– ¿Qué haces ahí? -inquirió-. ¿No quieres ver más lo del Papa?
– Estoy tratando de hablar con mi madre.
Salazar se había retirado hacia el interior de la sala, y su voz sonó desde ahí apagada y fría al preguntar:
– ¿Y qué dice tu madre?
– No dice nada, no está. Parece que no está.
– Habrá salido a cenar -comentó Salazar desde el interior de la sala. Su voz sonaba desinteresada, aburrida.
Durán se sentía angustiado: las imágenes del Papa enfermo, de las gentes llorando, le habían conmovido tanto que deseaba hablar con su madre: no se tranquilizaría hasta que consiguiera hablar con ella esa noche.
– ¿No quieres beber algo antes de irte a la cama? Yo voy a tomarme un whisky muy ligerito.
– No quiero nada, gracias.
– ¡Como quieras! ¡Yo me acuesto, mañana hablamos! Hasta mañana -contestó Salazar.
– Hasta mañana.
Decidió no acostarse hasta hablar con su madre. De pronto sintió miedo. De pronto sintió que nada en este mundo le importaba más que su madre. ¿Qué podía estar pasando? Eran las doce de la noche ya. Volvió a llamar una y otra vez. Fue a tumbarse a su dormitorio, que ahora compartía con Juanjo. Salazar había comprado una cama individual nueva, con su colchón y sus sábanas nuevas. Se quedó adormilado: se despertó sobresaltado al cabo de una hora. Volvió a marcar los números de los dos teléfonos y no hubo respuesta. Le sobresaltó la entrada de Juanjo que llegaba a casa, una vez más, muy bebido. Se trasladó a la sala y reanudó sus llamadas telefónicas. Decidió bajar a Marbella a la mañana siguiente, si no conseguía hablar por teléfono antes con su madre. Se acurrucó en el sofá de la sala. Se quedó ahí dormido. Se despertó sobresaltado a las siete de la mañana. Esta vez su madre se puso al teléfono. Sólo acertaba a decir: «Estoy bien, estoy bien», con la voz ronca o somnolienta de alguien que ha bebido o ha tomado somníferos. Hablar con ella le tranquilizó: «Te volveré a llamar más tarde, duérmete ahora.» Se duchó, se puso el chándal y salió a correr con las primeras luces del amanecer de aquel día.
Nada está pasando en Marbella. La preocupación por su madre, acostándose a las tantas y contestando al teléfono con la voz ronca y pegajosa de los somníferos, no ha tenido tirón suficiente. Salazar se ha dado cuenta anoche de la inquietud de Durán por su madre y está decidido a contrarrestar la inquietud con quietud, el sentimiento de responsabilidad filial con la irresponsabilidad del principio del placer. Es una ocupación de todo el día: Salazar dedica ahora el día entero a jugar este juego de retener en casa a los dos chicos. En cada caso cambia el procedimiento: con Juanjo recurre a la adulación y a los regalos de ropa y dinero de bolsillo, los relojes deportivos, el Sandoz de esfera roja del piloto Fernando Alonso: «A veces es bueno llegar en hora», ha comentado guasón Salazar al alargarle hace unos días el elegante estuche de Sandoz. Y ha añadido:
– Si Ramón te pregunta, le dices que es un regalo de un ligue tuyo. Seguro que eso le evitará sentir celos. Está celoso de ti y celoso de mí. Ramón es el más sensible de los tres, ¿a que sí?
