– Sí.
– ¿Estás bien ahí detrás? -gritó de repente Morris a Sam como si estuviesen volando en un aeroplano con la cabina abierta-. ¿Todo bien?
– Sí -contestó Sam, feliz.
– Está bien -dijo Morris, mientras recuperaba su voz tranquila e inquietante. Sus dedos apretaron el volante-. Está bien. Al menos, está bien.
– Aquí nos viene perfecto -dijo Connie. -¿Eh?
– Nos puedes dejar aquí.
Tras salir del coche, Connie agarró la mano de Sam y observó cómo el MG se alejaba hacia la parte alta de la ciudad.
– Rápido -dijo Sam-. El señor Morris conduce muy rápido. ¿Adónde va?
– Derecho al infierno -dijo Connie-. No me hagas montarme en ese coche nunca más.
El paseo con el señor Morris les había hecho llegar temprano a la cita en la clínica, de modo que Connie llevó a Sam a la parte alta de la ciudad para ver el carillón dar la hora. Bajo el reloj en Broadgate se abrieron una serie de puertas y una extraña lady Godiva mecánica, montando un caballo, se paseó con dificultad. Por encima de su cabeza una segunda ventana mecánica reveló a un mirón de ojos como platos que robaba una visión prohibida. Sam estaba más fascinado por Tom el Mirón que por la bamboleante dama desnuda. El reloj dio la hora.
– Ciego -dijo Connie.
– ¿Por qué?
– Por mirar cuando no debía. [2]
Caminaron desde Broadgate hasta la clínica. Sam iba preocupado. Se preguntaba si él también se estaba quedando ciego por haber visto cosas que no debía. A lo mejor compartía el castigo del mirón por haber visto al duende.
De camino, Connie se detuvo ante una de las puertas que sobrevivían del Coventry medieval. Una gárgola los miraba con malicia desde lo alto del arco gótico. Tenía los dientes afilados. Sam agarró la mano de Connie. Al pasar por la puerta, tuvo miedo de que al aparecer al otro lado del arco, el mundo hubiese cambiado de forma irremediable.
– ¿Está Mickey en la jaula o fuera de la jaula? ¿Dentro o fuera? -La gorda enfermera se estaba irritando.
Le había planteado la pregunta a Sam en tres ocasiones, y él no podía contestar de manera categórica.
No le gustaba la clínica oftalmológica. La sala de espera estaba llena de gente con parches o vendas en los ojos. Unos carteles intimidatorios advertían a la gente: «Proteja sus ojos, no hay otros de recambio». De allí fue llevado a la fuerza a una habitación pequeña y oscura donde tuvo que leer una gráfica optométrica, y de allí a una caverna infernal donde le colocaron un artilugio diabólico con forma de máscara de metal sobre el puente de la nariz, y le pidieron que informase sobre la actuación de unas pequeñas luces rojas y verdes que parpadeaban.
– ¿Me van a dejar marchar?
– Por supuesto -lo tranquilizó Connie-. Ya falta poco.
Más tarde fue conducido a otra habitación más luminosa donde una enfermera gorda lo empujó a un asiento ante una mesa con una caja negra. La enfermera gorda presionó un interruptor y la caja negra se iluminó de repente mostrando la imagen de Mickey Mouse y una jaula de metal. La enfermera gorda sostuvo una tarjeta frente a uno de sus ojos.
– ¿Está Mickey en la jaula o fuera de ella?
En la parte delantera de la caja negra había colocados una especie de prismáticos. A Sam se le ordenó que mirase por ellos. Tenían un olor repugnante a goma y metal. La enfermera gorda hizo algo para tapar la lente izquierda de los prismáticos.
– ¿Está Mickey dentro o fuera?
Sam estaba tan asustado que su respuesta fue:
– Sí.
La enfermera suspiró profundamente.
– ¿Dentro o fuera?
– Dentro. Sí.
La lente izquierda quedó de nuevo liberada.
– ¿Está Mickey dentro o fuera de la jaula?
Sam dudó. La pregunta presentaba un problema, pues Mickey estaba dentro y fuera de la jaula. Podía ver dos Mickeys, uno estaba claramente fuera de la jaula y una segunda imagen, ligeramente borrosa pero reconocible, dentro de la jaula.
