– Quiero saber lo que ha pasado, tú. Tú sabes cómo ha sido, estoy seguro. Y me lo cuentas, o aquí va a pasarte algo malo.
– ¿Qué me va a pasar?
– O me lo cuentas, o cuento yo que le has matado tú.
– Mentirías.
– ¿Mentiría? ¿Y qué? Si no me cuentas ahora mismo, voy al rector y digo que le empujaste tú y que yo os vi. Da igual que sea mentira.
Algo en la entonación de Allende hizo que Salazar perdiera su habitual seguridad en sí mismo. Así fue como contó a Paco Allende la mayor parte de lo ocurrido, aunque en ese primer relato sólo refirió, muy por encima, lo que el propio Salazar había contado al padre espiritual. Eso mencionó apenas aquel día.
Y, sin embargo, se acabó sabiendo. Como no era secreto de confesión al fin y al cabo, y como acabó tan trágicamente, quizá el rector y el padre espiritual, contristados, lo comentaron con otros padres o lo dejaron entrever a algún alumno de los muchos que les visitaban para las tutorías. O quizá la versión que a Allende le llegó fue una versión cualquiera, una de las muchas posibles que los estudiantes inventaron y que acabó circulando como lo que de verdad había sucedido. En cualquier caso, cuando Allende, indignado por la versión aquella, se la presentó a Salazar bruscamente, éste no negó que fuera cierta: Siempre se exagera , fue su único comentario.
– La gente dice que se mató por ti, y quizá sea verdad porque me consta que te quería mucho, pero no tienes de eso tú la culpa. Lo que quisiera saber yo, oírtelo decir a ti es lo que de verdad pasó entre vosotros, y sobre todo lo que contaste al rector. Eso fue lo que desencadenó el suicidio. Estoy seguro.
– ¿Cómo vas a estar seguro? Nadie puede estar seguro de lo que pasa por la cabeza de un suicida en el último momento. El pobre Carlos no tenía sentido de la proporción, sentido de lo que conviene o no conviene hacer o decir. Si, como dices, se suicidó por culpa mía, sólo fue porque yo no le seguí la corriente. ¿Qué esperabas tú que hiciera? ¿Hubiera sido preferible, crees tú, Paco, que hubiera yo fingido amarle o que me hubiera dejado querer? ¿Hubiera sido eso mejor?
– No sé qué hubiera sido mejor o peor en este caso, pero lo que se cuenta no es eso. Nadie discute lo que tú debiste hacer o dejar de hacer con Carlos. Lo que se dice es que tú le denunciaste.
– Tuve que denunciarle, tuve que contar lo que pasó al rector porque ésa era mi obligación. Suponte que te hubiera sucedido a ti. ¿Qué hubieras hecho si Carlos te dice que está enamorado de ti?
– Sé lo que no hubiera hecho -contestó Allende, procurando contenerse-. No se lo hubiera contado a nadie, y menos al rector.
– ¿Ah, no? ¿Y qué hubiera pasado entonces? ¿Crees que Carlos se hubiera conformado con eso? ¿Crees que hubiera sido mejor no contar nada? Porque si de verdad crees que Carlos se hubiera tranquilizado, te engañas. Yo hice lo que estaba seguro de que era lo mejor para todos, corté por lo sano. Y lo sano en este caso, lo único sano que todavía le quedaba al pobre Carlos, era su relación con el colegio, nuestra relación con el seminario. Lo único sano que le quedaba a Carlos, la única sanidad posible, era ponerse en manos de la autoridad competente. Y como él, por sí solo, no iba a hacerlo, lo hice yo por él. Nunca sabremos qué pasó después, nadie lo vio, nadie estuvo allí para verlo.
