Son las nueve de la noche, ha pasado ya la hora de volver de las oficinas. Los arcos decorativos que rebrillan metálicos producen a esa hora una curiosa sensación de irrealidad. Es un atardecer veraniego. El cielo es muy azul todavía, es un paisaje de altos bloques de viviendas, la Ciudad de los Periodistas. Durán está sin afeitar. Le sorprende que Juanjo le esté esperando en el paso de peatones. Durán le ve desde lejos. Y siente una emoción ambigua, una punzada de deseo, mezclada con una fuerte censura que procede de alguna parte de la conciencia de Ramón Durán, de la que el propio Durán no es aún dueño y que parece haber emergido -tras la muerte de su madre y las conversaciones con Allende- como una conciencia suspendida. La sensación que Ramón Durán tiene mientras espera en el paso de peatones y observa a Juanjo al otro lado, no es agradable, no se compone sólo de deseo, tiene un componente de crítica -Juanjo le parece demasiado arreglado y demasiado moreno, parece un modelo-. Parece un hombre joven, procedente de otro mundo más sofisticado y caro que el mundo cotidiano de la gente joven que va y viene por La Vaguada en ese momento: casi hubiera preferido Durán que Juanjo conservara algo del Juanjo mal arreglado que se encontró en la Ciudad Universitaria. Al encontrarse, Juanjo le tiende la mano, los dos están un poco forzados.
– Tío, he sentido mucho lo de tu madre.
Durán se queda frente a Juanjo sin decir nada. Ahora de pronto, esta frase convencional vuelca la muerte de su madre sobre Durán desconcertándole. No cree, de pronto, que Juanjo sienta la muerte de su madre. Juanjo ha venido demasiado alicatado, demasiado peripuesto, ha venido a una cita galante. No puede darse el pésame así.
– ¿Te manda Salazar a que me digas eso? -pregunta Durán.
– Ramón, qué cosas tienes. Salazar no tiene que ver nada. Tú y yo somos amigos de mucho antes.
– Éramos amigos de mucho antes, sí. Ahora no sé lo que somos ya. Salazar nos ha confundido a los dos. Te está jodiendo a ti, y a mí también.
– Salazar te quiere mucho, me lo ha dicho estos días.
– ¿Has venido a decirme eso? Ahora que me encuentro contigo, no tengo ganas de hablar contigo.
– Te está comiendo el coco el Allende. ¿Es verdad que vas a vivir con él?
– No, ¿quién ha dicho eso? Voy a vivir en una habitación de una amiga suya.
– ¿Entonces no quieres nada con nosotros? ¿Por qué no vienes a cenar con Salazar y conmigo esta noche?
– No tengo ganas. Creía que iba a ser distinto.
– ¿El qué iba a ser distinto?
– Este encuentro. Tú estás en otra onda. Apenas te reconozco.
De pronto, Juanjo mira el reloj Sandoz de esfera colorada.
– Entonces, ¿qué hacemos? -dice Juanjo.
– Tú no sé qué harás. Yo me vuelvo a casa.
– Es que, verás…, Salazar tiene mucho interés en verte. En hablar contigo. Yo no he venido sólo por eso, pero también he venido para decirte lo mucho que Salazar lo ha sentido todo, y lo mucho que me ha hablado de ti todos estos días.
– Déjalo. Me vuelvo a casa.
Durán se da la vuelta y, sin despedirse, se encamina Ginzo de Limia arriba, hacia el piso, todavía vacío, de Allende a estas horas. No desea realmente irse: desea que Juanjo le abrace, desea el enternecimiento dulzón, ferviente, del Juanjo que amaba y que por un instante ama todavía, pero está decidido a no volverse si Juanjo no le llama. Está empalmado y sabe que Juanjo lo sabe. Si Juanjo no le llama, no volverá la cabeza. Juanjo ahora se le viene encima, le pasa la mano por el hombro y le habla al oído:
– ¡Joder, no seas así! ¿Estás celoso o qué? A mí me pones tú, no Salazar, joder, pareces tonto. Salazar es un tío enrollao, tú le conoces. Nos regala cosas, dinero, lo que le sale de la polla. Está encaprichao con nosotros, está que lo tira. Eso no es malo, es lo que es. Lo nuestro es lo nuestro… Estás empalmao ahora. Yo también.
Durán cede. Todo cede ante este deseo de atardecida estival de su primer amor, de su entrega pasiva a quien le proporcionó el más fuerte deleite erótico de su juventud. No lo puede remediar en este momento Durán, y es verdad que ha sufrido la tensión de estos días mucho más fuerte de lo que parece. Y es verdad que, aunque tiene la sincera intención de irse a vivir al piso de la amiga de Allende, no ve en este momento al menos que tenga que renunciar del todo a Juanjo. Juanjo está tan guapo. Durán baja la cabeza y se deja acariciar un poco el cuello. Dice:
– ¡Hala, vamos! Hay arriba un parque, lo llaman aquí de los bomberos. Ahí hay sitio para andar. Es lo que quieres, ¿no? Yo también quiero.
