– Tú no sabes nada. Ni nada de mí ni nada de tu amigo Salazar. Te llamé porque Salazar aquí no quería venir, eso era de esperar. Ahora estarán los dos en Madrid, teniendo sus cenitas o yéndose por ahí un rato, a Salazar no le gusta trasnochar, y volviendo después a casa a meterse los dos mano. Y yo estoy aquí contigo y tú intentas disculparme, porque eres un buen tío y te doy pena, y mientras tú lo intentas yo pienso en ellos dos metiéndose mano y siento celos y envidia y quiero estar allí, y a la vez siento horror de mí mismo por no haber hecho algo para ayudar a mi madre. Y sé que según pasen los días la iré echando más en falta y me aumentará la culpa porque nada hice por ella ni puedo ahora pensar en ella por completo, porque pienso en ellos dos, que igual se ríen ahora de mí, y piensan tal vez: Mejor no va a venir, mejor que no vuelva. ¿Qué te parece, Paco? Búscame ahora una disculpa, alguna cosa que hable bien de mí.
– El hecho de que pienses en ello, el sentirte avergonzado, siempre se le ha llamado a eso arrepentimiento, se le llama dolor de corazón. Y no todos lo tienen: muchos nunca lo han sentido, incluso portándose mucho peor que tú…
– Eso me suena a lo que decían los curas en el colegio, para las confesiones y comuniones: dolor de corazón, propósito de enmienda, todo eso… ¿Eres católico? Seguro que lo eres. Suenas mucho a cura.
– Cualquiera te diría estas cosas. No hace falta ser cristiano. Yo lo soy. Yo sigo teniendo fe en Jesucristo. Estoy muy alejado de la Iglesia católica…
– O sea, que eres cristiano.
– Soy cristiano.
– Y maricón.
– Eso. Y maricón.
– Entonces, ¿qué? No sé. No te entiendo bien. Eres guay a tu manera, te enrollas bien. Un poco como un cura, eso sí, pero bueno, eso me va a mí. Lloré por lo del Papa. Todos lloraban en la tele y yo también lloraba. Salazar llegó entonces de la calle y dijo: «Ese Papa te odiaba y si tú le lloras eres gilipollas.»
– ¿Eso te dijo?
– Más o menos, sí. Y tenía razón. Casi siempre tiene razón Salazar: tiene muy mala baba y casi siempre razón. Y a mí me caló desde un principio, por eso estoy con él. En cambio, tú conmigo no te enteras. Me caes bien, mejor que Salazar. Eres guay y Salazar no lo es. Pero por eso no te enteras. Como eres guay, como eres legal, conmigo no te enteras.
– Conozco muy bien a Javier Salazar, desde hace mucho tiempo. A ti en cambio es verdad que no. Así que cuéntamelo tú. Yo te cuento cómo soy, si tú quieres, y tú me cuentas cómo eres. Vamos a pasar estos días juntos, si tú quieres que me quede yo contigo. ¿Quieres que me quede aquí contigo?
– Por mí, quédate, si quieres.
Ramón Durán se da cuenta de la insinceridad de lo que acaba de decir, porque la verdad es que sí desea que se quede. Se corrige de inmediato:
– Vale, sí. Quiero que te quedes. Además está todo por hacer: el entierro, lo de la policía… Te agradezco que te quedes aquí, Paco. De verdad eres guay.
Marisa llama por teléfono muy temprano al día siguiente. Allende descuelga el teléfono. Todo está pendiente. La policía no tiene dudas ahora después del examen forense: ha sido un asesinato: el cuerpo de Chipri presenta señales claras de violencia: golpes, además del cuello roto. No ha habido violación pero sí ha sido manoseada brutalmente. Da la impresión -según Marisa- de un crimen accidental, con un asesino accidental, un vagabundo, un cualquiera que se cruzó con ella por el paseo marítimo a altas horas de la madrugada. El hecho, sin embargo, de que se trate de un homicidio y no de un simple accidente mortal, da lugar a la apertura de un expediente y de una investigación. Ramón Durán debe estar -le han dicho- «localizable», aunque no necesariamente en Marbella. Allende pregunta: «¿Qué es lo que suele pasar en estos casos? ¿Qué significa que se abre un expediente?» Incluso Allende se permite una referencia televisiva a la serie Caso abierto . ¡Qué amable es Marisa! ¡Cuánto se parece Marisa a todas esas chicas que, en su juventud, y aún ahora, rodearon y aún rodean a Paco Allende! ¡Qué sensata es, y qué gran ayuda, tan espontánea en todo! Una vez fotografiado y examinado por los médicos forenses, tras la autopsia, el cuerpo de Chipri queda a disposición de sus parientes. En nombre de Ramón Durán agradece Allende la llamada telefónica. E informa a Marisa de que tiene intención de permanecer aún unos días en Marbella hasta dar tierra o incinerar (aún no ha hablado de esto con Durán) el cuerpo de Chipri.
