Antonio Molina - Ardor guerrero
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Saltábamos los unos sobre los otros en las camaretas, lunáticos y trastornados como machos cabríos, y parecía que al empujarnos soltábamos chispas de pedernal y que un instinto incontrolado nos empujaba al mogollón, al amontonamiento soldadesco de codazos y patadas. Estallaban de pronto en remolinos feroces peleas de una rabia infantil, resonaban a todo lo largo de los dormitorios portazos y gritos, órdenes burlescas, patadas o redobles frenéticos en la chapa de las taquillas, literas de conejos volcadas, alaridos roncos de triunfo. Algunos mandos inferiores preferían entonces no hacerse visibles; a otros se les despertaba la mal contenida chulería: por el patio, bajo la lluvia fina y helada de las diez de la mañana, pasaba el Chusqui caminando en su desfile solitario y perpetuo, la gorra sobre los ojos, las botas con tachuelas y cordones de un dandismo facha, el mentón levantado, los brazos oscilando rítmicamente a los costados, un, dos, er, ao, la mano derecha entreabierta y rozando la pistolera negra, las piernas un poco arqueadas, la expresión leñosa; entonces, por una ventana abierta del Hogar del Soldado, o más arriba, desde la galería a la que daban nuestros dormitorios, salía una voz agresiva, sarcástica y triunfal, una voz de bisabuelo ronco y vengativo que enunciaba la misma maldición repetida cada tres meses, cada vez que le llegaba la licencia a un reemplazo:
– ¡Chusqui, aquí te vas a quedar!
Allí se iban a quedar todos, sepultados bajo un porvenir del que nosotros ya habríamos huido, allí se iban a quedar los conejos que nos miraban con caras de miedo, de envidia y de tristeza, los padres, los abuelos, los recién ascendidos bisabuelos, que en cuanto nosotros nos marcháramos heredarían el privilegio de hablar de sí mismos en tercera persona, los sargentos mulares, los bíceps legionarios y tatuados de Valdés y el bilioso patriotismo de Martelo, el páter con su sotana y su manteo de capellán castrense o su sonrisa moderna de cura de paisano, según, el teniente Castigo con sus botas y sus correajes impecables, su suavidad de ofidio y su pijerío venenoso de veintiún años, el brigada Peláez con sus carajillos furtivos y su nido secreto de amor conyugal en una torre de pisos de Martutene, el capitán y su indolencia de falso militar inglés, de capitán en una película inglesa de militares cultivados, el monolito con la lápida de homenaje a los Caídos por Dios y por España, el cuadro con el retrato y el testamento del difunto caudillo que amarilleaba en todas las dependencias, la bandera que era izada y bajada cada día con solemnidades de guardia de honor como la enseña de un fortín en territorio enemigo, el cieno y la niebla y la humedad del Urumea, las colinas verdes y el cielo liso y gris y los caseríos pardos de Guipúzcoa, los caminos rurales en los que se cruzaban carretas de bueyes y land-rovers de la Guardia Civil, la ciudad entera de San Sebastián, los abertzales y los policías, los terroristas y los matones del Batallón Vasco-Español, todos se iban a quedar allí, hincados y grapados a la tierra, como la bandera y el monolito, y uno, que ya se marchaba, aunque le seguía pareciendo imposible, agregaba siempre: «a mí me jodería», repitiendo también por última vez las fórmulas de germanía soldadesca a las que tan fácilmente se había acostumbrado y que muy pronto iba a olvidar, como esas personas que no recuerdan nada de un idioma que hablaron en la infancia.
