Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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En la sala hay una foto donde están las tres, sentadas en la terraza de delante con la abuela, que se puso de perfil para subrayar su perfil griego. Tía Nines sobresale un poco entre sus dos hermanas, es algo más alta -es una foto antigua-, peinada de otro modo, vestida de otro modo, más severamente, como si fuera la mayor, siendo sin embargo la más pequeña de las tres.

¡Cómo corría Indalecio por la playa! Encantó a todo el mundo aquel verano. También a nosotras dos, que íbamos corriendo nada más verle de lejos bajar cada mañana a la playa, con el pretexto de preguntarle qué hora era, sólo por oírle decir: «¿Os vais ya a casa?» Era emocionante contestar casi a coro: «Todavía no porque aún es pronto, solemos irnos a las tres.» E Indalecio nos llevaba de la mano, una a cada lado, colgando, rozando la arena sólo con un pie, cosa que le servía de pretexto para acercarse a nuestro toldo y llevarse a tía Nines de paseo, playa abajo, hasta el morro donde acaba el arenal y son las rocas grandes. Volvían despacísimo después, los dos mirando fijamente al suelo, los dos los pasos dándolos a un tiempo. Era emocionante verles irse y dejar de verles y volver a verles, retrasándose a ojos vistas hasta las tres pasadas.

Indalecio era un buen chico, era invencible: sólo el mar pudo con él. El mar traiciona siempre, no hay mar fácil. Indalecio se ahogó por no tenerlo en cuenta, por dejarse contagiar de las ocurrencias que saca el mar a relucir y que no parecen ocurrencias del mar sino del hombre. Cuanto más inflamado y verdoso, cuanto más locuaz parece, más mudo se vuelve y más mortal una vez dentro. Indalecio conocía el mar muy bien y de nada le valió. Tenía un balandro blanco con el foque rojo vivo para que, por lejos que se fuese, regateando, se le pudiese distinguir a simple vista de todos los demás desde el mirador de nuestra casa: dando largas cambiadas para aprovechar mejor el viento, el firmamento, la regata, la luz azul de la alta mar y del verano, la aventura. Pero Indalecio era menor que el mar, se ahogó por eso. A pesar del encanto que tenía, su seriedad sin pretensiones. A pesar de sus brazos largos y sus manos grandes, sus muñecas cuadradas de remar. A pesar de su reloj de esfera negra, inoxidable y resistente al agua, que se ahogó con él pero que, a diferencia de Indalecio, no volvió a la superficie. Bajo el cristal empañado, las agujas recorren las horas en el fondo, resistiendo al agua todavía. Dio la casualidad de que tía Nines no estaba en casa cuando el accidente. La informó mi madre por teléfono. Una noticia así es casi imposible darla bien. Mi madre la dio con sequedad. Debió de ser para tía Nines más terrible que lo más terrible, como se vio después en la dejadez y la desgana de vivir que se le pegó al paladar como una lapa hasta matarla.

