– Puedo ir a vivir contigo, si quieres. -Al oír esto, Allende tiene la impresión de que Durán ha deslizado una punta de ironía en la entonación de su frase. Como si sospechara que Allende está deseando que Durán se vaya con él.
– Eso no sería una buena idea. En mi opinión deberías pasar un tiempo solo. Más adelante ya se verá. Pero ahora mismo, teniendo como tienes medios económicos, es casi ridículo que pienses con quién vas a vivir. No vas a vivir con nadie.
– O sea, que no quieres vivir conmigo. ¿Te parece bonito? -Durán se echa a reír al decir esto. La risa de Durán es contagiosa y los dos se ríen.
– ¡Cómo no voy a querer vivir contigo, chaval! ¡Cualquiera se daría con un canto en los dientes por vivir contigo! Lo que digo es que no creo que te convenga. No debes depender de nadie ahora.
– Eso es verdad -reconoce Durán. Ese breve momento risueño, sin embargo, aún permanece entre los dos: el humor ha cambiado por completo la escena. Los dos están más relajados ahora.
– Hace mucho tiempo -dice Durán con un tono de voz más coloquial, menos tenso que antes- que dejé los libros. No he vuelto a coger un libro desde selectividad. He perdido las ganas de estudiar y la costumbre.
Éste es un terreno que Allende, en cierta manera, conoce. Ha recorrido estos asuntos muchísimas veces con alumnos suyos, con padres de alumnos repetidores. Contesta lo primero que se le viene a la cabeza, algo que es muy sensato:
– Ya supongo que has perdido la costumbre de estudiar. A eso me refería antes. A que tienes que volver a imaginarte a ti mismo, con ocho o diez años más, empezando a estudiar, a tomar apuntes, comprar los libros de texto, leerlos, intercambiar apuntes con tus compañeros y compañeras, estar con gente de tu edad que quiere sacar una carrera y que no son chicos guapos que sirven copas en bares de ligue. De eso es de lo que tienes que librarte, de momento.
– Y a ti qué más te da. ¡Qué coño te importa lo que haga yo!
– Hombre, Ramón, me llamaste por teléfono y he venido a Marbella a estar contigo estos días. Me caes bien, me gustas mucho.
– ¿Te gusto físicamente?
– Eso también, pero no estoy hablando de eso ahora. Me gustaría verte haciendo algo que te beneficiase, que te sacase de esa existencia cutre que llevas ahora.
– Así que llevo una existencia cutre…
– Esa es la impresión que me da lo que tú cuentas. Ese trío que hacéis los tres en casa de Salazar. Cuando me lo contabas, no sabía qué sentir, si aburrimiento o un ligero asco dulzón: contado, supongo que haciéndolo es distinto, pero contado resulta cutre. Suena, además, aviejado. Es placer de viejos verdes, un poco.
– Tienes razón. Pero a mí me gusta en parte eso también. A mí me gusta Juanjo, me gusta follar con él. Yo estuve enamorado de Juanjo una vez, no lo olvides, y aún lo estoy.
– No lo creo.
– ¿Por qué no lo crees?
– No creo que estés enamorado. Es posible que estés apegado a Juanjo todavía. Pero no le quieres.
– Me gusta tocarle el culo, me gusta mucho su culo. Me gusta que me la meta. Tengo la culpa de la muerte de mi madre. Fue culpa mía.
