– Mira, Paco. Dadas las circunstancias creo que es mejor dejar a Ramón tranquilo por ahora, pero quiero que le digas de mi parte que aquí tiene su casa. Le das un abrazo fuerte de mi parte.
– ¿No quieres hablar con él? -pregunta Allende a Salazar. Este contesta que no.
– Era Salazar, te manda un abrazo fuerte. Dice que tienes su casa a tu disposición.
– Ya -es todo el comentario que hace Durán.
– Tendrás que volver a Madrid, supongo -dice Allende.
– Claro.
– Estarás bien en casa de Salazar.
Ésta es la primera vez que Ramón Durán mira a los ojos a Allende en todo el día.
– Esa casa es un infierno, tú lo sabes. No es mi casa ni es verdad que Salazar quiera que vuelva.
– Parecía sincero -dice Durán mintiendo, porque la impresión que le ha dado Salazar no es de sinceridad sino de astucia.
– Estoy cansado, Paco -declara Ramón Durán-, todavía podemos quedarnos un día más aquí, ¿no? Quiero decir, tú no te tienes que ir, ¿verdad?
– Desde luego que no. Vamos a bajar a cenar ahora y luego vamos a procurar dormir los dos. Una noche entera. Mañana hablaremos.
– Te estoy muy agradecido. No sé qué voy a hacer. La verdad es ésa.
– Lo que vamos a hacer ahora es cenar, dar un paseo para bajar la cena y subirnos a dormir.
Durán se deja conducir a la cafetería una vez más y allí cenan. Como Allende suponía, Ramón Durán está hambriento. Devora su plato combinado y un banana split. Entre los dos beben una botella de vino tinto. Apenas hablan. Salen a pasear por las calles alrededor del bloque de Chipri y Durán toma la mano de su compañero, como la mano de un niño. Así pasean un rato, sin hablar. Luego vuelven juntos al piso. Mientras suben en el ascensor, Durán se abraza a su compañero llorando y Allende le besa en la cara, en el cuello, en la frente. Durán es ahora un chiquillo que llora y solloza. Es lo mejor que podía pasarles a los dos. Allende acuesta a Ramón en su antiguo cuarto. Le desnuda, le ayuda a meterse en la cama, le tapa. Siente una inmensa ternura por este muchacho que solloza y que no tiene ningún futuro: sólo el remordimiento y el recuerdo de su madre muerta. Allende, a su vez, se desnuda y se acuesta en la cama de Chipri. Deja las dos puertas abiertas. Los dos, agotados, duermen durante toda la noche.
La luz marítima llena todo el piso de Chipri. Allende se ha despertado muy temprano y ha recogido la cocina y el resto de la casa. Ha limpiado el polvo. Ha retirado la urna de la mesa del comedor y la ha colocado no lejos de la televisión en una estantería-aparador donde Chipri había instalado unas figuras de Lladró, unas colecciones de libros lujosamente encuadernados y nunca abiertos (la colección de Premios Planeta) y algunos tomos de obras completas de los que ahora se venden con los periódicos. También la enciclopedia de El País. La urna tiene un aire vagamente griego, un poco pretencioso -es dorada-, podría pasar por un bibelot más. Allende contempla satisfecho sus arreglos caseros. Tiene la sensación de que, al instalar la urna entre los Lladrós, entre los polichinelas y los animalitos de Lladró, las cenizas de Chipri participan del encanto convencional, clase media, de ese género artístico tan inconfundible, tan tranquilizador, en su monería anticuada. Allende confía en que esta exposición de los restos de Chipri entre los objetos que Chipri seleccionó tan cuidadosamente en vida, tranquilicen la conciencia del hijo cuando se despierte y se reinicie la continuación de la vida. Hacia las diez de la mañana aparece Ramón Durán descalzo, sin camiseta, con sólo los pantalones. El descanso nocturno ha hecho maravillas. Juventud es capacidad instantánea de recuperación física. Para esa hora ya tiene Allende preparada una cafetera -ha bajado un momento a la calle a comprar leche y pan-. Se instalan los dos a desayunar.
– Tienes buen aspecto esta mañana -dice Allende.
