En el mismo sitio, donde está sentado Echevarría el 12 de octubre de 1811, presenciando la parada y comiéndose las uñas, hago sentar al tercer enviado porteño Nicolás de Herrera, dos años después. Un congreso de más de mil diputados ha establecido por aclamación el Consulado. Yo ocupo la silla de César; Fulgencio Yegros, la silla de Pompeyo. El primo, ex presidente de la ex Primera Junta Gubernativa, sitia ahora segundo a mis espaldas.
En Buenos Aires, a la caída del Triunvirato, un presunto Poder Supremo en Formación envía al gato malhumorado de Herrera. Ha llegado a Asunción en mayo. Mal mes para los porteños. Desde entonces aguarda a que se le reciba. Lo he mandado guardar en el depósito de la Aduana. Decoroso alojamiento, el galpón de las mercaderías suspectas de olor a contrabando. El gato emisario trae los dedos llenos de antojos, los ojos llenos de dedos. Se desahoga, entretanto, enviando a su gobierno notas confidenciales plagadas de antojadizas inconfidencias. 1
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Ahora está sentado en el mismo escaño que ocupó Echevarría. Formando con él la segunda persona de una sola traicionera no-persona. Antes, le he permitido asistir al Congreso a presentar sus pretensiones. Se le ha dicho que no y no y no a todo. Le he dicho que el Paraguay no necesita de tratados para defender su libertad y conservar la fraternidad con los otros Estados. Son leyes y sentimientos naturales de su constitución. Dos meses después se irá con las manos vacías. Sin unión, sin alianza, sin tratado, con sólo el par de zapatones nuevos y el poncho de sesenta listas que se le ha regalado a costa del erario para reponer su vestimenta y zapatos completamente arruinados en los vanos trajines. A duras penas ha conseguido salvarse del ataque de los ciudadanos por su petulante comportamiento en el congreso.
Está ahí, con fuerte custodia, presenciando enfurruñado, engurruñado, la parada que él supone he mandado dar en su honor y desagravio, sin darse cuenta de los verdaderos fines que ella persigue.
En plan de sumar individuos afines, pongo junto al porteño Herrera al brasileño Correia da Cámara, nuestro conocido enviado imperial. En los días de aquella época aún no lo conocíamos, pues vendrá al Paraguay sólo diez años y pico después. Mi diversión favorita es meter dos alacranes en una botella. No hay dos sin tres. Metamos pues a otro alacrán porteño en el frasco. El último, el Coso éste, al igual que el cascarrabias de Herrera y el tunante de Echevarría, es afecto a escribir cartas. El Coso García 1se queja contra mí a sus comitentes de Buenos Aires. Me adula al mismo tiempo con porteña desfachatez. No sé por qué todos estos bribones creen que van a poder arruinar al Paraguay con epistolarios. Allá ellos.
Aquí los pongo en la botella. Tres alacranes. Cuatro escorpiones. Los que sean. A voluntad. Entrelazan sus colas, sus pinzas. Secretan sus jugos venéficos. Agitar bien el frasco. Ponerlo al sereno, hasta que los bichos se serenen del todo. El veneno se vuelve entonces bebedizo benéfico. Tomarlo en ayunas, bien de madrugada. Dosis homeopáticas. Por tiempos seguidos. La continuidad-simultaneidad es lo que hay de mejor en la cura de las obstrucciones de todo tipo.
Nicolás de Herrera, Juan García Coso, Manuel Correia da Cámara, alacranes diplomados, me sirven de corrial. Me han querido usar. Yo los he usado a ellos.
Correia se muestra aún engurruñado y temeroso. Siempre anda de costado. Sólo muestra un ojo, una mejilla, una mano, una pierna, medio corazón, ninguna cabeza. Figura de cangrejo. No se sabe si camina hacia atrás o hacia adelante. Talones dobles. Sólo le han crecido las plumas del sombrero y pelos por todo el cuerpo. Sobre su capa de armiño, en pleno verano, se le ensancha en el lomo la negra mancha de sus intenciones con la forma del mapa del imperio, doblado también por el medio. Sólo se ve la mitad que crece hacia el oeste. Por ahora, media mancha de tinta en el rastro de las bandeiras. Después veremos.
