– ¡Es Araceli, mírala! -exclamó Chipri, y agitó la mano en el aire.
Araceli iba por la otra acera y al ver a Chipri cruzó, ondulatoria, la calzada entera, los coches casi se paraban, era una negra de café con leche que a Durán le pareció altísima y bellísima, una Carmen Miranda sin sombrero-cesto frutal en la cabeza.
– ¡Jehová bendito, pero este call-boy quién es, quiero saberlo! Quiero que me des su celular, que tendrá tres, último grito. Con razón te echó de menos Franchipán ayer, que te estuvimos aguardando hasta la noche, Franchipán y Chelo y todas. Un call-boy venezolano. ¡Pero completamente tú pareces Chipri aquí, con este gigoló total, la personaje de Sweet bird of youth , la Geraldine Page, Chipri, la movie star sensacional. ¡Introdúceme a mí a este joven hombre bárbaro que llevas!
– Es mi hijo Ramón -dijo Chipri, complacida.
Ramón Durán vio el cielo abierto. Esto era, esta Araceli, lo que su madre venía necesitando: este mundo -pensó Durán- superficial, acomodado, que haga sitio a mi madre sin exigir gran cosa, sin herirla. Se alegró de haberse encontrado con Araceli y decidió aprovechar lo del call-boy y los demás absurdos para retenerla con ellos toda la tarde, a ser posible. De esa manera -añadió pesaroso Ramón Durán mentalmente- no estarían los dos solos, mano a mano, cada cual con sus secretos, para empezar yo con el mío, porque quizá el que tenga yo toda esa vida de Madrid, de Salazar, también de Juanjo, de la que no he hablado a mi madre nunca, me hace temer secretos en la vida de mi madre, que nunca antes tuvo secretos para mí. Y los secretos nos distancian.
Todo esto iba intercalándose en el animado monólogo de Araceli, que ahora contaba cómo Franchipán no había podido concentrarse en el candomblé de todo bien ayer tarde por culpa de no haber Chipri estado allí, como dijo que iría y estaría. Ramón Durán intervino al llegar aquí:
– De lo de ayer tengo la culpa yo, Araceli, que me presenté sin avisar. Y mi madre, que estaba arreglada para salir, no se atrevió a dejarme y a salir. Tengo yo toda la culpa.
La tarde transcurría apaciblemente. Habían ido a sentarse -era una buena tarde de otoño malagueño- en uno de los cafés de la plaza de los naranjos. Había una profusión de rojos difuminados, de magentas, y un herrumbroso color piel de membrillos en el aire blanco, atardecido y marítimo. Tomaron chocolate con churros y la madre de Durán contó, muy animada ahora, de los primeros tiempos de Marbella, cuando era joven, cuando se fundaron los primeros hoteles, gentes elegantes de Madrid, conoció ella tanta gente en la sombrerería-tea room de Ana de Pombo, que quedaba allí mismo, cerca del puesto del churrero. Durán se sentía cada vez más tranquilo, se dejó ir por la conversación de ambas mujeres y sintió una casi tierna simpatía por Araceli al ver a su madre contenta y aparentemente tranquila hasta el final de aquella tarde. Ya habría tiempo en estos días para preguntar a su madre quién era Franchipán y quiénes más había en ese grupo que su madre conocía, y a qué había venido el llanto la otra tarde, el desconsuelo, y si aún veía al Floren. Tenía todo el tiempo del mundo para esclarecerlo todo y dejar las cosas arregladas. Esta idea de arreglar las cosas, allanarlas, le impulsaba a Durán hacia delante, a aguardar con tranquilidad el final de esta tarde y de las tardes siguientes: todo iría bien, todo saldría bien. La angustia que creyó detectar en la voz de su madre por teléfono fue tal vez fruto de su propio carácter aprensivo, de su sentimiento de culpabilidad fruto de la distancia. Todo estaría bien y acabaría bien dentro de poco. Sentía ganas casi de echar a correr, como de crío, todo alrededor de la plaza de los naranjos entre las mesas de los restaurantes para celebrar el bienestar universal que ya llegaba. Serían las siete de la tarde, que se sentía ya el relente, cuando se levantaron. Volvieron a casa paseando lentamente, acompañados un buen trecho por Araceli, que no vivía lejos de su madre. Quedaron en almorzar al día siguiente los tres juntos. Iba a cerrarse la tarde de ese modo, con el encuentro de mañana como un lugar común para los tres. Todo iba a ser cuestión de elegir bien el restaurante, el menú, el vino, de estar guapo y simpático Durán y ellas dos locuaces y exóticas: contagiada Chipri de la negritud del cafetal y la lozanía de la carne mulata y los labios grandes con sabor a papaya. En esto, un coche, al llegar al último semáforo antes del bloque de Chipri, se detuvo junto a ellos tres y un hombre que bajó el cristal ahumado, con velocidad y suavidad de coche bueno, requirió a Araceli:
– ¿Por qué no estás on the phone ? ¿Qué has tú estado haciendo todo el día? ¡Vente ahora, come on in, I've got to talk to you!
