»A esta altura del discurso se levantó de su silla con grande agitación y, llamando al centinela, ordenó viniera el sargento de guardia. Apenas apareció el llamado, le ordenó perentoriamente traer "eso". El sargento se retiró y antes de tres minutos volvió con cuatro granaderos que portaban un petacón dé tabaco de doscientas libras de peso, un bulto de yerba de iguales dimensiones, una damajuana de caña paraguaya, un gran pilón de azúcar y muchos paquetes de cigarros atados y adornados con cintas variopintas. Por último, vino una negra vieja con algunas muestras de tejidos de algodón en forma de tapetes, toallas y paños de toda especie. Pensé que sería un presente que El Supremo quería hacerme en vísperas de mi partida hacia Buenos Aires. Juzgad entonces mi sorpresa cuando oigo de pronto que me dice:
»-Señor don Juan, éstos no son más que unos pocos de los ricos productos de este suelo y de la industria y el ingenio de sus habitantes. Me he tomado algún trabajo para proporcionar a usted las mejores muestras que el país produce en diferentes rubros de artículos. Sabe en qué extensión ilimitada estos productos pueden obtenerse en este, puedo llamarlo así, Paraíso del mundo. Ahora, sin entrar en discusión sobre si este continente está maduro para las instituciones liberales y burguesas (pienso que no) no puede negarse que en un viejo y civilizado país como la Gran Bretaña, estas instituciones han invalidado gradual y prácticamente las antiguas formas de gobierno ordinariamente feudales, formando en cambio la estabilidad y grandeza de una nación, que es hoy la mayor potencia de la Tierra. Deseo, pues, que usted prosiga viaje hasta su patria, y que tan pronto llegue a Londres se presente a la Cámara de los Comunes. Tome, lleve con usted estas muestras. Solicite ser oído desde la barra e informe que usted es diputado del Paraguay, la Primera Re pública del Sur, y presente a esa Cámara los productos de este rico, libre y próspero país. Dígales que yo le he autorizado para invitar a Inglaterra a cultivar relaciones políticas y comerciales conmigo, y que estoy listo y ansioso de recibir en mi capital a un ministro de la corte de Saint James, con la deferencia debida a las relaciones entre naciones civilizadas. Una vez que ese ministro llegue aquí con el reconocimiento formal de nuestra Independencia, yo nombraré un enviado mío ante aquella corte.
»Tales fueron los términos casi textuales con los que El Supremo me arengó. Quedé atónito ante la idea de ser nombrado ministro plenipotenciario, no ante la corte de Saint James, sino ante la Cáma ra de los Comunes. Se me recomendó especialmente no entrevistarme con el jefe del ejecutivo, "porque -adujo El Supremo- sé bien cuán inclinados son los grandes hombres de Inglaterra a tratar cuestiones tan importantes como ésta sólo cuando la Cámara de los Comunes las ha debatido y resuelto afirmativamente".
»Nunca en mi vida me enredé más en cuanto al modo de obrar o decir. Rehusar la quijotesca misión era provocar inmediatamente la ruina sobre mi desdichada cabeza y la de mi pobre hermano, si es que no las perdíamos antes bajo la cuchilla del verdugo. No quedaba más que aceptar. Así lo hice, a despecho de la asfixiante sensación de ridículo que me oprimía cuando me veía ya forzando la entrada en la barra de los comunes; dominando con media docena de changadores al comisario del Parlamento, y entregando, a despecho de oposiciones y resistencias, a la vez los petacones de cuero con mercaderías paraguayas y el discurso, verbatim , de El Supremo. Pero Asunción estaba muy lejos de Saint James. Por consiguiente, acepté el mandato, que no la propuesta, y me confié al azar de los accidentes en busca de una remota posibilidad de disculpa que me eximiera aceptablemente de culpa por no haber podido entrar con tan insigne honor y los petacones de cuero por la puerta que se me había indicado al otro lado del mar».
Vea, don Juan, le dije, vamos a hablar clarito. Estoy dispuesto a concederle el honor que me viene solicitando. Lo haré representante mercantil del Paraguay ante el gobierno de su imperio. Mi deseo es fomentar relaciones directas con Inglaterra, cosa que estimo de mutua conveniencia para ambos países; el suyo, la mayor potencia del mundo contemporáneo; el mío, la más próspera y ordenada República de estos nuevos mundos. ¿Le conviene a usted la canonjía? Se deshizo en alabanzas y agradecimientos. Mas, en ese mismo momento, como me ocurre siempre cuando enfrento a trápalas que me vienen con los papeles mojados, ya sabía yo que el obsecuente inglés no iba a cumplir nada de lo que él mismo se avanzó a prometer. Más aún; por el ruido de sus halagos supe que iba a engañarme. Pese a todo, no podía yo dejar de jugar esa carta. La misión Robertson era una manera de sondear, bajo bandera británica, la posibilidad de romper el bloqueo de la navegación forzando la arbitrariedad de los picaros y sucesivos gobiernos del Río de la Plata, ya por entonces rendidos al vasallaje de la corona británica bajo el manto de un pretendido «protectorado». Me pareció inclusive una buena ocurrencia intentar sacar cocos del fuego por manos del inglés. No se merecían otra cosa los muy truhanes.
