– ¿No te gusto ya? Seguro que te gusto ahora más que antes, más que nunca. Vámonos ahí detrás y me haces lo que quieras. Deberías pensar que eres casi la primera persona, la única persona a quien me ofrezco gratis. Yo soy lo que tú llamas bellísimo, yo soy tu maravillosa belleza, la sombra del amor que en ti existe soy yo. No te engañes, nunca me olvidarás, y si esta noche me dejas ir sin usarme, nunca me olvidarás. Te perseguirá mi recuerdo, mi imagen, mi falsa ternura, te perseguirá mi frialdad y mis burlas. Vámonos, Paco, ahí atrás, y nos lo hacemos. ¿Tú descapullas bien? ¿Sabes que a mí me operaron de fimosis? Me quedó una polla muy bien hecha, me dijo el médico-psiquiatra, dos enfermeras se reían, fue asqueroso, anduve un mes con la verga vendada, en carne viva, ¿quieres verla?, ahora está bonita, vámonos, Paco, vámonos ahí detrás. Haz lo que deseas hacer conmigo, siempre has deseado conmigo lo que yo ahora te ofrezco hacer conmigo. Haz conmigo ahora lo que siempre has deseado hacer conmigo, tócame aquí mismo, ahora nadie nos ve, estoy muy excitado por mis propias palabras excitantes. Déjame que te toque yo, por una vez en la vida voy yo a tocarte y no al contrario, deberías sentirte maravillado y honrado, como si te la mamara Jesucristo.
Paco Allende sintió de pronto un frío intenso, una intensa sensación de lucidez y suspensión, como cuando tomaba anfetaminas. Sumido en aquel abstracto emocional del sentir y no sentir que sentía, del desear sin desear, del ser capaz de pensar desear sin estimulación orgánica. Tal vez -pensó- fuera así como Salazar se sentía siempre: anfetaminizado por la percepción de la propia belleza o por la vanidad física. Era la primera vez que Allende se sentía dueño de una situación amorosa. De ordinario se sentía endulzado y esclavizado tanto como su compañero y por lo tanto a salvo los dos de la tortura del deseo insatisfecho. Se sintió Allende, en aquel momento, clausurado, dentro de una bola de cristal, como en el Jardín de las Delicias . Dentro de esa bola de cristal estaban ellos dos y el mundo en torno era el boscaje, el Parterre, el cielo urbano de ese lado de Madrid, con sus ruidos del tráfico en Alfonso XII, con las sombras masculinas que entraban y salían, como almas en pena, en gloria, del laberinto de los aligustres: la intensa poética de lo homoerótico encarnizado, intenso y volandero. Se sentía muy excitado sexualmente. La intensidad de su excitación le hizo, a contrapelo, pensar que acababa de pensar una inexactitud: acababa de pensar que dominaba la situación, ¿pero dominaba la situación? Por un instante había creído a Salazar, por un instante había pensado que Salazar se le ofrecía. ¿Pero se le ofrecía Salazar? No domino la situación, piensa Allende ahora. Y añadió mentalmente: Así que tengo que irme, tengo que largarme a toda prisa, dejar a Salazar con la palabra en la boca, que se corra solo, que se corra con otro, no conmigo. Y salió corriendo en dirección a la puerta que da al Casón del Buen Retiro. Poco antes de llegar al final de la balconada, se volvió para ver si Salazar le seguía. Pero no le seguía. Había desaparecido Salazar. Ahora Allende se sintió apenado. ¿Cómo puedo estar tan loco? -pensó-. ¿Por qué no aproveché la ocasión? ¿Cómo puedo ser tan desconfiado, si yo le deseo y le amo? ¿Qué más da quién domine la situación? ¿Por qué no hice lo que me decía? Se sentía tan excitado y tan triste, que no quiso salir del parque y volvió a subir lentamente por el otro lado del Parterre. Voy a volver a buscarlo. Seguro que está con los demás. Así que dio toda la vuelta, pasó por el lugar donde Salazar le había seguido y paseó por el paseo central, metiéndose por los caminitos de la derecha, en busca de las sedientas sombras masculinas, en busca de Javier Salazar, sumido ahora, según creía, entre ellas. Las blancas piernas desnudas (la noche verdosa blanquea las blancas piernas masculinas, las hace relucir, peladas, de alabastro tiznado), con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, eran irresistibles: dúos y tríos. Se metió debajo de uno de los pinos y se bajó él mismo los pantalones y los calzoncillos y se corrió violentamente abrazado a un chico joven que olía a sudor y le hocicaba la cara como un perro. Correrse le alivió. Un ruido, una voz de alarma los dispersó a todos, un coche patrulla, despavoridos. Se dispersaron todos, fragmentadas las esferas de cristal, las delicias del Jardín de las Delicias. Se iba a cerrar el parque, así que a buen paso se dirigió a la puerta más cercana, la que da a la cuesta de Moyano. Ahora ya no deseaba a Salazar: sólo deseaba regresar a la pensión y dormirse. Mañana, claro está, sería otro día.