Allende no pudo desahogar su gran ira de aquel momento, que se volvió en pocos días contra sí mismo: le pareció que él era el único culpable de la muerte de Carlos, por no haberse dado cuenta de la inútil pasión -tan conmovedora a la vez- del chico. Al cabo de una semana, no mucho más, decidió que dejaría el seminario a fin de curso: nada podía ser ya igual sin Carlos Mansilla, tampoco la amistad con Salazar podía seguir. Entonces, a la vez que Paco Allende evitaba encontrarse con Salazar en los recreos o en los paseos, Salazar hacía ahora todo lo posible por coincidir con Allende. Era una contradanza estúpida, era, a la vez, intrigante y desasosegante para Allende. ¿Por qué quería Salazar proseguir la relación si se veía claro que no podía ya seguir sin Carlos lo que había habido antes entre ellos? Por otra parte, Allende, al cabo de un mes de contradanza, de solicitaciones y de evitaciones, era ya casi pleno verano y las vacaciones se echaban encima, comenzó a sentir una gran compasión por Salazar. Al fin y al cabo, ¿quién era Allende para juzgar lo sucedido, para sentirse tan entristecido que ya no fuese capaz de reanudar la amistad? ¿Y si Salazar le necesitaba? ¿Y si Salazar no hubiese tenido, realmente, culpa alguna? ¿Y si Carlos Mansilla no le hubiera dejado ninguna otra opción a Salazar excepto el rechazo? Tuvo Allende la impresión de que Salazar, a consecuencia del rechazo que sufría por parte de Allende (a consecuencia quizá también de pensar que había causado el suicidio de Carlos), había perdido algo de su aire olímpico inicial, había accedido quizá a un estrato más profundo de sí mismo, donde surgía el arrepentimiento y quizá el amor. Así que con ocasión de un paseo de domingo Allende dio por terminada la evitación y accedió a relacionarse con Salazar en los antiguos términos. Pero entonces ocurrió algo muy raro que aterrorizó a Allende, porque no podía desmenuzarlo en su conciencia, ni dejarlo correr como si no tuviera importancia: Allende se enamoró de Salazar. ¿Era esto monstruoso? ¿No era monstruoso que Salazar ahora, aparentemente compungido, hablando dulcemente de Mansilla, resultase adorable? ¿Estaba Allende abandonándose a una trampa tendida expresamente por Salazar? ¿Qué sucedió entre ellos en ese mes escaso en que, de alguna manera, Allende se convirtió en una imagen de Carlos Mansilla?
Paco Allende había ya aquella primavera rechazado del todo su incipiente vocación sacerdotal: era un error, había sido un error: el ambiente tan de derechas de su casa, tan católico y también tan cultivado en muchos sentidos -su padre leía el Criterio de Balmes y los Fundamentos de filosofía y la Historia de las ideas estéticas de Menéndez Pelayo, y la revista de los dominicos de las Caldas de Besaya-. En su casa se recibía Razón y fe , había un ambiente de catolicismo ilustrado, con las lecturas de Jacques y Raisa Maritain y también de Bernanos y de Julien Green y de Mauriac. Irse al seminario había sido un muy natural, muy intelectual proyecto de Allende. La culminación de toda aquella cultura de católicos ilustrados fueron los libros sobre el sentido teológico de la liturgia, la revista Art sacré y sobre todo el famoso libro en seis volúmenes Literatura del siglo XX y cristianismo de Charles Moeller, traducido por Valentín García Yebra. Tenía una vocación de intelectual católico Paco Allende que, de alguna manera, por esa inercia fogosa de la juventud, le condujo al seminario. El enamoramiento de Carlos Mansilla (ahora que Carlos había muerto, tenía la impresión Allende de que la vida de Carlos quedaba expuesta, objetivada ante todos como para servir de ejemplo. ¿Ejemplo de qué? ¿Ejemplo de absurdo, ejemplo de los desastres de la pasión amorosa, ejemplo de inocencia? Era un por ejemplo que no ejemplificaba nada en particular: era la forma pura de un ejemplo que no podía del todo especificarse) servía de pronto a Allende a manera de un gran primer plano en un cuadro que relativiza todo el resto del cuadro: sobresale lo que se halla en primer plano y todo lo demás, de algún modo, pierde interés, se limita a ser sólo acompañamiento o ambientación. Así, la abultada y estrambótica pasión de Carlos (lo estrambótico parecía sobresalir ahora en la pasión de Carlos, mientras que antes, Allende al menos, no lo había percibido) había, al presentarse con tanto detalle en primer término, sombreado las propias emociones de Allende con respecto a Salazar: Salazar era a los diecisiete casi el prototipo de todo lo que Paco Allende había querido ser y sabía que nunca llegaría a ser: alto, hermoso, misterioso, de inteligencia rápida y muy buena memoria, irónico y tierno a la vez. En esta nota de la ternura no había reparado Allende hasta entonces: siempre le había parecido Salazar una persona fría. Ahora, de pronto, le percibía tierno y frágil. Ahora, de repente, horrorizado, descubre Allende que Carlitos Mansilla era un incordio. De pronto, Carlos Mansilla es un insensato, un borrón, un perrito del hortelano, un pobrecillo que había elegido la salida aparatosa del suicidio (quizá fue después de todo un simple y triste accidente) porque la continuación de la vida le resultaba imposible.
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