Antonio Molina - Ardor guerrero
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– Pero a quién se le ocurre ponerse a saltar y a dar voces durante la ofrenda a los Caídos. Esto yo no me lo esperaba de vosotros.
Salió el brigada, irguiéndose, ensayando la expresión grave y enérgica que debía adoptar delante del capitán, y un momento después, como en esas comedias de puertas que se abren y se cierran, aparecieron Martelo y Valdés, y tras ellos vi que se asomaban con caras muy serias Pepe el Turuta, Chipirón y Agustín, que ya estaban vestidos de paisano y me hacían señales interrogativas en silencio.
– ¿Le puedo preguntar qué hemos hecho, mi sargento? -dijo Pepe Rifón, muy suavemente, pero sin el menor tono de docilidad.
– Lo primero que tienes que hacer es ponerte de pie y cuadrarte cuando entra en la oficina un superior.
Pepe obedeció despacio la orden de Valdés y se quedó a un paso de él, muy cerca, en la oficina tan pequeña, tranquilo y vestido de civil delante de la estatura del otro, con gafas y barba, con algo de somnolencia en su actitud. Comprendí entonces que una de las mayores diferencias entre él y yo era el modo en que nos afectaba a cada uno el miedo.
– A ver, tú -me dijo Martelo- ponte delante de la máquina. ¿No lleváis toda la mili escaqueándoos de los servicios de armas con el cuento de la mecanografía? Pues te vas a dar el gusto de escribir tu propio parte de ingreso en el maco. Un mes para cada uno, por listos. Venga, escribe, «remitiendo arrestados a calabozo…».
Empecé a escribir y los dedos me temblaban tanto que no podía encontrar las teclas de la máquina. Quería contenerme, pero los ojos se me estaban humedeciendo, ya veía tras una niebla escarchada los caracteres que iban surgiendo en el papel, y me daba rabia que los sargentos descubrieran mis lágrimas y encontraran en ellas un nuevo motivo de escarnio. Me encontraba en un estado de suspensión de la realidad, disociado de ella, de las cosas habituales que había a mi alrededor y que permanecían invariables a pesar del desastre que me ocurría a mí, impenetrables para mis desgracia, tan indiferentes y ajenas a mi presencia como si yo no existiera.
– Nosotros no hemos hecho nada, mi sargento -decía detrás de mí, en otro mundo, Pepe Rifón-. Pregúntele a Juan Rojo: él sabe que durante el desfile estábamos en la oficina.
– Buena recomendación, sí señor -se burlaba Valdés, sentado ahora en el sillón, con las botas encima de la mesa-. Un quinqui, un testigo de toda confianza.
– «… habiéndoseles sorprendido en actitud de falta grave de respeto durante la citada ceremonia…» -a Martelo se le notaba en la voz que estaba disfrutando, transparentaba en ella un matiz inusual de alegría.
Inclinado sobre la máquina de escribir me imaginaba a mí mismo esa noche, tendido sobre una de las colchonetas sucias del calabozo, sin poder dormir, escuchando tal vez, un rato después del toque de silencio, el silbido y el estrépito del expreso en el que estarían viajando hacia Madrid la mayor parte de los bisabuelos de la segunda compañía. Uno siempre piensa que las cosas peores sólo les suceden a otros, así que para mí era muy extraño imaginarme ahora tal como había visto cada tarde a los arrestados al calabozo cuando los sacaban durante media hora al patio, alucinados por la claridad, sin gorra, sin cinturón y arrastrando botas sin cordones, para evitarles la tentación de ahorcarse. Pero lo peor no era el calabozo, sino el hecho intolerable y simple de que no nos íbamos, de que se hubiera vuelto contra nosotros nuestra exclamación de bisabuelos y resultara ahora que allí nos íbamos a quedar, Pepe Rifón y yo, todavía otro mes entero, un pozo inhumano de tiempo, una insoportable eternidad por comparación con los minutos breves y rápidos que hasta un rato antes nos faltaban.