– No lo sé.
– O está dentro o está fuera -dijo la enfermera gorda-. ¿Está Mickey dentro o fuera?
Sam contuvo el aliento. Sabía que era muy importante no llorar. ¿Dónde estaba su madre?
Se mordió el labio y esperó. La enfermera golpeó la mesa con el boli.
– ¿Dentro o fuera? -dijo-. Por Dios santo, ¿dentro o fuera?
– Dentro.
La enfermera pareció satisfecha. Cogió el bolígrafo y marcó una casilla en el formulario. Cambió la lente.
– ¿Ahora?
– Dentro.
– ¿Ahora? -Dentro.
– Eso está mejor. ¿A que es fácil?
El humor de la enfermera había cambiado de manera drástica. Sam respiró aliviado para sí. «Dentro» parecía ser la respuesta correcta, la que se ganaba la aprobación de todos. Tras un tiempo le permitieron irse.
Le hicieron sentarse en una pasillo vacío y le dijeron que esperara mientras Connie hablaba con el doctor. Una joven enfermera pasó y le sonrió. Transcurrieron los minutos. Alguien se sentó en una silla junto a él, pero Sam, absorto en sus pensamientos, no alzó la mirada.
– Me siento mal por todo esto -dijo la figura junto a él-. Me siento mal así que tengo algo para ti.
Sam miró hacia arriba. Era el duende. Sam identificó el mismo olor que había inundado su habitación las veces que el duende lo había visitado, aunque ahora era ligeramente diferente. Ahora olía a heno y cuero y a sudor de caballo. A la luz del día el duende tenía un aspecto un poco más horrendo. La bizquera era más pronunciada, y su físico de corta estatura parecía más anguloso, como hecho de alambre y muelles.
– Eres un chico -dijo Sam.
El duende hizo rechinar los dientes, irritado.
– No siempre me verás así. Solo por ahora. Atiende, me siento mal por hacerte pasar por todo esto. Me refiero a lo del ojo. He venido a darte algo.
– ¿Qué? ¿A qué te refieres?
– Ese amiguito tuyo. El de la cojera.
– ¿Terry?
– Está marcado. Pero escucha. El sábado. Tienes que encontrar la manera. Tienes que hacer que el chico esté en tu puñetera casa, ¿vale? El sábado por la noche. -El duende le hincó un duro y huesudo dedo en el hombro-. Te he avisado y ahora estamos en paz. Ya estoy limpio. Será mejor que te asegures bien. Me voy.
El duende se levantó de la silla y se fue tranquilamente por el pasillo. Antes de doblar una esquina, apartó de manera violenta un carrito que estaba en su camino. Su cabeza apareció brevemente con los ojos clavados en Sam.
– ¡Sam! ¡Sam! ¿Puedes oírme?
Era su madre. Lo agarró del brazo y lo levantó de la silla. -Vámonos. Necesitas gafas.
El sábado, dentro de una enorme e impresionante caja de cartón, llegó el primer aparato de televisión de los Southall. Fue un día totalmente decisivo, pues también fue el mismo día que llevaron a Sam al óptico para recoger sus gafas recetadas por la seguridad social. Todo el mundo hacía hincapié en que podría ver la nueva televisión con sus nuevas gafas. Las lentes circulares rodeadas por un alambre azul delgado hacían que sintiese que tenía la cabeza grande y pesada.
Nev Southall le había pedido consejo a Eric, el padre de Clive, quien ya tenía un televisor, y Eric le había dicho que con una antena de señal en el desván bastaría. También le ahorraría unas cuantas libras y el problema de montarla en el tejado, señaló Eric. El hombre del reparto estuvo en desacuerdo. Mientras se toqueteaba el lóbulo de la oreja y hacía sonar el bolígrafo les dijo que vivían en una «depresión», en el lado opuesto de una estación de transmisión y necesitaban una antena instalada en el tejado.
– Nada -dijo Connie.
– Nada -repitió Sam.
– ¿Qué tal ahora? -gritó su padre.
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