– Lo que has dicho al final, no lo he entendido. ¿Era en latín, o en griego? ¡Me gusta tanto oírte hablar tan animado! A mí me gusta mucho leer. O sea, en el colegio leí bastantes novelas. ¿Matilde Asensi, a ti qué te parece?
– No sé… No la he leído. De lo que dije antes, ¿qué es lo que no entiendes?
– Algo que sonaba a griego o a latín, que yo era y que tú eras. No entendí qué era quién, si tú o si yo. ¿Te acuerdas?
– ¡Ah!, ya sé: erastés y erómenos . Erastés era el amante, erómenos el amado. Ambas palabras proceden de eros , que como sabes significa amor. En el ambiente de los hábitos homosexuales de Grecia, el erómenos era un chaval muy bello que carecía de necesidades propias. Figúrate, no es tu caso. Nunca fue tu caso, Ramón. Este erómenos era consciente de su atractivo, pagado de su belleza hasta extremos asombrosos, pero al relacionarse con los hombres que le desean, permanece ensimismado. Éste no es tu caso, Ramón. Este maravilloso chico griego sonreía dulcemente al amante, al erastés , y se dejaba tocar afectuosamente los genitales y la cara, mientras él, el erómenos , miraba tímidamente al suelo. Éste no eres tú, Ramón. Nunca fuiste éste tú. Porque tú, mi amor, según me contaste, te acuerdas, aquella tarde en el Ritz, y luego Juanjo repitió lo mismo, aunque más groseramente contado, porque Juanjo es todo grosso modo , tan pronto como Juanjo, que se supone que era tu erastés, tu amante en el colegio, por la edad al menos, con veintiséis, diez mayor que tú, te acariciaba en la ducha, ¿era en la ducha?, en los vestuarios, donde fuese, tú respondiste amándole, instantáneamente transformándote en amante. Tú tuviste seguro una erección maravillosa. ¡Cuánto daría, cuánto, por haber podido ver, por haber visto, tu polla dulce sweet sixteen ! Pues bien, tómate un tragüito de Glenmorangie, sólo uno, mójate los labios, y después… Ya entonces, aquel primer día de tu amor con Juanjo, tú manifestaste tu voluntad de erastés , con esa tu erección joven de potro, vibrante como el sol. Tú nunca, a diferencia de mí, tuviste un pene fláccido, nunca fuiste un polla boba como yo, ¿no te doy pena? Yo he sido siempre erómenos . Jamás fui erastés . ¿Te das cuenta de lo muy horrible que es todo esto, mi horrible incompetencia? Tócame, mira ahora.
Salazar lleva ahora la mano de Durán a la bragueta, y Durán, fascinado, descubre que Salazar tiene sus apagados genitales de algodón en rama bajo los pantalones. Durán en cambio, a consecuencia del tejemaneje todo entero que se trae Salazar, lleva empalmado media hora y desearía, desea que Salazar le masturbara. Desearía incluso que ahora Juanjo entrara, y masturbarse allí los tres y deshacer la boba identidad de cada cual en la fragante trinidad estival da una corrida a tres en la terraza.
– Pues bien, Ramón, los años han pasado, dejando, en la arenilla lenta de mi vida, la sedada playa gris y blanca de mi alma, ahí dejando impresas como huellitas de gorrión, mis mínimas, mis dulces, mis raras erecciones. De siempre he querido ser amado y siempre he sido amado. Nunca he amado yo a nadie. ¿Te das cuenta, Ramón, de lo horrible, lo horrible que esto todo resulta y que ahora, en mi vejez, al acariciarme el pene tú o Juanjo, pero sobre todo tú, Ramón, Ramonín, no pueda ni tenga ganas yo de ereccionarme, igual que entonces? Esto te tiene que dar pena, Ramonín: mi pobre polla blanca como un hámster que da vueltitas y vueltitas en una noria ilícita, encapsulada, en una horrible jaula. Y voy comiendo y voy cagando, y me es imposible amar a nadie, desearte. Si ahora cogieras un cuchillo, Ramón, y me rajaras la palma de la mano por ejemplo, ni siquiera, creo, sangraría. ¿Quieres hacer la prueba?
Vuelve a conducir la mano derecha de Durán hacia su entrepierna, que, efectivamente, le parece a Ramón Durán la entrepierna asexuada de un ángel o un héroe de cómic.
