los obstinados -replica Gaitán.
Mañozca deja pasar unos segundos y argumenta:
– Debemos predicar en el nivel de cada alma, y el alma de este hombre necesita argumentos fuertes, desarrollados por eruditos.
– Ni los eruditos ni el abogado defensor -Gaitán lo mira con dureza- conseguirán doblegarlo con argumentos y, menos aún, en una controversia: es tan polemista como Lucifer.
Castro del Castillo interviene entonces.
– ¿Lo considera usted -dice con inocultable ironía- tan perspicaz como Lucifer para atribuirle la victoria de una controversia que aún no se ha llevado a cabo?
Gaitán le devuelve una mirada iracunda:
– No se trata de perspicacia -explica-, sino de diabólico talento y capricho.
– El talento y capricho diabólicos se quiebran con la luz del Señor -insiste Mañozca.
Gaitán junta las manos delante de su nariz.
– No se somete al diablo -gotea sus palabras como plomo fundido- haciéndole concesiones…
Mañozca y Castro del Castillo se mueven molestos.
– No es una «concesión» haberle permitido jurar por el Dios de Israel o tener como calificadores a gente erudita -Mañozca habla también en nombre de su colega.
La discusión termina en absoluto secreto: el Tribunal no debe mostrar resquebrajaduras.
Se convoca entonces a personalidades de reconocida formación teológica para que analicen las dudas del reo en presencia de los inquisidores. La decisión recae en cuatro eminencias: Luis de Bilbao, Alonso Briceño, Andrés Hernández y Pedro Ortega [44].
Francisco Maldonado da Silva es conducido por el alcaide y dos negros -igual que siempre- a la augusta sala de audiencias. Le ponen el escabel tras las rodillas y el cadavérico secretario repite la ceremonia de acomodar milimétricamente los útiles de su escribanía. Ingresan los cuatro eruditos vistiendo los hábitos de sus respectivas órdenes y se instalan ante las sillas que se habían dispuesto para ellos, dos a la derecha y dos a la izquierda de Francisco. Tras otro minuto de espera chirría la puerta lateral y el reciento se tensa con la aparición de la breve fila de inquisidores que marchan con su característica majestad hacia la alta tarima, hacen la señal de la cruz, oran en voz baja. Los imitan los eruditos y después el alcaide tironea el brazo del reo para que se siente.
Mañozca toma la palabra para explicar cuán generoso es el Santo Oficio: brinda la ocasión de formular dudas para que dignos teólogos respondan. Como el reo ha insistido en que su errada conducta se basa en la Biblia, este Tribunal le ofrece un ejemplar de la Sagrada Escritura para que pueda efectuar las citas sin deformaciones.
Francisco contempla el pesado ejemplar de la Biblia instalado sobre un atril y levanta sus manos cargadas de grillos hacia las páginas cubiertas de signos. El reencuentro con el texto familiar le sugiere las primeras frases. Dice que el amor que tienen lo judíos por los libros -y por este libro en particular- es el amor a la palabra, a la palabra de Díos. Dios construyó el universo con Su palabra y en el Sinaí se manifestó con palabras, también. Las palabras son más valiosas que las armas y el oro. Dios no puede ser visto, pero puede y debe ser escuchado. Por eso prohibió las imágenes y ordenó acatar su ley. Quien le obedece integra al mismo tiempo, por añadidura, el orden moral. Quien, por el contrario -agrega provocativamente-, sólo dice adorarlo y hasta grita su fe, pero no cumple con los mandamientos, en los hechos repudia a Dios.
Uno de los eruditos le interrumpe la audaz parrafada para recordarle que han venido a resolverle dudas, no a escuchar una disertación. Entonces Francisco hojea la Biblia y señala los versículos que expresan mandatos, reiteración de mandatos y reproches por violar esos mandatos, en el Génesis , Levítico , Deuteronomio , Samuel , Isaías, Jeremías, Amos y Salmos . Lee en su fluido latín y hace un breve comentario a cada uno de los textos. Manifiesta que él ha sido arrestado no por sus faltas, sino por cumplir con la ley de Dios.
