Durán se deja convencer. Se vuelve a casa y se tumba a dormir en el sofá vestido. Amanece. Se queda dormido hasta las diez de la mañana. Le despierta el teléfono.
– Soy Marisa, de la comisaría donde estuviste anoche. Tienes que venir. ¿Estás bien? ¿Estás tranquilo?
Durán dice que está tranquilo, pero que quiere saber qué está pasando. Nota la voz titubeante de Marisa.
– Vamos a buscarte ahora mismo. Espéranos en la calle.
Y así es. Durán baja y encuentra frente al portal un coche de la Policía Nacional. Marisa le está esperando fuera del coche y se monta con él en la parte de atrás.
– Tienes que estar tranquilo. Hemos encontrado a tu madre.
Durán quiere saber dónde. Tiembla como una hoja, le sudan las manos, da diente con diente. Marisa le pasa el brazo por el hombro. En un abrir y cerrar de ojos pasa Durán de la experiencia de la vida a la experiencia de la muerte ajena.
El cuerpo de Chipri ha aparecido esta mañana temprano en la playa, enfrente de los elefantes y las duchas que se colocaron allí en los tiempos en que Jesús Gil era alcalde. La encontró el chico de las hamacas, que avisó a la patrulla de la Policía Local que circula por el paseo marítimo. No llevaba documentación encima, iba vestida con un traje de cóctel y zapatos. Al principio pensaron que se había ahogado, pero inmediatamente se descubrió que tenía el cuello roto. Tardaron en identificarla y en levantar el cadáver. La reconoció al final un camarero del restaurante de enfrente: Chipri era una persona relativamente conocida en Marbella. Marisa, la joven policía rubia, se temió lo peor de inmediato: por la edad y por la descripción que hizo Durán la noche anterior, y ayudada por las explicaciones del camarero del restaurante, descubrieron quién era. Se procedió a levantar el cadáver y ahora estaba en el depósito esperando que le hicieran la autopsia. Allí, al depósito, llevan a Durán, a quien han cubierto los hombros con una manta, temblando debajo de ella. Reconoce de inmediato a su madre, paralizado, temblando, durante una hora o más apenas puede articular palabra. A lo largo de la mañana Durán sigue aún en la comisaría envuelto en la manta como alguien que ha perdido la conciencia. Toma café caliente alrededor del mediodía acompañado siempre por Marisa. En el despacho del comisario-jefe comienza un interrogatorio que tiene por objeto reconstruir lo ocurrido esa noche. Durán consigue recordar el nombre de la amiga dominicana: Araceli, que aparece por comisaría a la hora de comer. Con grandes aspavientos, admite que conoce a la difunta. Admite que conoce al hijo de la difunta, este chico bandera. Admite que, la pasada noche, Chipri y ella estuvieron las dos tomando copas en The Royals, un bar de la segunda línea de playa, que Araceli y Chipri solían frecuentar: es éste un bar de la mediana edad, un bar de gentes solas, de hombres y mujeres solos. ¿Con quién estuvo Chipri las últimas horas? Un coche de policía se traslada a The Royals y trae al dueño del local: aparece en la comisaría el dueño del local, un personaje conocido en la zona, de un pasado dudoso, de nombre Leonardo, de sobrenombre el «Manguis». Hace años que regenta ese local: es un hombre de mediana edad, tripón, con el pelo teñido de rubio que ya le clarea, y que dice no saber nada. Este Leonardo no quiere saber nada. '
– Usted comprenderá, señor comisario, que yo estoy a lo mío. El personal que viene a mi local no son críos. Yo me limito a recibir a la gente y a vigilar al servicio, y que conste que no es un puticlub: es un local decente. Prueba que es decente son los años que lleva este negocio sin que nunca pase nada. Ahora, responsable, yo no me hago responsable. Yo lo que digo es «Allá ellos». El ambiente que yo les proporciono, la atmósfera, es pues seria y respetable. No es un bar de ligue. Otra cosa es lo que hagan los clientes fueraparte. Como usted comprenderá, a esas edades uno espera que se comporten ellos por sí mismos. En mi local no hay personas menores de cuarenta. La gente es como es debido: respetable, personas solas, personas de una edad, separadas, separados, viudas, viudos: gente a la deriva de divorcios, usted me entiende, hay de todo. El nivel es bueno, The Royals tiene un buen nivel, música discreta, de la bailable, no oirá usted una voz más alta que otra. Yo a esta señora, claro está, la conocía. Al hijo no. No le conocía. ¿Que con quién pasó la noche? No lo sé, mire usted, no era asunto mío. Ni me fijé con quién salió o si salió, si sola o a qué hora, no lo sé. No admitimos a cualquiera, de eso nada. Ni la menor queja de vecinos se ha tenido nunca en mi local. Y conste que está en los bajos de un gran bloque. Esto funciona como un club: reservado el derecho de admisión…