Al yuxtaponer violentamente la expresión de sus deseos y su remordimiento (de cuya sinceridad duda aún Allende), Durán se revuelve inquieto en su silla. Se levanta, da una vuelta por la cocina. Allende le contempla fascinado. ¡Es un chaval tan joven, tan fuerte! Con el torso desnudo, el pantalón un poco caído, es la imagen absoluta, el estereotipo, de los deseos homoeróticos de Paco Allende. Ha amado esto mismo toda su vida. Recuerda: «Bien sé yo que esta imagen / fija siempre en la mente, no eres tú / sino sombra del amor que en mí existe.» Las líneas de Cernuda suenan aptas al cruzar la conciencia de Allende, como una invitación dulce, razonable, al alcance de la mano, para ser dichoso. Y, a la vez, la contraimagen correspondiente: Cernuda no evoca en su texto ningún cuerpo en particular y mucho menos una persona real: evoca una imagen que no eres tú , no es ningún tú en concreto sino sólo una sombra del deseo del poeta o del deseo, ahora, de Paco Allende. De guiarse por este amor cuyo objeto es primariamente una imagen, el resultado será, con suerte, un buen polvo, y sin suerte, un ejemplo de la tantalizante distancia que separa la realidad del deseo. Los años han acostumbrado a Allende a retardar la satisfacción del deseo, a posponer el logro en aras de una satisfacción mayor en el futuro. También le han enseñado a aceptar el no-logro: la insatisfacción erótica no es ya dramática o trágica, como parece creer Cernuda y como el propio Allende creyó de más joven: hay un curioso componente cómico en el deseo insatisfecho, un divertido recordatorio de la finitud propia, que permite, si se es listo, sustituir unos objetos por otros, unos deseos por otros: Allende es incapaz de renunciar ahora mismo al vehemente deseo de acariciar a su compañero desnudo. Pero es capaz de reírse de sí mismo al no poderlo realizar y tener que buscar sustituciones, apeaderos, incluso una sublimación sensata. Allende sabe que cualquier intento de satisfacerse ahora mismo con Durán volvería chusca la relación entre los dos. Toda dignidad se empaparía de genitalidad apresurada. Nada de lo que Allende dijera acto seguido se libraría del leve encanallamiento del darse el lote aprovechando una situación trágica de Durán. Y que este reconocimiento irónico de las ventajas de posponer la satisfacción en aras de un comportamiento ascético esté tan presente, ahora mismo, en esta cocina de la pobre Chipri, reanima a Paco Allende y quizá también -aunque esto Allende no puede comprobarlo de inmediato- tranquiliza al Durán acostumbrado a ser objeto de deseo de hombres mayores. Ramón Durán, además, ha, implícitamente, sacado a relucir el gran asunto pendiente de su vida: el entrecruzamiento de su zafio me gusta que me la meta de hace un rato y su noble, y también doloroso, reconocimiento de una parte de culpa en la muerte de su madre. El duelo ha comenzado a funcionar ya y esto es lo que Allende tiene presente ante todo. Si logra ayudar a Durán a recorrer el laberinto del sentimiento de culpabilidad y del duelo por la muerte de su madre y de su confusa -en opinión de Allende- relación amorosa con Juanjo, habrá hecho algo bueno por el chico.
– Tienes que tener claro, Ramón, que no tienes la culpa de la muerte de tu madre. No digo que no fueras negligente. Esa negligencia va a pesarte toda tu vida. Pero una excesiva culpabilización por tu parte, al no corresponder con lo que verdaderamente ha sucedido, acabaría, por paradójico que suene, trivializándolo todo. El sentimiento de culpa tiene que ser exacto para no resultar trivializador. Y la verdad es que tu madre, pobrecilla, tuvo mala suerte. Se encontró con un indeseable a la salida del bar, que la asesinó para robarle, según parece. Esto hubiera podido sucederle estando tú aquí en Marbella.
– ¡Pero es tan injusto! Incluso si no tengo la culpa yo, ¿cómo librarme del sentimiento de injusticia por lo que ha pasado? Mi madre no merecía morir así. Fuimos felices hace tiempo. Cuando yo era estudiante y volvía a casa por las tardes. Mi madre trabajaba mucho entonces, tenía un puesto importante en los hoteles. Estaba contenta con su vida. Estaba contenta conmigo y yo con ella. Todo lo jodió el Florentino…
– Florentino estaba casado, ¿no es eso? Era un asunto que no tenía porvenir. Lo sabes igual que yo. También tu madre lo sabía.
– Entonces, ¿por qué lo empezó él si estaba casado?! ¿Por qué el hijoputa lo empezó si no quería seguir? Ocultó que estaba casado. Se aprovechó de mi madre. Nadie tiene derecho a desilusionar tanto a otro ser humano. Y, ahora, ¿qué pasará? ¿Qué le pasará a mi madre ahora?
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