Los teólogos escuchan con la tensión de un guerrero en el campo de batalla y urden las respuestas. La mayoría de las observaciones integran el conocido repertorio de las controversias efectuadas en España entre rabinos y brillantes oradores de la Iglesia. Los teólogos se toman dos horas para contestarle.
El jesuita Andrés Hernández se pone de pie y dice a Francisco:
– Hijo: usted no puede tener dificultad en reconocer la misericordia de la Iglesia y el Santo Oficio: ahora le están ofreciendo el privilegio excepcional de obtener iluminación por intermedio de cuatro personalidades que han postergado otras obligaciones para venir en su ayuda. Contra las mentiras que lanzan los herejes, puede comprobar por usted mismo que la Inquisición no se ha establecido para el daño, sino para «reconciliar» al pecador: vela por su salud eterna. Y cada uno de los teólogos que ahora le explicamos y persuadimos -se toca el pecho- está ansioso por verlo alejarse de sus faltas y retornar a la Iglesia.
– El cuarto concilio Toledano presidido por San Isidro -recuerda a su turno Alonso Briceño- estableció que a nadie se hiciera creer por la fuerza. Pero ¿qué hacer con quienes han recibido el indeleble sacramento del bautismo, como es su caso? Un bautizado que judaíza no es un judío, sino un mal cristiano: un apóstata. Usted, por lo tanto, aunque sea duro decirlo, ha cometido un acto de traición y por eso se lo juzga.
– Los mandamientos que usted dice obedecer -explica Pedro Ortega con el mejor tono de voz- son el repertorio de una ley muerta, un anacronismo. En vez de buscar el camino de la virtud en el Antiguo Testamento, estudie el Nuevo y las enseñanzas de los padres y doctores de la Iglesia.
Andrés Bilbao toma después la palabra y responde en minucioso orden a los versículos que Francisco señaló como prueba de su razón e inocencia, para hacerle notar que los interpretaba sofísticamente.
– Fíjese -concluye-: la mayoría no respalda su derecho a seguir siendo judío, sino que anuncian y prefiguran el nacimiento de Cristo, la erección de su Iglesia y el advenimiento de la nueva ley.
El inquisidor Juan de Mañozca agradece a los calificadores su descollante tarea y se dirige al reo para preguntarle si han quedado resueltas sus dudas. El secretario aprovecha la corta pausa para secarse la transpiración. Francisco se pone de pie.
– No -replica desafiante.
128
Dos días más tarde es convocado a otra audiencia. Castro del Castillo le interroga con el tono más dulce que permite su obesa garganta.
– ¿Qué motivos le impiden reconocer los errores de la ley muerta? Cuatro extraordinarias personalidades del Virreinato han escuchado su andanada de cuestionamientos y le contestaron pacientemente. A las referencias bíblicas le opusieron otras referencias también bíblicas; a las preguntas le devolvieron respuestas. ¿Por qué endurece su pertinacia?
– Lamento que los teólogos no me hayan entendido -responde-. Tal vez no he podido expresarme con claridad por el inevitable nerviosismo que produce esta sala -añade.
A las horas de ser devuelto a mi mazmorra -recordará Francisco-, los negros Simón y Pablo me traen una Biblia, cuatro pliegos rubricados, pluma y tinta. Entra el alcaide para comunicarme que el Tribunal, como muestra adicional de clemencia, me ofrece la posibilidad de redactar mis dificultades en esos pliegos, sin la presión de las miradas. Observo atónito el precioso volumen sobre la rústica mesa y recuerdo otra vez la impresionante escena del burro mordido por un puma: debo resistir como aquel heroico animal. Son los inquisidores quienes ahora empiezan a ablandarse: no toleran la firmeza de mis convicciones y justifican con su mentirosa clemencia la necesidad de conseguir mi arrepentimiento. No doblegarme, para ellos, será una afrenta a su poder.
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