– Si esta conversación entre nosotros dos hubiera trascendido -dijo Cabeza Gorda-, no me habrían enviado sólo a pastar búfalos, seguramente ya no tendría la cabeza sobre los hombros.
Luego le dijo que si encontraba un trabajo de profesor en los Estados Unidos, seguramente no volvería.
Aquella noche, catorce años antes, cuando Cabeza Gorda se fue, abrió de par en par la puerta de su habitación para airearla. Luego la cerró, calmó su excitación y su temor tumbado sobre la cama, mirando fijamente el agujero del techo. Era como si se hubiera sentado sobre un hormiguero; la pesada oscuridad parecía animada por un hormigueo constante. Cuando pensaba que el falso techo podía caerle encima en cualquier momento, junto con todos sus insectos, se le ponía la carne de gallina.
Volvió el invierno. Ya había cerrado la tapa de la estufa de carbón. Estaba tumbado sobre la cama; sólo tenía encendida la luz de la mesita de noche. La pantalla metálica, colocada sobre la bombilla, dirigía los rayos hacia abajo e iluminaba la manta a cuadros. Con el cuerpo en la oscuridad, observaba el redondel de luz. Parecía un inmenso tablero con los bordes difuminados; la victoria o la derrota no dependía de las figuras, sino del que las movía en la sombra, el jugador. Una figura de ajedrez a la que le gustaría tener voluntad propia y no desea que la coman de forma estúpida debe de estar completamente loca. Tú no mereces ser un peón insignificante, eres una simple hormiga que puede ser aplastada por los pasos de los viandantes. Sin embargo, no puedes abandonar el hormiguero, vives el presente entre las hormigas. «Miseria de la filosofía» o filosofía de la miseria, de Marx a estos sabios revolucionarios, ¿quién habría podido imaginar la catástrofe y la miseria espiritual que engendraría esta revolución?
Oyó unos golpes en la ventana; al principio pensó que era el viento, la ventana estaba cerrada herméticamente con papel encolado y había echado las cortinas. Dos ligeros golpes sonaron de nuevo.
– ¿Quién es? -preguntó, sentándose sobre la cama; pero nada se movió. Entonces salió de debajo de las mantas y fue hasta la ventana descalzo.
– Soy yo -dijo dulcemente una voz femenina.
No conseguía adivinar quién era. Corrió el pestillo de la puerta y la entreabrió un poco. Xiaoxiao la empujó y entró, acompañada de una corriente de aire helado. Se quedó estupefacto al ver a aquella estudiante llegar así a medianoche. Como estaba en calzoncillos, corrió a refugiarse bajo las mantas y dejó que la joven cerrara la puerta. Pero ésta se abrió de nuevo empujada por el fuerte viento. Xiaoxiao tuvo que apoyarse contra ella para volverla a cerrar.
– Echa el pestillo -dijo sin reflexionar. La joven dudó un instante; luego lo echó delicadamente. Él tuvo una corazonada. La muchacha se quitó la bufanda, que le envolvía la cabeza, y dejó aparecer su dulce rostro níveo. Con la cabeza mirando al suelo, parecía jadear.
– ¿Qué te pasa, Xiaoxiao? -preguntó, sentándose en la cama.
– Nada -contestó, levantando la cabeza; todavía estaba de pie al lado de la puerta.
– Debes de estar helada. Abre la tapa de la estufa.
La joven se quitó los guantes de lana, lanzó un suspiro, luego tomó el gancho que estaba cerca de la estufa y abrió la puerta y la tapa con total naturalidad, dejando al descubierto el carbón incandescente. Estaba claro que a esa débil muchacha no la debían de mimar demasiado en casa y que estaba acostumbrada a realizar ese tipo de tareas.