Aquel invierno fue más invierno que ningún invierno. Nadie recordaba otro peor, ni en San Román ni en los otros pueblos pesqueros de esa parte de la costa. Al colegio se dejó de ir el cuatro de diciembre por la tarde, un lunes, porque mi madre dijo que mejor que en casa en ningún sitio. Que fuera imposible ir al colegio era una imposibilidad maravillosa: con tía Lucía instalada ya en su torreón, con el temporal aquel que no amainaba, con el mar desbravando, a la marea alta, la energía sobrante del oleaje en la dársena y contra el puentecito que une nuestra parte de la costa, que viene a ser como una isla; figura como península en los mapas -aunque en los mapas no se llama La Maraña -, pero en realidad es una isla, con un istmo de menos de dos kilómetros de ancho, un arenal de arenas rebarridas por el oleaje y el nordeste, sujetas por un roquedo semioculto y los escobajos y las malas hierbas de las dunas. Figurar como península en los mapas era desagradable, aunque infinitamente superior a vivir como las otras niñas, tierra adentro. En la isla, pues, en La Maraña, sólo vivíamos nosotras, en dos casas: la nuestra -la más próxima al puente, un chalet de dos pisos rodeado de un jardín pequeño y un seto de aligustres agujereados, que eran, de pequeñas, puertas secretas para salir y entrar- y la gran casa, frente a nosotros, de tía Lucía, muchísimo mayor que la nuestra, con un torreón adosado a la casa y todo un parque rodeado por un muro de albañilería y un obelisco justo en medio. Desde el puente de nuestra casa sólo se veía un lado del tejado de pizarra. El torreón, en cambio, y las buhardillas del caserón de tía Lucía campeaban en lo más alto de la isla frente al canoso cielo del invierno como un faro sin luz que despuntaba sombrío sobre el mar, inútil y amenazador, como la torre del homenaje de un castillo. Cada año, al amanecer el día de Año Nuevo, encendía tía Lucía en un bidón de chapapote una fogata en lo alto del torreón, que iluminaba todo el fosco cielo dubitativo con sus incomprensibles caprichosas llamaradas incisivas. Tía Lucía era un acontecimiento por sí sola. Era imposible escucharla y no discutir después en el dormitorio Violeta y yo lo que decía y lo que hacía. Su llegada anual, a principios de octubre, era una festividad regocijante que recorría de punta a punta, como un fuerte vendaval, el otoño entero y el invierno entero hasta mediados de abril o hasta finales. «¡No me cogerá la primavera aquí, es que ni muerta!», solía decir tía Lucía. Y era verdad, porque tan pronto como empezaba el aire ya a notarse remolón y el sol tardaba en irse y empezábamos a quitarnos los jerséis, le entraba el hormigueo a tía Lucía y se iba a Islandia, a Reykjavik, donde tenía, en las afueras, Tom Bilffinger un chalet construido sólo con troncos embreados y maderas, como construyen en Islandia, por el frío. Tom era esencial para el glamour de tía Lucía: un pretendiente alto alemán de tía Lucía, de familia rica, noble y protestante, con quien tía Lucía jamás quiso casarse, ni él tampoco se casó con otra, con la esperanza tal vez de que amainase de vieja la férrea voluntad de tía Lucía y poderse casar por lo civil al menos.

De pequeñas nos chocaba que tía Lucía no viviese todo el año en su casa del torreón, cara al mar, con sus grandes árboles y los paseos de grava del parque entero, diseñado a imitación de los jardines románticos ingleses por el propio Tom Bilffinger, según creo.

– ¿Por qué no se queda tía Lucía todo el verano, con lo bonito que es aquí el verano? -le preguntábamos Violeta o yo a mi madre cada vez que tía Lucía se iba.

– Porque tía Lucía es una presumida y no quiere que el cutis se le estropee ni una pizca. En el norte, por lo visto, con la humedad y con las nieblas, el cutis se le esponja, eternamente joven, ya la veis.

– Pues si es presumida es que es estúpida -declaró Violeta en cierta ocasión-. Lo ha dicho la madre María Engracia, que todas las presumidas son estúpidas y que además acaban siempre peor que mal. Ésa es la experiencia que ella tiene, y ya es mayor.

– ¡Qué sabrá esa monja! -contestó mi madre-. Si lo de estúpida lo dijo en concreto por tu tía, se equivoca. Y si lo dijo en general por las mujeres, no sé ni en qué concepto ya tenerla.

– Pues debió de ser por tía Lucía -contestó Violeta-, porque cuando lo dijo me miraba fijamente a mí.

– ¡Eso es por lo de siempre! -exclamó mi madre-. Por la rabia que se nos tiene en San Román, a la familia nuestra y a nosotras, las monjas y los curas más que nadie. Porque no vamos a misa. Y la fama de ateo de tu abuelo… Nosotros somos águilas, de siempre, y las monjas son aves de corral. Por eso rezan para todo, hasta a San Antonio cuando se les pierden las horquillas. Porque son incapaces de valerse, como nosotras, por sí solas. Nos envidian porque no son nadie. Mientras que nosotros, sólo con ser, ya relucimos como arcángeles, como relucía Luzbel, ¿no os enseñan eso en religión?

Las dos reconocimos que eso sí nos lo enseñaban en religión y en la capilla, lo de Luzbel, que perdió el amor de Dios por su soberbia. El arcángel más bello que existía. Y sólo con mirarlas a las dos, a tía Lucía y a mi madre, se comprendía de sobra lo que pensó Luzbel y lo que Dios pensó al arrojarle a los infiernos: que resplandecía demasiado, como resplandecían ellas y por extensión también nosotras dos y nuestro hermano pequeño, Fernandito, y toda entera la isla de La Maraña, donde transcurrió nuestra niñez y nuestra juventud.

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