Ésta es una situación que cae, naturalmente, hacia su final, su lugar natural, un cierto tipo de copulación homosexual. Nadie puede impedirlo, nadie quiere impedirlo, Durán estaría ahora encantado de ser erastés y de ser erómenos , a la menor indicación de Salazar. Es verdad que está empalmado. Hasta tal punto está empalmado que se ha llevado varias veces la mano a la polla. Salazar ha ingerido más Glenmorangie, con un gesto medio ruso de Dostoievski a la francesa, a morro. Y también Durán así ha bebido, a morro, para calentarse, colocarse, sentir esa alegría, ese poder, que Spinoza describe como acrecentamiento sustancial del alegre. Y tiene razón, sin duda, Salazar, al decir que más amante, más erastés , es Durán que él mismo, que Salazar. Así que ahora, agarrados, se ponen los dos de pie y Salazar mira al suelo y siente su polla fláccida. Le acaricia la verga ardiente a Durán con una mano y con la otra le acaricia la barbilla, como en un ánfora griega roja o negra. Y para que sea exactamente igual, se desabrocha la camisa Salazar y el pantalón le cae a los pies, y lo mismo Durán, y ambos se descalzan, y ahora los dos ya están desnudos y la noche de los jazmines y la hiedra les trepa, aromada, por las piernas arriba, como el inmenso arroyo momentáneo del verano y de la juventud. Así que se acarician una y otra vez ambos desnudos, y sí, está empalmado el joven, el erastés , Durán, y no empalmado el viejo, el Salazar, el pseudoerórnenos . Esto ha sorprendido a Kenneth Dover (que está leyendo esta novela traducida al inglés-americano en el año 2006): el pene del erastés , de Durán, ya estaba erecto antes de establecerse el contacto corporal. En cambio, el viejo pene del erómenos , el pene de Javier Salazar, permanece fláccido… ¡Oh, delicia, delicia!
– ¿Ves lo que quería decirte antes? ¿Ves como yo no puedo hacerte a ti el amor, ni a ti ni a nadie, ni con Juanjo tampoco? Tienes que perdonarme y que quererme, porque soy un pobre inválido, porque, claro, de joven no lo era, ahora lo soy, inválido. Era natural que a mí de joven no se me pusiese apenas tiesa y me dejase amar por ellos todos, que me amaron, Ramonín, ¡cuánto me amaban! ¡Me amaban más a mí que nunca a ti te hayan amado! Porque sabes qué: mientras que tú te empecinabas en amar tú mismo y en ereccionarte y en correrte y en meterla por los culos, las orejas y las bocas -los tres estos grandes orificios de las almas encarnadas-, mientras que tú, pues eso, yo, pues no. Yo disfrutaba con la mirada oblicuada, licuada, del erómenos , contemplando fijamente las baldosas de las duchas mientras tú me rompías, ¡méteme por favor el dedo por el culo! ¡Si pudieras abrirme en dos mitades, a base sólo de meterme primero el dedo, y luego el puño entero, recto arriba, entonces yo, Ramón, existiría y sentiría ese inmenso placer de ser mordido y desgarrado y desintegrado! En eso Juanjo, en cierto modo, quodammodo , Juanjo en eso es mejor que tú, mi vida, siendo peor como lo es. Juanjo navajero, Juanjo puto, Juanjo chapero, Juanjo sin corazón, sólo con verga, me hace un daño horrible, Juanjo terrificante , así es como es. Tú eres, amor, muchísimo más dulce. Córrete, mi vida, córrete si quieres…
Todo el recitativo ha, por fin, sido eficaz, y se ha corrido Ramón Durán a grandes borbotones, grandes copos de semen que han caído al suelo en la terraza. Y los que le quedaban aún, pegados a la polla, ha, de pronto, irrumpido Juanjo Garnacho en la terraza, curda, y le ha mamado a Ramón Durán la última gota de su leche infame. Y Salazar se corre a la vista de los dos chavales, y los tres se abrazan, ya sin ganas, y beben lo que queda del Glenmorangie… Y Durán sabe, ahora que en frío piensa en todo lo ocurrido en esta terraza esta tarde, que de lo que ocurra aquí, de ahora en adelante, ni podrá librarse ni querrá. Pero a la vez sabe que o bien se libra de todo esto, aún no sabiendo cómo, o bien acabará todo aquí, todo así, enviscado en la náusea y en la estúpida muerte.
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