Xiaoxiao había venido a participar en el movimiento de su institución con un grupo de estudiantes de secundaria que se dividió rápidamente en dos facciones; ella y otras amigas se decantaban por su tendencia, pero sus compañeras se mostraron entusiasmadas sólo durante unos días y después desaparecieron como por arte de magia. Sólo Xiaoxiao iba con mucha frecuencia al cuartel general. No entraba en las polémicas con el mismo entusiasmo que las demás chicas, se mantenía siempre tranquila, al margen del grupo, recorriendo los diarios o ayudando a copiar los dazibaos. Manejaba bastante bien el pincel y era paciente. Una tarde había que redactar sobre la marcha unos dazibaos para contrarrestar a los que acababan de hacer los adversarios, y cuando terminaron de pegarlos, ya eran más de las nueve de la noche. Xiaoxiao dijo que vivía cerca de la torre del Tambor. Como le iba de camino, él le propuso llevarla sobre el portaequipajes de su bicicleta. Primero pasaron por su casa y la invitó a comer algo antes de continuar. Xiaoxiao accedió de buena gana y ella misma se puso a cocer unos tallarines. Después de cenar la acompañó hasta la entrada de una callejuela. Xiaoxiao le dijo que la dejara allí y, tras saltar del vehículo, desapareció en la oscuridad.
– ¿Has comido algo? -le preguntó él.
Asintió con la cabeza y se frotó las manos. Su cara iluminada por la estufa tomó algo de color. Hacía tiempo que no la había visto y esperaba una explicación por la inesperada visita. Ella se quedó sentada en silencio al lado de la estufa, calentándose el rostro con las manos, lo que la hacía todavía más encantadora.
– ¿Qué ha sido de ti durante todos estos días? -acabó preguntando desde la cama.
– Nada. -La joven continuaba mirando la estufa, con las manos apoyadas en las mejillas.
El esperaba que ella continuara, pero la muchacha se quedaba callada.
– ¿Qué estáis haciendo en vuestra escuela últimamente? -preguntó.
– Todos los cristales de la escuela están rotos, hace un frío insoportable, nadie va por allí, nos hemos dispersado todos sin saber muy bien qué hacer.
– Bueno, está muy bien, ¿no? Puedes quedarte en tu casa sin tener que ir a clase.
Ella permaneció en silencio. Él fue a incorporarse para tomar el pantalón que estaba sobre la estantería al pie de la cama.
– Quédate tumbado. No hace falta que te levantes. Sólo he venido a charlar un poco.
Xiaoxiao se había vuelto y lo miraba fijamente.
– Entonces hazte un poco de té -propuso.
La muchacha continuó inmóvil. El creyó saber por qué había venido al ver en su mirada un brillo especial.
– Tengo demasiado calor, ¿me quito el abrigo? -preguntó como si se hiciera la pregunta a sí misma.
– Quítatelo, si tienes demasiado calor -dijo él.
Ella se levantó y se quitó el abrigo acolchado; debajo llevaba un jersey de lana roja ajustado que le apretaba el busto. Al descubrir sus senos, se sintió un poco incómodo.
– ¡Me voy a levantar!
– ¡No vale la pena, de verdad! -exclamó ella.
– Es tarde, y si los vecinos te han visto entrar… -dijo con escrúpulos.
– El patio estaba totalmente oscuro, en ninguna ventana había luz, excepto en la tuya; nadie me ha visto entrar.
De pronto, la voz de Xiaoxiao era susurrante. En un instante, aquella chica que apenas conocía le hablaba en un tono de intimidad sorprendente.
Él bajó la cabeza en señal de asentimiento. Xiaoxiao se acercó a la cama, hasta que las piernas rozaron el borde. Su corazón empezó a latir violentamente, él escuchaba los latidos. Xiaoxiao se levantó el jersey, su camiseta roja cereza desteñida, y dejó al descubierto su fina cintura y la base de sus senos. Instintivamente, él levantó la mano; ella la sujetó; él no comprendía si quería atraerla o impedir que la acariciara, pero cuando levantó la cabeza no consiguió captar su mirada. Su fina piel lucía bajo la luz de la lámpara, y bajo un seno, apoyado contra la mano, nacía una delicada cicatriz roja. Los pequeños dedos ágiles de la joven mantenían su mano apretada. No tuvo tiempo de preguntarle de qué era la cicatriz mientras paseaba la mano bajo la camiseta de la muchacha. Agarró aquel seno, mayor de lo que parecía, más bien tierno. Xiaoxiao gimió dulcemente. Antes de que tuviera tiempo de distinguir lo que decía, mientras la abrazaba, ella se dejó caer sobre la cama.
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