Así que Juanjo le ha enseñado el reloj nuevo a Durán enseguida y le ha contado que se lo ha regalado Salazar y también la recomendación de Salazar de que no se lo dijera: justo lo que Salazar sabía que Juanjo haría. No ha acertado Salazar, sin embargo, en lo de la envidia o los celos. Durán no ha dado el rebote mezquino del envidioso o del posesivo, sino que -impulsado quizá por un espíritu creador que procede, sin que el propio Durán lo sepa, de sí mismo- se ha alegrado de que Juanjo tenga ese estupendo reloj. A su vez, Juanjo le ha contado a Salazar lo ocurrido: le ha contado que ha contado a Ramón Durán que Salazar le había recomendado que no contara que el regalo era suyo. Y le ha contado que ha desobedecido adrede para ver qué cara Durán pondría de envidia y rabia, aunque apenas Juanjo lo ha notado. Así que, sin querer, cuenta a Salazar más verdad de la que cree que cuenta al contar que no ha notado la menor envidia en el rostro de Durán. Todos estos microrrecuentos deleitan a Salazar, y deleitan también a Juanjo Garnacho: le sirven a Juanjo para sentir que Salazar y él forman una unidad dinámica, un circuito cerrado en torno al cual circula a su vez Ramón Durán creyendo que es aceptado, sin serlo. Juanjo está viviendo una temporada de extraordinaria felicidad. Su autoconciencia funciona como una ininterrumpida sesión de rayos UVA ahora, que le enciende la piel y le aceita la musculatura y le enciende y le aceita la polla y la raja del culo: el ano solar que -Juanjo cada vez más claramente sabe- fascina crecientemente a Salazar. Para que se produzca la impregnación de estos rayos, de esa su mínima autoconciencia, requiere Juanjo poder sentir cierto gozo -cuanto más mejor- como rédito del daño que hace, o cree que hace, a su antiguo amante. Y Salazar, a su vez, se da cuenta del buen funcionamiento de esta creación de circuitos autónomos para cada uno de los dos muchachos, el centro de cada uno de los cuales es Salazar, sólo que, en el caso de Durán, en vez de relojes o ropa de marca se sirve Salazar de la ternura y de una insidiosa comparación con Juanjo, favorable a Durán, que incrementa la ternura y el sentido protector de Durán por Juanjo y que, en general, derrite al chico, le ablanda. Así, esta mañana que sigue a las llamadas telefónicas a Marbella, al volver de correr, Durán desayuna con Javier Salazar en el tinello y, con dulzura, Salazar le pregunta si por fin ha podido hablar con su madre y le envuelve en una conversación tierna acerca de Chipri que hace que, una vez más, Durán posponga su viaje a Marbella hasta el día siguiente y hasta el otro y hasta que, de nuevo, su madre llame por teléfono.
Juanjo ebúrneo, Juanjo criselefantino: se siente Juanjo amado y adorado y aceitado, se siente cuerpo todo él. Pone a los chicos, pone sobre todo a los mayores de cincuenta: nunca jamás ha conocido Juanjo otro deleite ni mayor deleite que el que siente ahora siendo deseado por los cuarentones y los cincuentones. La torpeza es, paradójicamente también, un principio de inteligibilidad: en su torpeza, como un eczema, vive Juanjo su ser-deseado como un don del Espíritu Santo. Por eso ha convencido a Salazar (aunque no es Juanjo quien ha convencido a Salazar sino Salazar quien ha convencido a Juanjo: la malicia de Salazar consiste en parte en esta leve inversión del quién convence a quién) de que, cuanto más nocherniegos sean sus rumbos, más rumboso será también Juanjo con Salazar en las mamadas. Sobre todo en las exhibiciones, porque de esto se trata sobre todo: de la exhibición del cuerpo desnudo. Esto es con lo que más disfruta Salazar ahora: concupiscencia de los ojos. Hace ya mucho que se desentendió Juanjo Garnacho del cursillo de entrenadores y también de su mujer y de su hija allá en Málaga. Desentenderse fue dejarlas caer en el olvido y dejarse caer él mismo también, como quien se abandona al sueño por las noches viendo la televisión.
Juanjo ha logrado olvidarse de todo lo que no sea este tejemaneje de la vida con Salazar, cuyo centro es él mismo, el propio Juanjo, sabiendo que en la periferia está el pobre Durán no entendiendo lo que pasa. Una situación como ésta tiene, sin embargo, un orden propio de producción: no transcurre de cualquier manera sino que, una vez iniciada, las casualidades u ocurrencias del momento van siendo sustituidas por necesidades, por fijaciones -con distintos grados de intensidad- de los hábitos de los participantes. Así que, por ejemplo, Juanjo y Salazar ya no pueden realmente hablar de nada. Lo único que Salazar desea es manosear el cuerpo de Juanjo: se trata de poseer el cuerpo ajeno como se posee el cuerpo propio, como una fuente de placer. Pero el cuerpo propio ya no es una fuente de placer para Salazar, o no lo es directamente: Salazar tiene que rehacer imaginativamente los centros de placer corporales que, con la edad, se le han ido borrando. En realidad, ahora Salazar no desea a Juanjo: desea desear a Juanjo. Y las exhibiciones que Juanjo hace ante Salazar, a su vez, no están en última instancia informadas por un deseo intersubjetivo de agradar a su pareja, sino por un deseo intrasubjetivo de contemplarse a sí mismo en el espejo frío de Salazar. En una pareja así, lo lógico es acabar excitándose con películas porno-gay . Y Juanjo lo ha propuesto ya varias veces, pero Salazar rechaza esta fórmula porque desea eso que los dos ahora, Salazar y Juanjo, denominan reality shows : una escenificación que tenga la cualidad de realidad que faltaría en una película porno. Aún las cosas funcionan bien de este modo, pero Salazar se da cuenta ya, y Juanjo se dará cuenta enseguida, de que esta escenificación de los dos por las tardes y noches no sólo va a necesitar de un tercero, Durán, sino que va a necesitar terceros, cuartos y quintos: una variedad de estimulaciones cada vez cuantitativamente mayores.
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