Allende piensa: El mar hizo esa noche las veces de memoria, ¡pobre Chipri! Trajo el rumor del mundo, de su mundo, y fue lo último que oyó: somormujo manchado de petróleo, un pájaro desalado que cayó al mar sin sustancia porque el mundo no tiene fundamento. Oh, imposible, Señor, ten piedad de nosotros -se dice Allende-. Son difíciles días éstos para Allende. ¿Y por qué? Porque le ponen ante sus limitaciones. Ni siquiera le sitúan ante su finitud -eso podría ser grandioso, proporcionar un sentimiento de importancia: he aquí que el ente finito y yo somos lo mismo-. Son difíciles porque le ponen ante lo trabado, lo cansado, lo no decidido todavía, lo melancólico, sus deseos carnales, muy vivos, no obstante su edad. Y ante sus limitaciones profesionales también, como psicólogo: ¿tiene realmente algo que decir a Durán como psicólogo, como asesor, como monitor de las putas conciencias de los chicos y chicas de los bachilleratos y de sus padres y madres?
He aquí que Allende cree, él mismo, que no tiene realmente nada que decir, y ésta es su grandeza. Más aún: no obstante estar persuadido y sinceramente convencido de que no tiene nada que decir en este caso tan terrible, va a hacer un ahora gran esfuerzo por decir lo que cree que debería ser dicho. Es más: dicho y hecho, para que Durán no pierda pie. Y lo que le dice es lo siguiente:
– Mira, Ramonín, nosotros, tú y yo, estamos por decirlo así lejos del cielo, far from heaven , como en la película. Así es que tenemos que arreglarnos con lo que hay, que no es gran cosa. ¿Y qué es lo que hay?
– Lo que hay -responde Durán- es esto injusto, incomprensible, de esta muerte de mi madre. ¿Por qué ha tenido mi madre que morir así?, por Dios. No creerás, Paco, hijo de puta, que vas a tranquilizarme con mierdas cristianas. Toda esa mierda que me quieres echar, cristiana, encima…
Y piensa Allende ahora, al escuchar las palabras de Durán, en un vertedero maloliente, que es él mismo, alimentadero de las putas gaviotas, desbrozadero de putas ciudades, grandes y pequeñas, vertedero de Dios. Esto es lo que kénosis significa: el abajamiento, el desventramiento, el vertedero de Dios, el gran cagado de Dios: el Cristo Jesús. Piensa Allende que si ahora se atiene a la intensidad y confusión de este momento, alcanzará tal vez la luz que siempre hasta ahora se le ha hurtado.
Se ha decidido incinerar a Chipri. A este efecto, Allende ha organizado con una funeraria marbellí el traslado de los restos de Chipri al cementerio donde serán incinerados. Ya han sido incinerados y esto es lo que queda: un herméticamente cerrado jarrón, una urna que contiene dos kilos de ceniza, menos imposible: polvo será más polvo enamorado: ¡Una puta mierda! ¿Qué se hace con nada? ¿Se esparce por el aire, se tira al cubo de la basura? Detrás no hay nada, detrás no queda nada: la muerte absurda.
Ha llamado Araceli por teléfono. Ha cogido el teléfono Durán y quiere Araceli saber la misa a qué hora es. ¿Qué misa?, ha preguntado Durán. Ahora Durán ha entrado en la furia como en una devanadera, una lanzadera: buena es la furia como una lluvia que empapa los sembrados. La furia es buena porque es toda olvido y nada hay que más desee Ramón Durán a estas alturas que el olvido. Así que hay una misa en la parroquia de Chipri de Marbella, donde Durán nunca había estado: un funeral en la parroquia, mientras que en el cementerio se incinera el cuerpo de Chipri. Quiero decir que hay la misa primero y la incineración después y luego le entregan a Durán la repulsiva urna con el par de kilos más o menos de las cenizas de Chipri. No hay nada que añadir: eso es lo esencial de nuestra muerte: que no tengamos ya nada que añadir: que hasta la memoria misma sea superflua, que sea superfluo el dolor y el amor que un día sentimos. Éste es el silencio del Buda. Así que diremos, como Semónides de Samos, el elegiaco griego arcaico: Del muerto no deberíamos acordarnos, si fuéramos sensatos, durante más de un día . Y es verdad también que mucho tiempo tenemos para estar muertos y vivimos llenos de infortunios unos pocos años, ¿qué más puede decirse? Queda todo por decir, por supuesto.
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