Ninguno de los dos llamará por teléfono al otro. Que este asunto quede suspendido ahí y así, sorprenderá muchísimo a Allende a lo largo de los años. Javier Salazar regresa, para Allende, a esa misteriosa zona donde habita en su distante belleza delgada. ¿Por qué Javier Salazar no vuelve a telefonearle? Allende no lo sabe. Allende, a su vez, no llama por teléfono a Salazar porque ha decidido respetar su voluntad de secreto y de silencio. No volverán a verse hasta bien entrada la madurez de los dos. y entonces será un encuentro superficial, social. El primer encuentro revelador y profundo tendrá lugar, como se ha anticipado ya en este relato, cuando Javier Salazar, ya jubilado, lleva a vivir a su casa a Ramón Durán e invita a Paco Allende para que le conozca.
Ramón Durán ha pasado esa noche y la noche siguiente, tras la conversación con Salazar, en casa de un conocido. No ha contado nada. Por encima ha explicado que quiere distanciarse un poco del compañero con quien vive, que tiene una temporada borde. El conocido no ha hecho preguntas y no ha pedido nada a cambio, sólo el placer infantil y nostálgico de tener al guapo Durán en casa recogido. Pero Durán añora su vida en casa de Salazar y, por uno de esos efectos superficiales pero dolorosos de los celos, siente celos dobles: celos porque Salazar ama (supuestamente) a Juanjo Garnacho y celos porque Juanjo ama (supuestamente también) a Javier Salazar. Hay algo enérgico y saludable en Durán que le impulsa a la acción. Decide enfrentarse en serio con los dos hijos de puta (ésta es la expresión que últimamente utiliza para referirse colectivamente a sus dos amigos): así que acaba yendo a casa de Salazar, quien le recibe encantado, con una noticia perturbadora: en estos dos días de ausencia Chipri le ha llamado varias veces por teléfono:
– Tu madre parecía agitada. Ha llamado varias veces. Le he dicho que te habías ido de excursión. Dice que volverá a llamarte esta noche.
Durán llama por teléfono a su madre. Chipri está, en efecto, agitada. Pero su agitación no es comunicativa: a la pregunta qué te pasa, Chipri responde con frases deshilvanadas como: me siento muy sola, ha habido robos en el bloque, el amigo de mi amiga dominicana ha vuelto a pegarla. Me llaman por teléfono gentes que no conozco y que no dan su nombre, no consigo volverme a colocar en el hotel. ¿Cuándo vas a venir? Durán procura tranquilizarla. La verdad es que el simple hecho de hablar con su madre le ha tranquilizado. Ya en otras ocasiones Chipri ha dado muestras de agitación sin fundamento. Lo único que le ha parecido a Durán serio, aunque irreparable, ha sido que su madre dice que echa mucho de menos al Floren. Le ha ido a ver. Han llorado juntos. Florentino Pelayo no quiere hacerse responsable, ni siquiera un poco, de su querida abandonada. La conversación telefónica ha terminado, después de casi una hora, sin ninguna conclusión definitiva. Durán ha dejado claro que no tiene intención de trasladarse a Marbella en estos días. Sólo puede pensar ahora en su enfrentamiento con Salazar y con Juanjo. En la terraza de Salazar, junio trae su dulzura de estío juvenil: está florida, tupida, florecen los geranios. Salazar sirve deliciosas bandejas de merluza rebozada y langostinos con mayonesa y vinos tintos y rosados de Portugal. De pronto, todo parece solucionado y concluido. De pronto sonríen los tres. Juanjo está muy guapo y muy bronceado, altanero, chuleta, como de costumbre, pero amable. Durán prefiere este Juanjo crecido y un punto bebido, y limpio, y bien arreglado con las ropas estivales de Adolfo Domínguez y los polos Ralph Lauren, al Juanjo en chándal y sin afeitar que se encontró hace tiempo en Madrid. Salazar brilla también en su madurez sedosa, en el primer momento de su tercera edad, tan guapo todavía, tan distinguido, tan pulcro. ¿Y si todo fuera a salir bien? -se pregunta, esperanzado, Durán-. Aún podría salimos todo bien a los tres. Al fin y al cabo, Durán ama a su entrenador de futbito y admira el estilo elegante de Javier Salazar. Ese mediodía particular, cuatro días después de la noche solitaria y salvaje, la luz solar se encarga de igualarles a los tres, los dos jóvenes y el distinguido caballero que Salazar representa. Durán no ha contado que la primera noche que pasó en casa de su amigo del bar, llamó por teléfono a Allende y quedaron en verse, sin fijar una fecha. Durán no ha contado nada de esto porque no está seguro aún de que si las cosas van bien entre los tres, como parecen ir ahora, vaya a necesitar a Allende nunca más. La reunión de este mediodía es gratificante pero, incluso en medio de su ingenuidad, Durán percibe cierta reserva: tiene la impresión de que sus dos compañeros se esfuerzan por estar naturales y amables y por agasajarle (este mediodía Durán es el centro del trío), pero no acaba del todo de sentirse tranquilo. Se habla un poco de política, otro poco de la escena gay madrileña, de las vicisitudes del matrimonio homosexual que ha prometido el PSOE, se habla de los agradables vinos portugueses y los admirables langostinos recién cocidos por la asistenta de Salazar: así transcurre el mediodía. Salazar se retira a echar una cabezada, un sueñecito. Juanjo y Durán se quedan en la terraza.