El comisario oye toda esta retahíla entre exculpatoria y relamida. Es verdad que el local tiene en Marbella fama de discreto. Toda la clientela, le consta al comisario-jefe, se preocupa de diluir, una vez allí, su identidad un poco: nadie desea hacerse notar demasiado. Es un sitio con encanto cincuentón. Funciona todo el día, a mediodía se sirven platos combinados, el local se abre hacia las doce de la mañana para los aperitivos, y los habituales, generalmente hombres de negocios de Málaga, Marbella y alrededores, se quedan a almorzar. Hay dos comedores en la parte de atrás, muy reservados, que dan a un pequeño patio. Incluso a mediodía reina en el local la media luz, un crepúsculo interior: suena discretamente un hilo musical con canciones de Los Panchos, tangos, boleros, María Dolores Pradera, fados de Amália Rodrigues, Charles Aznavour, música de los años cincuenta del pasado siglo, que los habituales de The Royals bailaron de jóvenes y ahora tararean nostálgicos. La regla no escrita del local es que los caballeros vienen solos, por su lado, y las damas vienen también solas o, como mucho, de dos en dos por otro lado. Hay, como dice el Manguis, un muy buen ambiente años cincuenta de boîte y whiskería. Los clientes bailaron al son de los Pequeniques, los Bravos, el dúo dinámico, Adriano Celentano, Adamo. Algunos grupos actuales -puntualiza el Manguis- han tomado estas canciones y también Amena y Telefónica para anuncios. El Manguis, a quien toda esta situación policial con víctima en el depósito de cadáveres ha reanimado mucho, subraya la excelente música ligera de aquella época y de ahí los revivals de hoy en día. La versión de los hechos de Leonardo es rosicler , enfatiza lo normal, lo habitual, lo cotidiano, lo socialmente aceptado de toda la situación. No recuerda que Chipri «se significara» la noche pasada por haber bebido mucho o por bailar exageradamente. Lo que pudo pasar después -insiste Leonardo una y otra vez- no es culpa suya, no es culpa de nadie, estas cosas pasan. Mientras dura este interrogatorio, Marisa ha logrado que Durán, en voz baja, le cuente algo de la última etapa de la vida de su madre: así es como aparece en el relato Florentino Pelayo, el Floren, que resulta ser un importante cliente de The Royals. Se le considera un constructor-promotor de gran prestigio en la zona. Ultimamente -cuenta Leonardo- don Florentino trabaja en el interior de la provincia, rehabilitando casas antiguas, lo que llaman «sitios con encanto». No, don Florentino no estuvo la noche pasada en The Royals -indica el Manguis.
Marisa entretanto consigue que Durán le hable de sus amigos de Madrid: de Javier Salazar en concreto. Durán recuerda el teléfono de memoria, Marisa llama por teléfono a Salazar. Salazar declara hallarse desolado por la noticia, y también a punto de emprender esa misma tarde un viaje de negocios que no puede posponer de ninguna manera. La voz fría y tranquila de Salazar sorprende a Marisa, que, en un aparte, pregunta a Durán si de verdad cree que ese caballero es tan amigo suyo como dice. Durán no desea hablar con Salazar por teléfono: no desea oír la familiar voz fría de Salazar fingiendo que tiene que salir de viaje, sabiendo, como sabe Durán, que no tiene en realidad ningún viaje proyectado. De esta conversación telefónica no sale nada en limpio, sólo una sensación extraña, que Marisa confusamente percibe, de desamparo. Como si Ramón Durán no tuviera veintiocho años sino que fuera un adolescente confuso, un huérfano muy niño. Se deja arropar Durán por el ambiente entre familiar y cutre de la comisaría. Son buena gente estos policías nacionales que entran y salen, hombres entrados en años la mayoría, muchos de los cuales ya no patean la calle sino que realizan trabajos de despacho y hacen sitio, sin gran esfuerzo, al pobre muchacho cuya madre acaba de ser asesinada en condiciones incomprensibles. Todos ellos han visto casos parecidos muchas veces, incluso casos mucho peores. Poco a poco ha ido abriéndose paso la idea de que Chipri tuvo un encuentro desgraciado a la salida de The Royals. El hecho de que no lleve encima ni su reloj de pulsera ni ningún anillo ni el bolso de mano, parece indicar que fue asaltada al salir del bar, antes del amanecer. Va a ser imposible saber qué paso. Ahora se han reunido en el despacho del comisario-jefe Araceli, Leonardo, Marisa y Durán. Ya está todo o casi todo hablado. Esta reunión es casi un mero trámite final. Pero Leonardo, excitado por todo ello, tiene todavía muchas gañas de hablar. Se siente hombre de mundo, comprende el alma humana. Comprende la situación existencial -llega a decir- de sus clientes. Siente que sus opiniones calan hondo, aportan profundidad a las pesquisas policiales. Igual que sus clientes, él tampoco es un cualquiera. Desde su asiento se dirige al comisario-jefe de hombre a hombre, en voz lo suficientemente alta para que todos los presentes disfruten de su autorizada opinión: «Mire, comisario, yo voy a decirle la verdad. La verdad es que ella, Chipri, estaba en una mala edad, esto me consta. Las mujeres, usted lo sabe igual que yo, tienen esta problemática de las menopausias, que tanto las trastorna, yo lo sé porque lo veo en mi local, mi trabajo es de cara al público al fin y al cabo. Mujeres solas, pintadas como puertas, que vienen a buscar lo que no encuentran. Y eso frustra, eso amarga, ¿pero qué vamos a hacerle? Y así es la vida, la vida es como es. Y a ella, a Chipri…, cómo le diría yo: le iba la marcha, era chochona, entrada en carnes, era coñona, y pasaba de la depresión a la juerga sin trámite ninguno… ¡Patapum! Un par de whiskies y ya estaba mal la cosa, mal o bien, según se mire. Era ella además poco prudente, se tiraba encima de los tíos, pudo haber sido eso, el desespero, lo que acabó con ella la pasada noche. ¡La marcha le iba mucho!, ya le digo.»
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