Por un momento, estas últimas frases desconciertan a Allende. Lo que Ramón Durán está diciendo es el resumen vulgar y trágico de una vida hecha como todas nuestras vidas de aciertos y de graves errores, que a veces tenemos que pagar muy caros. ¿Qué quiere saber ahora Ramón Durán? Por un instante, teme Allende que Durán se refiera a un intento de venganza, quizá dirigida contra Florentino Pelayo. La violencia con que reaccionó ante la estúpida y grosera cháchara del Manguis indica que Durán podría estar considerando iniciar el duelo por medio de una venganza. Esto sería desastroso.
– No entiendo lo que acabas de decir, ¿qué quieres saber? ¿Qué quieres decir con la frase qué va a pasar ahora con mi madre? Ahora forma parte de tu memoria. Ahí está alojada ahora, en tu corazón y en tu memoria.
– ¿Y eso es todo? ¿No eres tú cristiano? Mi madre era cristiana. ¿No habláis los cristianos del cielo y del infierno y de todo eso? ¿Va a ir mi madre al infierno ahora, o al cielo? ¿Qué significa que esté muerta? ¿Significa que ya no existe?
Allende se alegra -por absurdo que suene formularlo así- de que Durán haga estas preguntas. Son las elementales preguntas que todos nos hacemos, creyentes y agnósticos por igual. Allende sabe que esas preguntas no tienen una respuesta racional, contudente ni definitiva. Pero sabe también que, sin hacérselas y sin tratar de contestarlas, el duelo de Durán por la muerte de Chipri no se consumaría adecuadamente. Allende sabe que no puede ahora refugiarse ni en una blanda afirmación de la vida eterna ni en una igualmente blanda negación de la vida eterna. Recuerda -con esa sensación de milagro interior con que percibimos a veces determinadas ocurrencias en una situación límite de nuestra vida- que, con independencia de la presencia o la ausencia de fe en una existencia supraterrenal o en un Dios cristiano, está obligado él mismo a, como dijera en una ocasión Heinrich Mann que es obligatorio, dejar la cuestión al arbitrio del interesado por puro tacto . Por eso, ahora, todo el afán de Paco Allende es saber en serio qué es lo que de verdad Ramón Durán quiere creer y quiere pensar acerca del destino de su madre más allá de la muerte. A esto tiene que dedicar estos dos días. Este urgente asunto esencial es el modo irónico con que la inteligencia penetrada por el buen corazón transforma, ahora, los sentimientos amorosos de Allende por Durán. Allende es consciente de que tiene que intervenir ahora, consciente de que su intervención será definitiva si logra acertar con el tono pero también con el fondo del asunto. Se siente desarmado, como si tuviera que inventar por sí solo, y desde el principio, toda una teoría de la vida eterna para el caso de Chipri. En ese momento, Ramón Durán ya ha vuelto a sentarse frente a él en la mesa de la cocina: sus fuertes hombros resplandecen en la luz blanca de la estancia con un destello húmedo, como una criatura genéricamente bella y desgraciada. Antes de que Allende abra la boca, Durán dice:
– No hay derecho a que pase una cosa así. Mi madre no merecía un final así. Si dices que no tengo la culpa yo, ¿quién tiene la culpa?
– Su asesino.
– ¡Ah, pero su asesino fue uno cualquiera, uno que pasaba! ¿No acabas de decir eso? Le tocó a mi madre, pero podría haberle tocado a cualquiera, ¿no es así? ¿Por qué tuvo que tocarle a mi madre? Es como una lotería monstruosa. ¿Quién tiene la culpa? Al decir que yo no tengo la culpa o que yo fui sólo culpable de negligencia, ¿no estás diciendo, sin decirlo, que la mayor parte la tuvo mi propia madre por andar sola a esas horas de la noche?
– No, no estoy diciendo eso.