La terraza es ahora un lugar esférico sombreado por las sombrillas, verdecido por los laureles y las hiedras. El jazmín trepador cubre toda una pared. No es una terraza grande sino adecuada, de unos veinte metros cuadrados, cerrada sobre sí pero abierta al cielo arriba. Aquí podría sen feliz una pareja, piensa Durán. Aquí podríamos ser felices ¿los tres?, ¿los dos? Parece la felicidad, el bienestar, al alcance de la mano. Los vencejos giran estáticos en el cielo levantado como una gran ofrenda, la belleza del mundo está a la vista. Y los cuatro elementos -el fuego, el agua, el aire y la tierra- giran apasionadamente en el corazón humano, en los ojos ingenuos de Durán e, incluso, en el torpe pero joven aún corazón de Juanjo Garnacho. El sagrado éter responde, más allá del resplandeciente firmamento sublunar, de que todo se encenderá con medida y se apagará con medida si los hombres se alzan más allá de sí mismos.
– Bueno, ¿qué tal? ¿Cómo lo ves, Juanjo?
– Lo veo de puta madre -declara Juanjo, con un tono de voz que casi resulta poético, no obstante la ramplonería de la frase.
– Estás contento entonces de haber conocido a Salazar.
– Se enrolla bien el tío, sí.
– Casi me habéis echado de la casa entre los dos -bromea Durán-. Hijos de puta, es lo que sois.
– ¡No jodas! Ahora todo va bien, parece. Estamos bien aquí. Yo estoy muy bien aquí, sí, desde luego. ¿Sabes lo que creo? ¿Sabes lo que yo creo que quiere este bujarra?
– No le llames así.
– Le llamo lo que es, se lo llamo cariñosamente. A él no le importa. Se lo llamo a su cara.
– Bueno, ¿qué es lo que crees?
– Creo que quiere que nos quedemos los dos y hacer un trío los tres, en plan orgía.
– ¡Por favor!
– ¡Ni por favor ni leches! Me lo ha dicho, además. Quiere hacer no sé qué, igual que lo hizo con unos en el campo de joven. Eso es lo que quiere.
– ¿Te ha dicho eso de verdad?
– Te lo juro. ¿Sabes qué me apetece?
– ¡Yo qué sé! -De nuevo vuelve a Durán el malestar de estas pasadas noches, ahora no son celos sino incredulidad, entreverada con, quizá, curiosidad. ¿Siento curiosidad?, se ha preguntado Durán en el abrir y cerrar de ojos de este instante. Se da cuenta de que está cautivado en esta terraza, en esta esfera turgente, húmeda, confortable. ¿Quién piensa en salir fuera? Nada hay fuera. El exterior y el interior, el cielo y la terraza entera, y el piso detrás, con Salazar en su habitación echando la siesta, todo es un corazón que late, discontinuo, disonante. El corazón del único mundo que, con excepción del mundo materno, allá en su juventud, ha conocido Ramón Durán. Y hay otro mundo también, el mundo de las carreras por la Ciudad Universitaria, el mundo del deporte, del esfuerzo físico, y muy remotamente ahora también el mundo de Allende, que Durán no alcanza a percibir de momento. Y también, claro está, el mundo de Chipri, su madre angustiada allá en Marbella, que ha tranquilizado a Durán en la última conversación, pero que no está tranquila y que ahora como una sombra intranquilizante, astringente, revolotea como un súbito vencejo que grita exaltado, aterrado quizá, enceguecido, y desaparece en el cielo candente.
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