– ¿Sabes lo que te digo? -murmura Juanjo lentamente, soñoliento-. Que se tiene que estar de puta madre en pelotas aquí. -Y comienza a desnudarse, se quita la camisa. Se saca los zapatos, se baja los pantalones, se quita el bóxer. Todo el firmamento de pronto se enturbia. Durán siente boca seca. No sabe qué decir y pregunta:
– ¿Por qué haces eso?
– ¡Porque me apetece, joder! ¡Por eso! Desnúdate tú también, tío. A Salazar le gusta eso. Le gusta de cojones vernos desnudos. De sobra lo sabes tú, no te hagas el inocente ahora. A mí me parece bien, ¿qué tiene de malo? Contigo también lo ha hecho. Lo que más le gusta es mirar, ¿a que sí?
– Juanjo, no sé si me gusta esto. Mejor dicho, sí sé: no me gusta.
Ramón Durán está sentado en una silla de brazos junto a la mesa, donde aún queda restos de los vinos y de fruta y del queso del postre. Juanjo, que estaba recostado en una tumbona y que se había incorporado para quitarse la camisa y los pantalones, se levanta y se acaricia el pene con deliberado detenimiento. Una procacidad de piscina nudista, gay, una procacidad trivial. Se acerca a su amigo.
– ¡Chúpamela!, lo estás deseando.
– No lo estoy deseando. Esto es ridículo.
– ¿Ah, sí? ¿Esto es ridículo? Antes te gustaba, ¿por qué no te gusta ahora? Desnúdate tú también, joder. Le damos por el culo al viejo cuando llegue.
En ese momento entra Salazar en la terraza. Se queda contemplando absorto a Juanjo. Juanjo se le acerca y le acaricia. Salazar permanece inmóvil.
– ¡Esto es una locura! ¡Una imbecilidad, además! -dice Durán, sin moverse de su sitio. Él también ha quedado cautivado por la escena procaz. ¿Qué irá a pasar ahora?, piensa Durán con curiosidad sin poderlo remediar. Es una escena desabrida, un sentimiento de violencia ejercida contra él, contra Salazar, contra el previo bienestar solar de la terraza. Una violencia innecesaria. La ternura de deseo transformada en violencia objetiva.
– ¡Chicos, chicos! -exclama Salazar en su más suave tono de voz-. Vístete, Juanjo, que vamos a charlar un poquito los tres.
Juanjo le obedece y se viste. Se pone los pantalones sin los calzoncillos ni la camisa. Salazar se sirve un vaso de vino rosado.
– ¡Excelente este Casal Mendes! -declara alzando su copa llena Salazar-. Vinho de mesa, served chilled .
Durán piensa: Éstos se están burlando de mí. Lo del vino es una burla. No es lo mismo dos que tres. No es lo mismo Juanjo y yo de jóvenes, Juanjo y yo solos en Madrid, que esto. Esto es una encerrona.
Juanjo piensa: Esto me pone. Todo lo que me aburre Ramón solo, me gusta con otro. Estoy empalmado, pensando con la polla. Con qué hostias voy a pensar si no. Los tres estamos empalmados. ¿Por qué hostias no acabamos? ¿Aquí quién no quiere? Juanjo ahora alza la voz:
– ¿¡Joder, tíos, aquí quién no quiere!? Porque yo quiero. Éste no quiere. -Ahora señala con la cabeza a Durán pero dirigiéndose a Salazar-. ¿Estás empalmado sí o no? Sí, si te conoceré yo.
Salazar piensa: ¿No es esto lo que yo quería? Esta explosión vulgar, descarnada, lingüísticamente descarnada también, es lo que yo quería. Y tiene razón el Juanjo. ¿No estoy yo mismo empalmado también? Estoy, sin embargo, algo asustado, eso también, porque ¿qué va a pasar después? Lo que puede pasar ahora es bien fácil y es bien tonto. ¿Y después? ¿Es ésta mi fantasía final? ¿Es esto mi final? Reunirme aquí con estos dos, o con otros dos, y verles masturbarse o follarse hasta que yo mismo me empalme bien y pueda intervenir, y luego que se larguen. Es mi hora de tomar un baño de sales. Esto requiere vino. Requiere desvergüenza. Las ventajas de la desvergüenza, que ya descubrieron los pacientes de Davos Platz en la Montaña Mágica. Ese descubrimiento sólo es posible cuando se está perdido. Aquellos tuberculosos estaban perdidos Y yo, ¿yo estoy perdido? Qué atractivos son los dos, sobre todo, ahora, Ramón Durán. En voz alta dice:
– ¿Por qué no quieres, Ramón, entrar en este inocente juego con nosotros? ¿Qué más da que seamos tres? Tú y yo solos ya lo hemos hecho. ¿Te acuerdas la primera noche, que te pedí que te masturbaras y lo hiciste? Me gustó tanto verte. Y Juanjo no es ningún extraño. ¿Qué te pasa?
Ramón Durán dice:
– ¿Y así vamos a seguir siempre? ¿Esto es lo que vamos a hacer todas las tardes? ¿Para esto nos tienes en tu casa? ¿Nos vas a cobrar en especie ahora? ¿A cómo el polvo, a cuánto la corrida y la mamada? No sé por qué, me parece repugnante, me parece mal. Y me parece mal, sobre todo, porque a la vez que me parece mal, no me parece mal. A la vez me da lo mismo…
Juanjo exclama:
– Si no te parece mal, joder, a qué hablas tanto.