– ¿Tú crees? No me siento bien, sin embargo. Tengo buen aspecto porque no tengo corazón. Mi madre ha muerto brutalmente asesinada, metida en un lío cutre con la gente de ese club. Yo estoy aquí tomando un café. A salvo. No tengo la menor justificación, nada a mi favor. ¿Qué puedes decir a favor mío? -Al hacer esta pregunta Ramón Durán ha alzado los ojos, que mientras hablaba tenía fijos en su taza de café, y contempla fijamente a su compañero. Ahora añade-: No tengo perdón de Dios. No creo que exista Dios, así que lo que acabo de decir es una frase que sólo significa que si alguien supiera lo que ha pasado de verdad, sabría que lo mío es imperdonable. ¿No lo crees tú así? Estás ahí sentado frente a mí, mirándome con tu cara amable, quizá pensando qué decirme para tranquilizarme. En realidad, ya estoy tranquilizado. Estoy disfrutando ya de mi nueva situación. ¿Te das cuenta, Paco? Este piso es ahora mío, lo poco o mucho que tenga mi madre en el banco es ahora mío. Nunca había pensado en esto. La verdad es que nunca pensé que mi madre moriría tan joven. Odio esta situación y odio sentirme tan cómodo en esta situación. Y, sin embargo, ésa es la verdad: estoy cómodo…
– Estás menos cómodo de lo que tú te crees. Si te fijas, estás tan avergonzado de ti mismo que prefieres hacerte peor, denigrarte, para no tener que encontrarte con lo que de verdad te espera ahora, que es tu vida futura sin tu madre. Yo creo que en eso te deberías concentrar ahora…
– Mi futuro, ¿qué futuro? Tengo un brillante futuro de camarero en bares de copas. Eso es lo que hacía antes de encontrar a Salazar. Es lo que sé hacer mejor. Lo único que sé hacer.
Allende sabe que esto forma parte del duelo: este recorrido amargo por la propia vida, que incluirá luego el recorrido por la vida de su madre y que no puede terminar, de momento, sino en el llanto: Allende confía en que Durán se derrumbe. Que alcance ese punto de la desesperación que puede ser purificador. Allende sabe que todavía falta mucho para eso. Es Allende consciente también de la provisionalidad de la situación. Allende tendrá que regresar a Madrid dentro de dos o tres días como mucho. En ese tiempo, tiene que hacer todo lo posible para que Durán rompa la costra del lamento trivial, con los reproches y las culpabilizaciones, y alcance el punto verdadero, la pena verdadera, incluso el silencio. Por absurdo que suene, Allende piensa que para hacerse cargo de su situación real, de la muerte de su madre y de sus propias posibilidades en el mundo, debe alcanzar Ramón Durán el sereno corazón del desocultamiento: el lugar del silencio, donde ya no tienen importancia los lamentos verbales, las palabras convencionales del duelo, y sólo es importante el encuentro de esta criatura en particular, Durán, consigo mismo y con lo que le trasciende. Pero Allende se da cuenta también de que esta formulación heideggeriana que se le ha venido a la cabeza impulsivamente mientras contemplaba a Durán, mientras le oía, no puede por sí sola aclarar la situación o serle de utilidad al chico. Por eso decide que lo más sensato será enfrentar a Ramón Durán con sus proyectos de vida inmediatos, sean cuales sean. Por eso pregunta:
– Aparte de lo de los bares, ¿qué te gustaría hacer? Podrías apuntarte a un curso, digamos, de informática, que ahora está de moda. A un curso de inglés. Tú tienes el bachillerato y la selectividad, ¿no es así? Podrías solicitar una plaza el curso que viene en la universidad en Madrid, una vez que hayas elegido una materia que te interese. Y también, dicho sea de paso, tienes que decidir dónde quieres vivir. ¿Vas a seguir en casa de Salazar?
– ¿Dónde quieres que viva si no?
– Bueno, yo no quiero que vivas en ningún lado. Pero por lo que me explicas, lo de Salazar y Juanjo no acaba de ser un buen asunto. Te están liando. Ellos dos se están liando. Allá ellos, pero también te están liando ellos a ti, ¿o no?
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