– Voy a hacer un café -dice Allende por decir algo.
– Yo no la creí. Por eso ha pasado esto: porque yo no la creí y dejé pasar el tiempo. Me llamó varias veces, yo sabía que no estaba bien. Cualquiera se daba cuenta de eso, cualquiera hubiese bajado hasta aquí enseguida. ¿Qué me costaba venir a verla? Ahora está muerta, asesinada, robada…, no existe. Lo que queda de mi madre está en esta casa, en el depósito de cadáveres… No he sabido cuidar de mi madre. No la he creído.
Esto es casi todo lo que Durán dirá todos estos días. Alternándose los silencios con estos monólogos culpabilizadores pasará una semana entera. Allende no intenta consolarle con ninguna frase hecha. Allende lamenta ahora no tener las frases hechas a punto en este momento: lo lamenta sinceramente, por eso recorre muy deprisa el elenco de las frases hechas (cristianas en su mayoría) que Allende, como cualquier hombre o mujer occidentales, tiene a mano. Hace un recorrido mental, como si, en el espacio virtual de la conciencia, probara la validez de cada frase: todo esto sucede en un abrir y cerrar de ojos. Dicen los informáticos que un ordenador procesa millones de operaciones en un segundo. El pobre Allende está muy lejos de recorrer en un segundo miles y miles de frases, pero en su reflexión distingue tres grupos: hay todas las frases que constituyen variaciones del tema: Tu madre ha encontrado la paz. Está en manos del Creador. Descansa en el seno del Padre misericordioso. Ahora respira tranquila, libre de las ansiedades de este mundo. Otra serie de frases alude a la relación de la difunta con los vivos: Tu madre te está mirando desde el cielo. Tu madre nos ve y le horrorizaría verte sufrir, querría verte tranquilo, no desesperado. Ahora ella intercede por ti ante el Padre Eterno (es característico de la situación espiritual de Allende que el veloz enunciado de estas frases o parecidas vaya acompañado de una mueca burlona, una gesticulación aniquiladora de la validez de estas antiguas frases de consuelo. De un modo u otro todas presuponen un lugar y un tiempo donde el difunto aún sigue vivo, puede vernos y es amparado por un Dios misericordioso. A Allende le cuesta mucho creer todo esto. En este momento de la vida de Allende empieza a formularse un sentido nuevo de la purificación: lo ha leído en Raimon Panikkar, ¿qué ha leído? Ha leído que hay que pasar por la negación de Dios y el silencio de Dios y el agnosticismo y el nihilismo incluso, para purificar nuestro cristianismo sensiblero, atorado de imaginería antropomórfica. En cualquier caso, se le ocurre ahora un tercer grupo de frases presuntamente consoladoras, que se agrupan en torno a la idea de separar al difunto de los vivos mediante la exculpación: dentro de esta misma serie -que, como psicólogo práctico, ha utilizado con frecuencia- se encuentra la exculpación de unos respecto de otros, y, en general, el análisis de la culpa. Allende sabe que el sentimiento de culpa nos tortura incesantemente, aunque también sabe que a veces es bueno este sentimiento para nuestra vida moral. En cualquier caso la culpa bien entendida requiere una justificación apropiada: nadie es culpable en abstracto, todos lo somos en concreto y no somos culpables de lo mismo ni de la misma manera. Allende decide utilizar este tercer grupo de ideas quizá consoladoras. Entre el principio de esta reflexión y el final transcurre apenas un instante, el tiempo de la preparación del café del desayuno):
– No tienes que pensar que tienes tú toda la culpa. Quizá debiste venir a Marbella cuando ella te llamó, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo puedes tú saber que lo ocurrido después de no venir a Marbella ha sucedido porque no viniste a Marbella? No puedes saberlo. A veces parece que lo que sucede después de una determinada acción u omisión nuestra es consecuencia de esa acción u omisión. Pero no siempre lo es…
– ¡Qué bonitas mierdas sabes, Paco! ¿Sabes por qué no vine yo a Marbella? ¿Lo sabes? No. Sé que no lo sabes. Estaba en casa de Salazar, follando con Salazar y con Juanjo. Los tres a la vez. No vine a Marbella porque la otra vez que vine me encontré con que Juanjo me había cogido el sitio. Por eso no quería ahora venir: para no perder mi sitio.