– Habla porque está asustado, ¿no lo ves tú mismo? -Salazar dice esto porque teme que si Durán se siente agredido o provocado de cualquier modo, acabará yéndose. Y Salazar no quiere que esto acabe. Lo verdaderamente delicioso ni siquiera ha empezado. Necesita tranquilizarlos a los dos. Por eso añade-: Vamos a hacer una cosa, chicos. Son ya casi las siete de la tarde, vamos a darnos una ducha, cada cual por su lado, nos arreglamos y nos vamos a cenar por ahí. Como decían los gitanos en los tratos: ni para ti ni para mí. Vamos a partir la diferencia.
La voz sedosa de Salazar, su buen aspecto, su seguridad de hombre de mundo, tranquiliza a los chicos. Es como un encantamiento. Las palabras de Salazar funcionan como un ensalmo. En el fondo, ni siquiera Juanjo Garnacho desea lo que dice que desea. También él desea ponerse los bóxer, darse una ducha y cenar una buena cena.
Salazar, por supuesto, tiene un plan: un diminuto plan que sería risible e incluso inocente si no fuera porque implica usar sectorialmente a los dos jóvenes. Salazar no es, sin embargo, del todo autoconsciente ahora: está, como suele decirse, encoñado de Juanjo y está encoñado de esta fantasía del trío en la cual él es el mirón que dirige la escena. Se siente director de escena. La posibilidad de dirigir una escena en la cual su papel es eróticamente reducido le llena de gozo más cuanto más tiempo pasa con los chicos. Al fin y al cabo, piensa, esto es pan para hoy y hambre para mañana. Para mañana ya veremos. Lo que quiero lo quiero ahora. La fantasía es de ahora, ellos se cansarán después, yo también me cansaré después. Nada grave habrá sucedido. Quedaremos tan amigos. Por su parte, Ramón Durán se alegra. La verdad es que no desea romper con Salazar ni con Juanjo. La verdad es que no desea marcharse a la calle él solo. Desea ceder. Y siente curiosidad. Y siente, cómo no, deseo de hacer el amor con Juanjo y de dejarse querer por Salazar. Luego todo está bien para todos. La única dificultad que aún perturba esta noche a Ramón Durán es el recuerdo de su madre. ¿No debiera dejarlo todo e irse a Marbella? Se tranquiliza pensando que su madre ha pasado por temporadas depresivas y angustiadas antes de ahora y que no hay nada nuevo en la vida de su madre que él pueda arreglar por, simplemente, ir allí. Iré, se dice, dentro de unos días. Mañana por la mañana telefonearé sin falta a Marbella y pasaré el fin de semana con mi madre. Salazar se ha duchado primero e invita a Durán a ducharse en su baño. Juanjo se está duchando en el otro baño. Salazar se sirve un Martini seco. Juanjo se contempla desnudo y empalmado en el espejo del cuarto de baño de invitados. Durán deja que el agua caliente le tranquilice los nervios y le haga sentirse embellecido, limpio y bueno siquiera por esta noche.
¡Qué elocuente el teléfono! Mucho más exacto, más aterrador, quizá también más regocijador que la vista, el ojo. ¡La voz es el espejo del alma! Todo esto está ahí presente, subliminalmente presente en la llamada que, dos días después de lo anterior, hace Durán a su madre. No puede no oír Durán la angustia sin objeto de esa voz, la depresión que subyace y se expresa en los fraseos incompletos, en la somnolencia de los abatimientos, la podrida o recocida nostalgia de un pasado imaginario -¡y a estas alturas casi del todo ficticio!- que, por teléfono, les arropa a los dos, a Chipri y a Durán, en un ahogado abrazo maternofilial vagamente suicida. Durán ha telefoneado a su madre hacia las ocho de la tarde del segundo día: casi lo único que Durán ha dicho -repitiéndolo una y otra vez- es que irá a ver a su madre, que con seguridad, a finales de la presente semana o principios de la siguiente, irá a verla. No ha querido dejar a su madre el número de su móvil, que es nuevo, porque ha cambiado el antiguo, temeroso en el fondo de que su madre le llame constantemente (temor éste del cual Durán se avergüenza, porque la verdad es que su madre rara vez llama y usa siempre con gran discrección estos nuevos medios de comunicarse con el hijo). «Estoy bien, estoy bien -repite Chipri-. No te preocupes, estoy bien. Lo que tomo me da sueño, eso sobre todo, tomo Lexatin y me da sueño todo el día. Me gusta en realidad tener sueño. Con el sueño sueño sueños. Me tumbo en el sofá, corro las cortinas, y sueño sueños»… ¿Qué significa esto? Durán no está acostumbrado a descifrar cifras. Especialmente, no tiene costumbre de descifrar a su madre. Toda la vida se han llevado bien los dos. Toda la vida los dos, no habiendo nadie más entre los dos, se han apoyado, se han mimado, se han entendido, con las reservas que ya se señalaron al principio de este relato, tanto por parte de Durán como de Chipri. Pero la relación, en su conjunto, ha sido siempre fluida, divertida, no-problemática, saludable. Y Durán ahora no tiene, con Juanjo o con Salazar, ni por separado ni juntos, una relación saludable. Durán mismo no llega a expresarlo así. No dice: Esta relación con estos dos no es saludable. Está, sin embargo, demasiado atrancada, demasiadas veces hay celos, hay irracionalidades que Durán no es capaz de desentrañar deprisa o con facilidad. Ahora, con su madre, le ocurre algo parecido, y esto es una novedad que no sabe cómo gestionar. No acierta Durán ahora a separarse de su madre lo suficiente para tiernamente verla de lejos y corregir los varios enfoques, los varios juegos de distancias y cercanías que se requieren para entender a una persona a quien queremos cuando se encuentra en dificultades.
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