A su pesar, Allende, aquel mes de octubre, se entregaba a la elocuencia sonámbula de Carlitos Mansilla. Se dejaba Allende arrastrar por aquel río de la elocuencia amorosa, puesto que -leía conmovido Mansilla-: tienen los ríos tres propiedades: la primera, que todo lo que encuentran lo embisten y anegan, la segunda que hinchen todos los bajos y vacíos que encuentran delante, la tercera que tienen tal sonido que todos los otros sonidos ocupan: los ríos sonorosos. Allende pensaba: ¿Y por qué no? ¿Dónde en todo esto está el mal? O bien -rumiaba Allende-, o bien no hay mal que por bien no venga: o bien no hay mal alguno en todo esto, en todo este sonoroso amor de Carlitos por el guapo Salazar, quien hace, en la conciencia ingenua de Carlos Mansilla, las veces de Dios mismo. ¿Y por qué no? ¿Qué le importa a Dios, que es infinito, ser sustituido en ocasiones, inocentes y puras como ésta, por un pobre mortal, un ente finito como Javier Salazar, en el corazón de un crío bondadoso que no conoce el pecado, que no ha pecado nunca y que, como la Virgen, sine labe originale concepta ha sido concebido y vive entre nosotros sin pecado original. Y se daba cuenta claramente Paco de que perdía el oremus , enamorado él mismo del amor -¡tan unilateral, por desgracia!- de Carlitos Mansilla. Y Allende echaba cuentas y decía entre sí: No puede esto acabar mal: ha de acabar bien porque los dos son buenos, inocentes y jóvenes los dos, Carlitos y Javier. No puede acabar mal porque, aunque Javier Salazar sea mucho más distante y frío, acabará también él enamorándose de este pobre niño, y como ambos desean lo mejor para el otro, acabarán dejándolo o, Dios me perdone, perfeccionándose en el amor que sienten el uno por el otro. Sin embargo, Paco Allende se daba claramente cuenta de que ni siquiera en la irrealidad de sus ensoñaciones, ni siquiera en broma, cabía referirse al enamoramiento aquel como algo mutuo. La presencia de una corriente fría en el sonoroso río del amor de Carlitos Mansilla era innegable. No sólo -descubrió Allende- Javier Salazar no amaba a su amante, sino que, desde el comienzo de este segundo curso, a ojos vistas se veía que empezaba a detestarlo. Era obvio que aquellos recitativos místicos -el entrevero aquel de cristalinas fuentes, semblantes plateados, ojos deseados, ríos sonorosos, gocémonos amados, y todo lo demás- irritaba a Javier Salazar muchísimo más de lo que -y por razones muy distintas y extrañas- jamás irritaron a Paco Allende los recitales de poesía mística en los paseos del año anterior. Allende observó que Salazar palidecía de ira o de quién sabe qué quemante emoción, mezcla de desdén y tedio, cada vez que oía decir al pobre Carlos (que algo barruntaba, algo, si se me permite así expresarlo, se maliciaba): Todas estas cosas del amor no las hacen los hombres sino Dios, que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. Todo lo ordena Dios, ¿verdad, Paco? ¿Verdad, Javier, que todo lo ordena Dios? Y donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. En una ocasión -recordaba Allende- declaró Salazar: «¿Cómo puedes, Mansilla, ser tan memo, tan obtuso y tan memo, que eres incapaz de entender ni lo más obvio de los textos de un clásico castellano sin convertirlos en expresión de tus propios memos sentimientos? Francamente deplorable, Carlos.» Pero Carlos no registraba el tono frío y cortante de la voz de Salazar. Sólo registraba los ojos deseados que tenía, en las entrañas, dibujados. Y que, en la opinión empírica y escéptica de Paco Allende, hubieran podido ser los ojos de cualquiera, lo mismo daba Javier Salazar que un chapero entrevisto al cruzar una calle en Madrid.