Quiero don Juan, díjele, clavándole las uñas en sus coronarias, que usted logre el restablecimiento de la libertad de comercio y navegación, despojada al Paraguay por Buenos Aires contra todo derecho. Estoy en las mejores condiciones de hacerlo, Excelentísimo Señor, me aseguró el traficante. Soy muy amigo del Protector y comandante de la escuadra británica en el Río de la Plata. Apenas hable con él, los buques paraguayos entrarán y saldrán sin ninguna dificultad, protegidos por los navios de guerra del capitán Percy. Acordes, don Juan. Mi deseo es, sin embargo, que sus funciones no se limiten al ramo de comercio únicamente. Éste no será posible sin el previo reconocimiento por Gran Bretaña de la Independencia y soberanía del Paraguay. Para mí será un honor, respondió el mercader, gestionar este justo reconocimiento y estoy seguro de que para mi país también será un motivo de orgullo enlazar sus relaciones con una nación libre, independiente y soberana como lo es el Paraguay, al que todo el mundo llama ya con justicia el Paraíso del Mundo. Grandes palabras descosen los bolsillos, don Juan. No se alucine usted con humo de pajas, que el Paraguay no es la Utopía que usted dice, sino una realidad muy real. Sus procesos se dan en extensión ilimitada y pueden proveer todas las necesidades del Viejo Mundo. Según mis informes, la situación es ésta: La caída de Napoleón y la restauración de Fernando VII tienen trabucada la mente de los hombres de Buenos Aires. Alvear es ahora Director Supremo. Artigas ha vencido en Guayabos a los directoriales, que se han quedado sin dirección, a la deriva de los acontecimientos, luego de su expulsión de la Banda Oriental. Éste es el momento oportuno para que usted intente lo que le propongo. Armaré una flotilla de barcos cargados hasta el tope. Los pondré bajo su mando y usted no parará hasta la Casa Blanca, quiero decir hasta la Cá mara de los Comunes, a presentar esos productos, sus credenciales y mis demandas del reconocimiento de la independencia y soberanía de esta República. ¿Estamos acordes? ¡Genial idea Excelencia!
Días después Robertson salió para Buenos Aires en su barco La Inglesita. General euforia. Halagüeñas perspectivas. Una primera operación de sondeo, sugerida por José Tomás Isasi. También a él lo dejo partir con dos bergantines abarrotados de productos.
Los Apuntes vuelven a confundir las fechas. José Tomás Isasi no partió con Juan Robertson, sino diez años más tarde, en el grupo formado por Rengger y Longchamp y otros extranjeros cuya salida fue autorizada por El Supremo, en 1825.
El insólito hecho tuvo su origen en una solicitud de Woodbine Parish, cónsul británico en Buenos Aires. En ella solicitaba al gobernador paraguayo la libertad de los comerciantes ingleses para salir llevándose sus bienes. El tácito reconocimiento de la soberanía del Paraguay por parte de Gran Bretaña, implicado en la petición de su encargado de negocios en el Río de la Plata, produjo su efecto, declaran en su libro Rengger y Longchamp. El Dictador Perpetuo accedió a que se marcharan no sólo los comerciantes ingleses, sino también otros subditos europeos, comerciantes o no, elegidos por él. Les extendió el salvoconducto y permitió que aparejasen los buques con la sola condición de que fuesen tripulados por extranjeros o negros. Les prohibió, además, que llevasen otros efectos y mercaderías que los adquiridos por su propio dinero. Lo que fue rigurosamente fiscalizado y cumplido. José Tomás Isasi, naturalmente, no sólo fue eximido de este requisito, sino que disfrutó de las más amplias prerrogativas. «Pudo engañarme -diría más tarde su compadre- porque conspiraron a su favor dos circunstancias. Lo dejé partir para que nadie pensase que cedía a la necesidad o a la presión del inglés en favor de la libertad de sus compatriotas únicamente. Por otra parte, el felón de mi compadre, ¡maldita institución del compadrazgo!, utilizó además la tos de su hija como patente de traidor y de corso.» Isasi nunca regresó al Paraguay. Remató su deslealtad con la burla de remitir tiempo después algunos barriles de inservible pólvora, única e irrisoria devolución del cuantioso desfalco. El indignado ex amigo trató de obtener a cualquier precio su captura. Decretó la confiscación de todos sus bienes, y un joven dependiente de su casa de comercio en Asunción, de nombre Gregorio Zelaya, fue fusilado tras juicio sumarísi-mo, al año justo de la fuga, el 25 de abril de 1826. A cada aniversario, un nuevo rehén era ejecutado en una especie de ritual que castigaba al culpable «in-absentia» -según el inmemorial simbolismo de tales sacrificios- en las víctimas más inocentes. El poder y los esfuerzos de años y años del Dictador resultaron vanos. Los enemigos de Artigas, asilado en el Paraguay, ofrecieron entregar a Isasia cambio del ex Supremo de los orientales. Fue el único arbitrio que el Dictador Perpetuo rechazó con pareja indignación. Mandó fusilar sin proceso al portador de la oferta de trueque. Mas no por ello renunció a su obsesiva persecución del fugitivo, que desapareció como si lo hubiese tragado la tierra.
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