Y, para sorpresa de Ramón Durán, Araceli montó en aquel lujoso coche, un Audi A6 3.0 TDI -observó, con curiosidad, Durán, quien últimamente se fijaba en las marcas de los buenos coches porque comenzaba a desear poseer uno propio.
Aquella noche feliz se quedaron hablando los dos hasta muy tarde. Durán, maravillado, se dejaba arrastrar por el río aquel, impetuoso y tranquilo, de la recién recobrada felicidad juvenil de los dos, madre e hijo, charlando hasta las tantas. Cuando por fin se acostó, cruzó como un recuerdo muy lejano la imagen de Juanjo y Salazar allá en Madrid, bromeando entre ellos. Una imagen sobrevenida ahora, de otro reino, que apenas distrajo a Durán por un instante antes de quedarse dormido.
Araceli había aparecido al poco de acabarse -aparentemente para siempre- lo de Floren. Se habían conocido en una feria de biocultura en un pabellón del centro de Marbella, entre stands macrobióticos, método Pilates, talasoterapia, aromaterapia, candelería psicotrópica para casos de estrés, acupuntura, masajes, quiromasajes, reflexología podal, fisioterapia, ciencia de los abalorios, flores de Bach, cuencos tibetanos, tai chi y una sección especial dedicada a la República Dominicana: prácticas de magia negra y blanca y santería. Estaba Chipri peor incluso de lo que ella misma creía: lo del Floren había sido un mal golpe en un mal momento, demasiado inesperado: justo cuando Chipri acababa de hacer su régimen de adelgazar en Incosol y se sentía enamorada y delgada. Hubiera sido preferible quizá engañarla entonces, pero Floren no tuvo ni siquiera esa delicadeza, ni siquiera por unos días. Se sintió agobiado y lo vomitó todo y destrozó a Chipri. Aquella tarde de Araceli, Chipri había salido a la calle para no estar en casa, se había llegado a la feria de biocultura donde le pareció fácil pasar desapercibida. Araceli de pronto se dirigió a ella, la interpeló, y Chipri se dejó arrastrar por aquella labia medio cómica de Araceli, y, sorprendiéndose a sí misma, le contó todo lo de su problema con el Floren. «Ah, pero déjame que yo te diga. Para resolucionar esta situación lo mejor es que hablemos con Franchipán, mano de santo.» Franchipán resultó ser un gran mulato, cargado de sortijas y lunares, que solía instalarse después de copiosos almuerzos en las marisquerías del paseo marítimo, en la cafetería de la calle mayor, justo detrás del club financiero e inmobiliario. Allí se le veía siempre rodeado de una corte equívoca de jóvenes marroquíes acomodados, que recordaban a los propietarios de proliferantes melilleros, los antiguos decomisos de Ceuta y Melilla, y también de personas que se sentaban un rato con él como a pasar consulta. Allí bebía sus Bayleys y su thé citrón , allí hizo las presentaciones Araceli de Chipri y Franchipán. Al verla, Franchipán entornó los ojos, ladeada la cabeza, y dijo:
– Mi hijita, lo sé todo.
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