Tres chicos se masturban en una gran pantalla, instalada en el bareto, un semisótano rectangular donde ha recalado Durán. Son tres chicos cuyos cuerpos aumentados en la proyección pueden encontrarse en cualquier esquina de Chueca: Juanjo es así, Durán es así: vientres lisos, pollas grandes que se bambolean tiernamente. Los chicos se besan, se acarician el vientre, uno de ellos guiña con frecuencia un ojo al espectador. ¿Se correrán ante la cámara? ¿O no se correrán ante la cámara? Ante la pantalla, pegadas a la pared, unas bancadas para personas mayores. Algo del hogar del jubilado se cuela, pasadas las nueve de la noche, en estos bares del orgullo gay. El orgullo de estos tres chicos son sus pollas, sus muslos bien torneados, sus rodillas huesudas, lo bien que se soban entre sí. Los hombres mayores que contemplamos esta premiosa masturbatada estamos contentos con el calor de nuestras propias pollas, que se inflaman más que de costumbre en el seno de nuestros calzoncillos de algodón. Por supuesto, Durán da la espalda a esa escena. Ha pedido un repugnante Red Bull que sorbe en el bote. No le está despejando este bar. Es el único chico joven del bar. Terminará su bebida y se irá. Hay sitios más brillantes, Durán los conoce todos. En esto, se encarama junto a él un tipo que, ¡joder, es exacto a Allende! Tiene quizá algo más de barriga, que le monta sobre el cinturón y que le abulta tras la camisa blanca.
– ¡Qué! ¿No te interesa la peli porno?
– No mucho, no.
– Te comprendo. Tú no necesitas verlo. Tú lo haces.
Durán le mira con cara de mala leche: este tipejo tan parecido a Allende ¿quiere ligarle, o qué?
– Bueno, me llamo Tomás. ¿Vienes mucho por aquí? ¡Bah, qué pregunta más tonta! Es que… sabes… Yo por aquí suelo venir festivos. Yo, pues bueno, mi generación, no teníamos estos sitios. Una peli como ésta era un lujo. Cuando el destape hubo de todo en los quioscos. Compré de tapadillo algunas cosas. De chicos con chicos, ya me entiendes. Ahora, que al quiosquero de mi barrio no es que fuese, no. Iba a la Gran Vía, iba a un quiosco con un quiosquero que tenía una mano articulada, un hombre seco con cara como de enfermo un poco. Del hígado, diría yo, además de lo de la mano, el pobre. ¿Qué estás tomando? ¡Chico, ponme un gin tónic a mí, y al joven lo que esté tomando!…
– ¿Pero tú qué quieres, tío, a ver, qué te pasa? -Durán está irritado ahora y confuso. ¿Por qué se ha metido en este bar, que conoce pero que en realidad no ha frecuentado apenas? Tiene que reconocer Durán que el Tomás dichoso está más en su sitio que él mismo.
– Te veo muy crispado, muy estresado, así te veo. No es normal. Bueno, antiguamente, cuando yo tenía tu edad, que no había estos sitios, eso te lo digo de antemano, pues los pocos que íbamos a algunos sitios, íbamos así como tú ahora, como con miedo. Te venían los maderos, las inspecciones, la brigada antivicio. Se hacían redadas, bueno, tú no sabes.
– ¿A qué me cuentas esto? ¿Te he preguntado algo yo a ti?
– Es que tú no eres de aquí. Te he notado por el acento, como malagueño, ¿no? Yo tampoco soy de aquí, pero afincado aquí, eso sí. Soy leonés, de Astorga. Soy jefe de taller de la Peugeot. Bueno, no me importa decírtelo, porque ya no hay anonimato como antes. Antes, a los pocos sitios de éstos que ya había, se venía en plan impersonal, o sea, quién eras, quién no eras nunca se decía, o dónde trabajabas, eso menos. Porque un tío se te atravesaba, un mismo camarero, un encargao, y el jodio te podía denunciar. Como había inspecciones… Y bueno, ni cuartos oscuros, de eso nada, veníamos, se tomaban copas, eso sí, veníamos bien vestidos, y, bueno, de pelis nada.
– ¿Por qué me cuentas esto, tío? Es que eres increíble.
– Perdona si te he molestado, yo no soy ningún bujarra, o sea. Un respeto. La costumbre en el bareto este, y también en otros de esta zona, es pegar la hebra si se tercia, o sea, en buen plan. En fin, tú me gustas, para qué nos vamos a engañar. Pero lo primero el respeto, eso lo primero.
Y además una cosa te digo: se puede decir todo con buena educación.
– Vale, tío, perdona.
– No, nada. No hay nada que perdonar. ¡Faltaría más!