Terminé de escribir el oficio, Martelo lo arrancó de la máquina con su habitual delicadeza y lo leyó como no fiándose de que yo hubiera escrito exactamente lo que él me había dictado. En cuanto tuviera la firma del capitán el cabo de cuartel nos llevaría al calabozo. Pero antes de todo lo que teníamos que hacer era ir a la furrielería a recuperar nuestros uniformes de faena. Salimos de la oficina Pepe Rifón y yo y en la puerta nos estaban esperando nuestros amigos, ya vestidos todos de paisano, muy serios, afectando un aire de incredulidad, venga, hombre, no es posible, seguro que se arregla todo, con el enchufe que tenéis vosotros, dijo Pepe el Turuta, y Chipirón nos miraba con lástima y con un supersticioso recelo en sus ojos diminutos, como temiendo que nuestra mala suerte se le contagiara. «Hay que rajarlos», murmuró Juan Rojo con toda seriedad, «a esos dos sargentos hay que rajarlos en cuanto nos vayamos de aquí». Cruzábamos entre las camaretas hacia la furrielería y algunos veteranos paraban la juerga de la despedida para quedársenos mirando con esa curiosidad sin compasión que despierta el infortunio de otros, con un fondo de alivio por no haber sido ellos los castigados. Sólo a Agustín Robabolsos se le desbordó la pena y la solidaridad, y mientras movía la cabeza negándose a aceptar que no fuéramos a licenciarnos tenía los ojos húmedos y se limpiaba ruidosamente la nariz con el dorso de la mano:
– Si estos godos de mierda no les dejan irse a ustedes y los mandan al maco yo no cojo la Blanca, carajo, que se la metan en el culo, ustedes dos son mis amigos y yo no me voy de aquí sin ustedes, carajo.
Cuando entramos en ella para buscar nuestros uniformes, la furrielería, la furri, parecía más que nunca el almacén de un trapero: en aquel desorden sofocante de ropa usada y olores rancios de sudor nos sería imposible encontrar los uniformes que habíamos entregado un par de horas antes. El lugar oscuro y nuestra búsqueda tenían algo de escenas de un sueño, de uno de tantos sueños futuros en los que regresaríamos asustados e incrédulos al cuartel. No hablábamos, no teníamos ánimo ni para mirarnos, y que Pepe Rifón hubiera acabado por derrumbarse igual que yo era otra prueba de que no teníamos escapatoria.
Entonces apareció el brigada Peláez en la puerta de la furrielería y se vino hacia nosotros con los brazos abiertos, con su sonrisa sagaz de hombre influyente y su gorra de guarda de parques y jardines más torcida de lo que su autoridad hubiera requerido:
– Venga, dejad eso y poneos en cola para recoger la cartilla. Mi trabajo me ha costado, pero he convencido al capitán de que erais inocentes, ya sabéis vosotros lo pesado que me pongo cuando estoy convencido de llevar la razón.
Resultaba que el coronel, en el momento más solemne del homenaje a los Caídos, había visto desde el patio a dos soldados que bailaban y hacían gestos de burla echados sobre la barandilla de una galería; pero él o su ayudante se habían confundido, pues la barandilla no era la de nuestra compañía, la segunda, sino de la tercera, que estaba en el piso superior, inmediatamente encima de nosotros: a esos dos soldados con quienes los sargentos se apresuraron a identificarnos los había oído yo cantar y bailar mientras miraba el desfile.
No llegamos a enterarnos de qué modo se deshizo el malentendido: tampoco supimos, ni nos importaba, lo que fue de los dos soldados borrachos por culpa de los cuales habíamos estado a punto Pepe Rifón y yo de pasar un mes de calabozo. Cuando ya habíamos recogido la Blanca nos cruzamos con Martelo y no tuvo el valor de sostenernos la mirada.
Justo al salir por la puerta del cuartel corrimos como no habíamos corrido nunca, con una felicidad y una energía para las que nos faltaban aire y espacio. Cruzamos corriendo el puente sobre el Urumea y ni siquiera nos detuvimos para lanzar ritualmente al agua los candados y las llaves de las taquillas, los recuerdos últimos del petate que ya nunca más cargaríamos a nuestra espalda. Al caer al agua lenta y cenagosa los candados de todos los bisabuelos provocaban en ella como un sobresalto de disparos. Llegamos al otro lado del puente pero ni siquiera entonces nos detuvimos, y ninguno de nosotros volvió la cabeza para mirar los árboles y la espesura de la orilla y los torreones de ladrillo rojizo del cuartel. Seguimos corriendo, mis amigos y yo, cruzamos a una velocidad de vendaval la autopista, sólo nos paramos cuando ya estábamos tan lejos que no se veía el cuartel ni podían escucharse los toques de corneta. Nos miramos entonces jadeando y exhaustos, como si volviéramos a vernos después de una catástrofe a la que para nuestro asombro habíamos sobrevivido.
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