A Cámara le obsesiona la posible interferencia porteña. Cosa que me conviene a mí. Sospecha que Coso impedirá a costa de intrigas mis negociaciones con el imperio. Teme, además, un atentado contra su vida por parte de los porteños y de los porteñistas de Asunción. Anoche, durante la cena, me ha referido lo que se ha tramado contra él. Acusa directamente al gobierno de Buenos Aires de querer hacerlo asesinar. Vea, Excelencia, la carta que el doctor Juan Francisco Seguí envió a Bonifacio Isaz Calderón, y que mis agentes han logrado interceptar: El Emperador ha destinado como agente suyo ante el gobierno paraguayo a un atolondrado que está en Montevideo próximo a partir rumbo a Asunción. Conviene que se le sorprenda en el tránsito y se lo traiga a Buenos Aires donde será bien recibido como se merece, o que sea asesinado en el mismo Campo, si posible fuese por algún Paysano que quiera aprovecharse de Seis Mil pesos. O si no, que se emplee una buena carga de arsénico en la sopa. ¿Es auténtica esta carta, Correia? ¡Certissimamente, Excelentísimo! ¿No es fabulada? ¡Nao é! ¡Es carta muy verdadera! ¡No se preocupe, mi sentenciado Correia! Usted está ahora comiendo conmigo tranquilamente, y yo le aseguro que esa sopa de carne pisada, que nosotros llamamos so'yo, es la más sana y nutritiva del mundo. Tómela sin cuidado. En el Paraguay usted está a cubierto de todo peligro. ¡Certissimamente, Excelencia! ¡Mais me he salvado so por un pelinho!
He resuelto, pues, juntar estos festejos en uno solo. Y ya que estamos de parrandas, arranquemos de la que se celebrara en Asunción, inaugurando estos desmanes fiesteros, antes aún de la Independencia. Retrocedamos un poco. Mi trato con cangrejos ha contagiado a mis apuntes de vicios tornatrases.
Lo malo de los festejos populares es que siempre huelen a circo, a trampa. Leoneras preparadas. El pobre pueblo acude queriendo divertirse, olvidar sus penurias, desahogar a gritos su humillada existencia. ¿Cómo? Con el espectáculo de los señores de campanillas en los tablados. Cualquier cosa sirve de pretexto. La más baladí. La caída de una uña encarnada en el dedo del pie de un monarca. La fecha del natalicio de una delfina menarca. La caída de un imperio. El surgimiento de otro en su reemplazo. El cumpleaños de un favorito. La firma de un tratado. Cualquier cosa. El pueblo acude a estas costosas y miserables quimeras. Lo engañan, lo enardecen al cohete con fuegos artificiales. Le roban horas de su trabajo. Dilapidan los dineros del Estado. Se diría que sólo atizando el fanatismo colectivo pueden esconderse las miserias que lo entrampan. Qué se va a hacer, qué se va a hacer. Es la costumbre más antigua, desde los romanos. Algún día volveremos a vivir austeramente en catacumbas como los primeros cristianos. Enjaulados los tigres, los emperadores, los cónsules, los señorones. Entretanto, dejar vivir al pueblo. Matar de a poco las malas costumbres.
Decididamente, lo peor de lo malo en cuanto a pretextos, las fechas. Ésta del 12 de octubre, Día de la Raza, una de ellas. En la tabla de los calendarios parecen inmortales. Rigen la ilusión de realidad. Menos mal que, por lo menos en el papel, el tiempo puede ser comprimido, ahorrado, anulado.
1804
El favorito de la reina, Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, ha aceptado el cargo honorario de Regidor Perpetuo de la ciudad. Asunción es la primera Capital en el reino de Indias que merece semejante distinción. El recibo simbólico del Príncipe de la Paz en el Ayuntamiento da lugar a los antedichos festejos. Los de más pompa que se recuerdan. Comienzan con un gran banquete de setenta y cuatro cubiertos ofrecidos por el odiado gobernador Lázaro de Ribera y Espinoza de los Monteros, 1en vajilla de plata. A lacabecera de la mesa, recostado contra un copón de oro, el valido Manuel Godoy; es decir, su retrato lleno de guirnaldas. Bajo inmenso sello de lacre la cédula real que lo ha consagrado Gran Ayuntador. Desde el retrato nos saluda con lentos ademanes, los dedos cuajados de sortijas. Luego del banquete, que dura seis horas, el Príncipe de la Paz es llevado en una carroza tirada por ocho caballos negros y ocho yeguas blancas, al son de la banda de músicos. Un cuerpo de miñones custodia la galera. Atrás marchan el gobernador y el obispo en otro galeón. A pie, las planas mayores de los regimientos, de los diarios, los titulares de los corregimientos, la aristocracia principal. Numerosísima banda de clérigos regulares e irregulares. ¡Qué dignidad la de aquellos tiempos!
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