El último tramo de la conversación, el «perdona», el «vale, tío», y también la obvia cordialidad de este Tomás han ablandado a Ramón Durán, que no es en ningún caso un duro. Además, este viaje conversacional de ida y vuelta entre el ayer y el hoy de los gays madrileños ha divertido a Durán, que ha sonreído. Tomás ha percibido esta sonrisa. Y hay otro asunto que tiene que ver con el parecido que Tomás tiene con Paco Allende. Esto es notable. Una vez superado el mal humor inicial de chico cachas asediado por un bujarrón de la Peugeot, la cosa tiene su pequeña gracia gay, chuequera, costumbrista. El parecido con Allende, a su vez, se engancha a otra memoria de ocho años atrás, que de pronto el jefe de taller de la Peugeot, sin saberlo, ha evocado: Tomás ha dado por supuesto que Durán es un chico malagueño, de provincias, gay, recién llegado a los madriles, a quien hay que ilustrar acerca de las costumbres del gueto. Tomás le ha rejuvenecido sin querer. A Durán le ha divertido no tener el presente que tiene, sino sólo un ligero pasado, determinado por su aspecto físico y su acento malagueño muy ligero. Así que una parte del enfurruñamiento final es impostado. Tomás le hace gracia. Y sucede que Tomás, acostumbrado a tratar con los clientes que acuden -con ínfulas muchas veces- a las revisiones de los veinte mil y los cuarenta mil, ha llegado a tener bastante más pupila de la que parece. Conoce Tomás el alma humana. Más aún: el haber sido un gay antifranquista, un resistente interior, y seguir siendo gay ahora, sin pareja fija, y por lo tanto acostumbrado a entretener a los chicos, también a pagarles copas y otras cosas, le ha vuelto perspicaz: en esto y no sólo en el físico, también coincide con Allende. Y ahora ha percibido Tomás que Durán se ha dulcificado y le propone algo que deseaba proponerle desde un principio:
– ¿Por qué no vamos a otro sitio? Te convido a cenar, vaya. ¿Qué me dices a eso?
– Vale, gracias, acepto.
– Estupendo. Vamos a cenar al Espejo, a Recoletos. ¿Qué te parece?
Tomás paga las copas y salen los dos. Durán piensa tiernamente en Allende, y sin saberlo se ajusta a la imagen del poema de Char: Por las calles de la ciudad va mi amor, cualquiera puede hablarle.
Cenan y coquetean. Tomás está en la gloria, y Durán se deja querer, entretener, arrastrar por el entusiasmo gay-paleto del jefe de taller. Lo gay-paleto es una categoría muy de ahora. Lo mismo que el encanto de aquellas rosas de Pemán (que siendo tan hermosas / no conocen que lo son), el encanto del gay-paleto es que no sabe que lo es. No se siente paleto, sino -muy al contrario- sumamente internacional, a newyorker casi, antifranquista aún, criptogay y -según la edad- tanto más cripto cuanto más viejo, enterado y sabio. Es un enterado en la Peugeot y es un enterado en Chueca y es sobre todo una persona afable, que esta noche ha lanzado, como tantas otras noches, su caña de pescar y ha cazado esta vez un pececillo hermoso, que golosea con los ojos y no se atreve ni a tocar. Esto también lo sabe Ramón Durán, pero sobre todo Ramón Durán siente esta tarde un intenso, estético, shock of recognition . ¡El parecido con Allende es tan extremo! ¿No se siente Durán algo culpable esta tarde? Veamos: la tarde anterior, en casa de Emilia, se sintió Durán sinceramente arrastrado por la elocuencia y el desprendimiento de Allende: no dudó Durán, ni por un instante, de que Allende decía la verdad cuando decía que le amaba y que le deseaba (en esto, aparte del contagio del fervor de Allende, hubo un componente narcisista simple: Durán está acostumbrado a creer que los hombres le desean y le aman), no dudó, por lo tanto, Durán tampoco de que su salida a última hora de la tarde tenía un componente comparativamente frívolo. Era una cierta inconsecuencia respecto de sus sentimientos anteriores. Por otra parte, la retórica de Allende y su insistencia en el bene agere ac laetari innegablemente le cansa y le aturde. Casi le aturde más que le cansa. No siempre está Durán en condiciones de alzarse a lo que, en su humilde opinión, son estratosféricas elevaciones morales: lo entiende, más o menos, pero le aturde. Cuando se ofreció a Allende, allá en Marbella, y cuando aquí en Madrid, repetidamente, implícita o explícitamente, se ha ofrecido de nuevo, Durán estaba siendo sincero: ofreciendo lo que tiene más a mano y lo que él mismo más valora de sí mismo, y estando de hecho dispuesto a entregarlo si Allende se lo pidiera, Durán, en su fuero interno, no puede no creer que ha cumplido su parte del pacto de caballeros establecido entre él y Allende. ¿Cree Durán que Allende le ha rechazado? ¿Puede acaso haberse sentido Durán herido ante ese rechazo de Allende, no obstante haber sido bienintencionado y saber Durán que es bienintencionado? ¿Es Durán en el fondo un chico tonto, incapaz de entender que el control de las propias, emociones es parte integrante del verdadero amor y de las grandes emociones? Por mucho que Durán perciba que Allende y Emilia son bienintencionados, le resulta difícil no sentir sus charlas evaluativas como un sermoneo paternal o maternal, un sermoneo aguafiestas, cosa que nunca hizo Chipri, ni, por supuesto, el padre que Durán no tuvo.
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