¡Todo aquel cortejo, tan verdadero, tan poco realista, tan falso: menos falso, sin embargo, de lo que parecía! Allende decidió que aquello no podía acabar bien (eso es lo que le inspiraba su innato pesimismo), pero, a la vez, decidió que tenía que acabar bien y que él haría todo lo posible por que acabara bien, siguiendo en esto los dictados de su innato optimismo católico -o como quiera designarse-. Podía acabar bien -Allende pensaba- si los contrayentes, los contagiados, se declaraban su mutuo amor sin más complicaciones. Pero era imposible que semejante declaración partiera de los labios de Javier Salazar, de la misma manera que era imposible que una propuesta amorosa racional -o incluso irracional pero aceptable- procediera de Carlos Mansilla. Tan embriagado estaba este pobre Carlos de los sentimientos que sentía, que no podía formular nada que no fuese gestual: porque tan pronto como entraba en el paraíso docto de la falta de inspiración amorosa que caracterizaba la vida del noviciado, y en especial la vida de Salazar, tan pronto como prolongaba la vida de Allende más allá del hoy y del mañana, se encontraba con que no había en Salazar amor alguno por Carlitos ni por nadie. No era un defecto, pensaba Allende, era una disposición del carácter -el carácter es el destino del hombre- y en el caso de Salazar ni él sentía amor por nadie, ni podía admitir que alguien sintiera amor por él sin sentir vergüenza ajena. Pero esto daba lugar a barreras insalvables para el amante, fuese quien fuese. Cuando llegó la primavera (april is the cruelest month), Carlos Mansilla perdió un buen día pie: aquella tarde de sábado habían salido Carlos y Salazar a dar una vuelta por los acantilados (un paseo común que los novicios solían dar entre cuatro y seis de la tarde). Desde el paseo se podía bajar a las playas rocosas sin gran dificultad. En estas playas había un buen número de cuevas. Aquel día bajaron los dos, Carlitos y Salazar, a la playa por una senda de quebrantas embarradas, que se resbalaban. Las margaritas lucían su rostro amarillo, enmarcadas en su diminuto alzacuellos blanco. Y las amarillas flores de grillos y las moradas florecillas sin nombre, y el amor sin nombre, y la dulce luz sin nombre, y el aire sin nombre, circundaban a Carlitos Mansilla como púas, como anzuelos, como garras, como zarzas, como cepos, como incisivos dientes del rosal de la Virgen María. Aquella tarde no había bajado con ellos al paseo Paco Allende porque se había quedado a repasar su traducción de La guerra de las Galias para la clase de latín del siguiente lunes, así que, por desgracia, bajaron los dos juntos, solos, Carlitos y Salazar. Era una tarde de marea baja, y el mar, que estaba lejos, había dejado húmeda la arena y tranquilas las cuevas verdeoscuras que en el aire de abril resplandecían, interiores, tras haber sido submarinas, aéreas, atravesadas por el aire fresco del mar con gritos de gaviotas, tras haber sido súcubas, bajo el peso del agua semoviente como un animal extensísimo, sin alma y sin forma, que cancela todos los circuitos del mundo inteligible, hasta volvernos a todos ondulantes, mutantes, como el cielo oleaginoso de los deseos al atardecer, del amor al atardecer, el inmanente amor sin salida: pero ahora, que eran transitables, eran húmedos lugares exaltados, oscuras cavernas del sentido, analogías rutilantes y confusas de los versos de San Juan de la Cruz y sobre todo del alma exaltada y acongojada de Carlitos Mansilla.
– Vamos a subirnos ya, que hace aquí frío -declaró Salazar nada más poner el pie en la playita de bajamar.
– A veces se puede querer a una persona tanto, que se te seca la boca al hablar. Vas a hablar y se te ha secado el paladar, y con la boca seca no se puede hablar, eso pasa, de puro a una persona que la quieres.
– No te enrolles, Charles Boyer -gruñó Salazar.
– Siéntate aquí un momento que te tengo que decir una cosa un minuto.
– ¿Qué me tienes que decir? Dímelo mientras subimos. -E hizo ademán de empezar a subir.
Y dijo Mansilla:
– Te quiero. Sólo te quiero a ti y no quiero a nadie más. Sólo pienso en ti. En ti pienso todo el día y también por la noche, día y noche. ¿A que no te has dado cuenta?
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