No había ningún gesto que de repente no fuera el último, y todas las costumbres que parecieron tan sólidas se deshacían en nada ante la evidencia de la última vez: la última formación para el desayuno, la última taza de pochascao espeso y caliente, la última vez que retumbaba el comedor entero cuando nos poníamos de pie porque había sonado la corneta, el último cigarrillo encendido de camino hacia la oficina diminuta donde yo recogía el último ejemplar del Diario Vasco, la última vez que sacábamos Pepe Rifón y yo del armario metálico los libros pesados como losas de Entrada y Salida y preparábamos los documentos para la firma del capitán y el reparto en la valija diplomática, con sus grandes tapas de cartón desvaído y los departamentos y bolsillos donde guardábamos y clasificábamos los oficios, los vales del pan, las hojas de cocina, los pasaportes en papel rosa que esa misma mañana firmaría el coronel para cada uno de nosotros, los bisabuelos, los que nos marchábamos con permiso indefinido, porque oficialmente no estaríamos licenciados hasta un mes más tarde, con nuestra Blanca en el bolsillo como el santo grial de todas nuestras ambiciones castrenses y el salvoconducto definitivo de nuestra libertad y de nuestra vida futura: la Blanca era nuestra única divinidad y nuestro evangelio, nuestro catecismo, nuestro libro rojo, nuestro Corán, y cuando por fin la viéramos y la tocáramos sería como tocar la materia indudable de los sueños, el halcón maltes y el cofre de un tesoro, el ábrete sésamo que nos iba a abrir las puertas del cuartel y a devolvernos para siempre a la tierra firme y real del otro lado del río.
De un minuto a otro se nos disgregaba como arena la sólida eternidad militar, y todas las costumbres en las que se sostenía, que ya veíamos a la luz de la realidad exterior, se nos volvían insustanciales, irrisorias, absurdas, y nos desprendíamos de ellas con un sentimiento de ligereza física y de inestabilidad, casi de vértigo, como si la fuerza de la gravedad se atenuara bajo nuestros pasos, porque es posible que la fuerza de la gravedad sea más pesada en el ejército, de manera que ya no arrastrábamos militarmente los pies, y nos costaba no ir más a prisa que el tiempo, no actuar como si ya nos hubiéramos marchado del cuartel o no perteneciéramos a la jurisdicción militar, tan rápidamente se borraba y deshacía todo alrededor nuestro, con alegría nerviosa, con accesos de incertidumbre, como de haberse ido ya y sin embargo abrir los ojos y vestir todavía un uniforme: era preciso más que nunca no descuidar un saludo al cruzarse con ningún oficial, no mostrar ningún síntoma de entusiasmo ni desobediencia delante de los sargentos, actuar en la oficina exactamente igual que en los días normales, escribir a máquina o rellenar formularios con el mismo aire de ensimismamiento y mansedumbre, mirando hacia la ventana y el patio donde estaba lloviendo y había la misma luz rara, neblinosa y gris de los días en que llegamos por primera vez a San Sebastián, como si aún duraran, como si el paso del tiempo hubiera sido una ilusión urdida por nuestra necesidad desesperada de marcharnos.
Y había que hacer limpieza y revisar todos los papeles y los libros que uno había ido dejando en los cajones y en el armario de la oficina, guardar papeles y cartas o romperlos en trozos pequeños, o tirarlos sin más a la papelera, cartas y borradores y recortes de periódico convertidos de repente en testimonios de un pasado lejano, la mili, de la que sin embargo aún no nos habíamos ido, páginas fracasadas de relatos o libros que no llegaron a existir, que yo empecé, (sentado delante de la máquina, frente a la ventana y la lluvia, en algún sábado o domingo desierto, tan deshabitado, solitario y lluvioso como los que sólo volvería a conocer trece años más tarde, en Virginia), para abandonarlos enseguida, o para postergar el desánimo de su continuación, el maleficio sordo de lo no concluido.
Guardaba o tiraba cartas, revistas atrasadas, billetes de tren o de autobús, esas huellas menores de la vida diaria que se van segregando y se acumulan sin perderse alrededor de uno como los desperdicios en una madriguera. Pero yo prefería no quedarme con nada, o casi con nada, tiraba las cosas con una euforia de borrón y cuenta nueva y con un punto vago de melancolía que sólo ahora identifico plenamente, aunque no sé si lo recuerdo o sólo lo estoy transfiriendo de quien soy ahora a quien era entonces, porque es posible que entonces no me diera cuenta de lo irrevocable de las despedidas, igual las felices que las desgraciadas, de la secreta capitulación frente al tiempo que ocurre cada vez que uno se marcha de alguna parte, guarda o descarta libros, revistas y papeles, desaloja armarios, mira un segundo la habitación vacía a la que no volverá nunca.
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