– ¡Pero suena así! De acuerdo, yo no tuve la culpa, sólo fui negligente. El asesino tampoco tuvo la culpa porque no eligió a mi madre, cualquiera pudo ser su víctima. Luego toda la culpa hay que ponerla en el lado de mi imprudente madre, que anduvo de bares hasta las tantas y que salió de madrugada bebida al paseo marítimo. ¿No estaba casi pidiendo que la mataran o le robaran en ese estado? Fue imprudente, fue estúpida, fue una pobre mujer. La mató un hijo de puta para robarle el bolso. ¿Tendré que sentir lástima por el hijo de puta que le robó el bolso y en el forcejeo le metió un mal golpe y la dejó en el sitio? ¿El asesino es una víctima también? El único que se salva, si te fijas, soy yo, que acabo de heredar un magnífico piso en primera línea de playa. Es repugnante.
– Tu madre es una víctima inocente. Te puedo decir lo que dos filósofos alemanes discutían hace unos años: no son cristianos, sino agnósticos ambos, racionalistas. Decían: la resurrección parece ser la única respuesta posible a un destino como el de tu madre. Tu madre fue una víctima. Sin la resurrección tu madre queda sumida para siempre en el absurdo de su muerte absurda. Te digo esto, pero no es una receta. La resurrección no es una receta. Ni siquiera para los creyentes, para los cristianos creyentes, es una receta que funciona siempre. Forma parte de la esperanza y es una idea difícil de pensar.
– ¿Quieres decir que mi madre no ha muerto? Que no se ha convertido en polvo, en nada. ¿Es eso lo que quieres decir?
– Lo que quiero decir es que tú te rebelas contra el absurdo destino de tu madre asesinada y yo también. Y tenemos que apoyarnos los dos en esta rebelión y en el mensaje cristiano, a la vez, para sostenernos ante el absurdo, sin poder, sin embargo, deshacernos de él, convertirlo en algo razonable. La muerte de tu madre no es razonable. Es absurda, es la muerte de una pobre víctima de la crueldad, de la brutalidad, anónima en este caso…
Allende piensa: Estoy balbuceando, estoy a punto de servirme de frases hechas, referencias de mi educación cristiana, para consolar a este chico de cualquier manera. Este deseo de consolar a todo trance -que es válido- debe preservarse de este otro deseo que también siento en mí mismo ahora y que consiste en acabar de una vez, dejar el asunto concluido, allanar las dificultades, inundarlo todo de palabras nobles y quizá verdaderas, porque la situación es angustiosa y además insoluble. Debo -decide Allende- mantenerme aquí con lo poco que puedo decir y con la compañía y simpatía que pueda proporcionar mi presencia. Y eso es todo. No puedo querer y no quiero tranquilizar al chico a cualquier precio. Al precio maldito de las frases hechas, del consuelo cristiano convencional. Entonces -como inspirado por esta dialéctica interior de hacer uso del consuelo cristiano sin permitirse trivializarlo- se le ocurre a Allende decir lo siguiente:
– Tú sabes que los cristianos creen que Jesús, en su muerte, reúne todas las muertes de todas las víctimas inocentes. Cuando los cristianos hablan de la resurrección de Jesús, hablan de una victoria sobre la muerte en la cual se injertan todos los muertos inocentes. Es un injerto. Tu madre era inocente, no merecía la muerte que tuvo. Los cristianos dicen que el Dios cristiano es un Dios de la vida y que se injertan en Él todas las vidas. A eso llaman los cristianos vida eterna…
– Entonces, ¿mi madre no ha muerto? ¿Es eso lo que quieres decirme?
– Eso es lo que quiero decirte, sí. Lo que pasa es que no logro yo mismo acercarme a esa experiencia cristiana con demasiada energía o lucidez. Estoy tan a oscuras como tú. Pero, por lo menos, estamos a oscuras los dos.
– Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Qué tengo yo que hacer?
– Tienes que pensar en ti mismo ahora. Para poder entender o, por lo menos, para no desesperarte, para situarte con alguna clase de esperanza ante la muerte de tu madre, tienes que, y perdona que hable así, cambiar tu vida: salir del, si me permites decirlo, laberinto estúpido en el que estabas metido en Madrid…
– Es decir, dejar a Juanjo y a Salazar.
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