Caminan lentamente los dos. Da envidia verles juntos, caminando despacio, tan guapos. Es la hora apresurada del atardecer, entrará pronto la noche. Juanjo ha conseguido su propósito, a saber: ha conseguido que Durán se entregue dulcemente una vez más en sus manos, que Durán le desee como antes, al menos durante un rato. Pero Juanjo sabe que esto no es todo y ni siquiera lo más importante: era sólo la condición necesaria para re-seducir a Durán. Y lo que Salazar quiere, y lo quiere vehementemente, es ver todo esto: quiere verlo delante de él, quiere verlo sucediendo ante sus ojos en el cuarto de estar: verles besarse y masturbarse, gemir de gusto y de dolor. Salazar quiere esto hasta la extenuación de sí mismo. Juanjo lo sabe. Juanjo mismo no quiere ya hacer el amor con Durán en un parque solitario. Juanjo quiere lo que Salazar quiere ahora. Así que está dispuesto a fingir que se deja seducir por Durán. Fingir que Durán y él forman un circuito cerrado, para que, sin que apenas Durán se dé cuenta, arrancarle de Allende y de este estúpido vecindario de clase media de La Vaguada, donde hay demasiadas mujeres con niños y estudiantes de ambos sexos con chándals: demasiada cotidianidad, tedio e infinito aburrimiento. Los dos jóvenes caminan hacia el parque de bomberos. Una vez allí, Durán maniobra para meter a Juanjo en la parte cortada a pico que da a las canchas de baloncesto de un colegio vacío a estas horas, donde pueden resguardarse. Una vez allí, se arrodilla delante de su compañero y le abre la bragueta. Los dos están empalmados. Durán se mete toda la polla de Juanjo hasta la garganta. Desea ahogarse. Agarra con firmeza las fuertes nalgas de Juanjo con ambas manos. Comienza a mover rítmicamente la lengua alrededor de la polla cálida, viviente, de Juanjo. Entonces, de un fuerte tirón del pelo con ambas manos, Juanjo le arranca de la mamada:
– Déjame seguir, por favor -murmura Durán con voz ronca-. No puedo vivir sin ti, sin esto, déjame seguir.
Ahora están los dos de pie frente a frente. Se balancean las fuertes pollas de los dos - chanson d'amour -. Juanjo, manteniendo aún agarrado el pelo de Durán con la mano izquierda, junta con la mano derecha las dos pollas, que hablan solas, refrescadas por la nocturnidad, como labios anónimos.
– Vamos, tío, joder, Ramonín -susurra-. Vámonos de aquí, aquí no lo podemos hacer a gusto. ¡Qué hostia de sitio es éste! No hace falta que vayamos a casa de ninguno, podemos ir a un hotel, nos hace falta un coche, en un coche se puede follar de puta madre, te lo digo yo, con cristales tintados, echas los asientos pa'tras, huele a cuero, a naturaleza de la hostia, te corres ahí, campero, a base de bien.
– No tenemos coche. Ahora te quiero, te amo ahora, no me hagas dejarlo, no me hagas sufrir.
Durán se vuelve a arrodillar y Juanjo le levanta otra vez.
– Me tienes que prometer -susurra Juanjo- que haces las paces de una vez por todas con Salazar, ¿qué te cuesta?
El tono de voz, el cuerpo de Juanjo, el olor de Juanjo, incluso el fuerte tirón de pelo, el contacto desnudo de las pollas, la noche, los campos de baloncesto oscuros, la sensación de nocturnidad, el romanticismo canalla de la escena, la sensación de que Juanjo, a su manera burda, sin matices, aún le quiere. Incluso esa punzada de vanidad provocada por Juanjo al decirle que Salazar quiere y desea verle -y paradójicamente también lo contrario: la curiosa sensación de dureza, de rectitud, que la compañía de Allende le hace sentir (en esto, especialmente, ha meditado a su manera saltona Durán)-, todo ello junto, entrecruzado por la sensación intermitente de haber perdido de la noche a la mañana a su madre como quien pierde un periódico o cualquier objeto sin valor en una aglomeración, hace ahora que Durán, agobiado, pierda su tensión erótica, sustituya el deseo de acariciar a Juanjo por el deseo de hacer lo que Juanjo, al parecer, desea que Durán haga. Este deseo de complacer a Juanjo es fuerte, y ahora mismo le es indiferente a Durán que Juanjo hable en su propio nombre o en nombre de Salazar. Durán ha comprendido que, si quiere conservar a Juanjo, aunque sea a través de Salazar, tiene que acceder a lo que Juanjo le pide ahora:
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