Esto, agitadamente, Allende rumia y rumia, no sabiendo si telefonear a Salazar o no. Contando con que Salazar le llamará, contando con que Salazar, que dijo que le deseaba, dijo la verdad. En el fondo cree que Salazar no le llamará: He aquí que puedo recorrerlo todo otra vez y no he olvidado nada. Dentro de una semana o dentro de un mes, dentro de un año, lo habré quizá olvidado todo y de nada habrá servido que sucediera lo que sucedió. Pero ahora mismo aún lo recuerdo, no lo he olvidado aún, aún lo tengo en la punta de los labios, en la punta del nardo, y eso es… ¿qué? Empezando por lo más obvio: ¿por qué los dos nos hablamos de ese modo salvaje, brutal, vulgar, no como los heteros hablan a las mujeres que desean, o como a ellos les hablan sus mujeres? Sólo con sus putas hablan los hete ros como nosotros nos hablamos de ordinario, brutalmente, carcelariamente, como en la puta mili, ¿y por qué? Es evidente que goloseamos las palabras, las vergas, las pollas. Hay una obra de teatro o una película inspirada en Genet, Chanson d'amour , cuyo único asunto son dos presos que se observan el uno al otro por una rendija entre las celdas y agitan las pollas delante de la rendija alternativamente. Eso en Londres lo hice yo, en los urinarios de Victoria Station y otros sitios: (Allende ha ido a Londres un verano y sólo fue a eso, a ligar, y ligó mucho, por las calles calurosas del Londres estival, tan prohibido el amor que no se atreve a confesar su nombre, allí como aquí). Aquí lo único que se añade nuevo en mi lengua materna -piensa Allende-, es este lenguaje homomacho: esta nostalgia de los lugares machos, de los tópicos machos, de los uniformes machos. Allende recuerda su servicio militar (hizo milicias universitarias en La Granja): las ocurrencias, los deseos, las letrinas, la corriente de la conciencia, que vela toda lucidez, se retuerce dentro de Allende como una lombriz solitaria. Una y otra vez el lenguaje homomacho vuelve a repetírsele: ¡Por mis santos cojones que vas a barrer la tienda!: todo el remusgo homomilitar, homohombrón, homopelón, reluce ahora, se corre ahora por la lengua de Allende y emplasta el semen-engrudo en su conciencia que no llega al concepto, que se queda en los capullos floripulcros pulilindos bubónicos del deseo palabrón. Allende se pregunta una y otra vez lo mismo: por qué este lenguaje envilecido, castrense, cojonudo, imitamonos, imitahombres. ¡Algo hay aquí que me dice quién soy yo, pero no puedo sacarlo en limpio! Y vuelve Allende, una y otra vez -traspasada toda esta delicuescencia homofilológica- al asunto central que ni siquiera sabe cómo formular y que por fin formula preguntándose, una vez más: ¿Se estaba tirando Salazar un farol conmigo, contra mí, cuando dijo que quería meterme mano? ¿O es todo parte de mi autoengaño, mi babosa locura?
Al escaparse a la carrera esa noche, Allende, sin saberlo, optó por la única vía capaz de atraer a Salazar. (Esta fascinación por lo que le rehúye explicará más adelante el apego mórbido de Salazar por Juanjo Garnacho y el desdén que acaba sintiendo por Ramón Durán, quien, al no escapársele, no puede retenerle ni atraerle.) Para sorpresa, pues, de Allende, Salazar le telefonea, por mediación de Almudena, la noche siguiente a la noche del Retiro. Quedan en verse al día siguiente.
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