Es preferible -piensa Allende- no seguir con esto. Lo que viene ahora casi lo sé antes de oírlo, y es cutre y deprimente, no es prudente seguir con esto, seguir aquí con este chico, que me gusta, que me atrae físicamente tanto y a quien deseo besar y acariciar. ¿Tengo algo que decirle? ¿Puedo ayudarle en algo? Allende se da cuenta de que cualquier clase de ayuda que él pueda proporcionar a Durán requerirá un detallado relato, una anamnesis , de la vida del chico. Ese relato revelará la ambigüedad de Durán y también, de paso, la ambigüedad de Allende, su confesor improvisado. Siguiendo un impulso fuerte -cada vez más fuerte, a medida que pasan los años- de la manera de ser que Allende ha ido haciéndose, al saber que Durán le necesitaba ha acudido en su ayuda. La primera parte de la parábola del buen samaritano está ya cumplida: Allende ha desatendido sus propios asuntos y ha hecho todo lo que puede por el herido de la cuneta. Pero esta acción es, por decirlo así, devorada por la estructura caediza del tiempo. Para que esa acción buena, ese impulso, sea realmente válido, no puede suspenderse ahora: la bondad de la acción requiere la continuación de la acción buena. Si Allende ahora declara con toda verdad que tiene que volver a Madrid para reanudar su trabajo profesional en el instituto, la acción buena queda sin acabar -Durán se desangrará en la cuneta-, luego debe ocuparse de él: todo implica una permanencia con esta criatura herida. ¡Ah!, pero quedarse con este Durán doliente en Marbella, en casa de su difunta madre, no deja de tener sus encantos. Si la confianza entre los dos se afianza, si las confidencias aumentan, si Allende se vuelve, durante un tiempo al menos, indispensable, ¿no será posible también hacerse querer por Durán? Hacerse respetar y amar por un chico tan guapo es una delicia. ¿Y por qué no?, ¿qué mal hay en ello? Sólo es ligeramente ridículo. Allende recuerda ahora perplejo, aborreciéndose en parte y en parte perdonándose, la chusca anécdota neoyorquina: tras el 11-S, las jóvenes viudas de los jóvenes bomberos que murieron heroicamente entre las llamas fueron consoladas por otros jóvenes bomberos, casados a su vez con sus propias jóvenes esposas. A consecuencia de estas relaciones de responsabilidad y cuidado de la viuda del bombero por parte del bombero superviviente, surgieron intensos cariños y un sincero amor incluso, como resultado de lo cual los bomberos supervivientes se separaron de sus esposas para irse a vivir con las jóvenes viudas. ¿Qué tiene esto de malo? ¿Que los bomberos supervivientes se aprovecharon de la situación quizá? ¡Ah, no! Las viudas de los bomberos difuntos estaban realmente destrozadas. Los bomberos supervivientes tenían un deber de compañerismo con los bomberos difuntos, ¿o no? El código moral del bombero neoyorquino es muy fino y muy serio. Nadie se aprovechó de nadie: el amor tuvo lugar. ¿Es esto bueno o malo? ¿Es sólo ligeramente ridículo? Allende, que recuerda esta anécdota, la aplica a su caso: para librarse de la intensa sensación de ridículo -al fin y al cabo un sentimiento estético, premoral- añade: La descripción de los bomberos neoyorquinos y las viudas de sus compañeros está underdescribed : insuficientemente descrita: si se hiciera la descripción completa de la relación, ¿qué ocurriría? Allende vuelve al análisis primitivo, inicial: el análisis que le acompañó de Madrid a Marbella: Haz lo que tengas que hacer, lo que en conciencia debes hacer, sin preocuparte por los deseos colaterales, las intenciones circulatorias, ambiguas, que vuelven, toda acción humana, dudosa, vecina de la mala fe sartreana. Afortunadamente para Allende, el asunto de Ramón Durán es más vidrioso de lo que parecía a simple vista y parece, si las sospechas de Allende se confirman, un caso de culpabilización justificada. La pobre viuda neoyorquina es una víctima inocente, mientras que la víctima inocente aquí parece Chipri -la cosa está por decidirse-, pero parece evidente que Durán desatendió a su madre. Ahora, tras esta pausa reflexiva -muy breve en tiempo psicológico-, vuelve a hablar entrecortadamente Ramón Durán:
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