– ¡Solo quiero saber cómo está!
La madre de Alice extendió un dedo manchado de nicotina hacia el rostro de Sam.
– ¡Confiaba en vosotros! -chilló-. ¡En todos! Os di libertad y así es como me pagáis. ¡Confiaba en vosotros!
Sam se quedó estupefacto por aquella vehemencia. Retrocedió, pero tras dar un solo paso, algún instinto le hizo encararla.
– Está equivocada. Usted no confió en nadie. A usted simplemente no le importaba nada. Ni siquiera le preocupaba lo de su novio y ella. Eso no tiene nada que ver con la confianza.
– ¡Monstruo! -gritó.
Avanzó con las alpargatas puestas a toda velocidad por el sendero, detrás de él agitando los brazos con energía.
– ¡Monstruo!
Sam se resguardó y caminó hasta casa. Incluso a doscientos metros de distancia la podía oír aún gritando. Caminó de vuelta a través de los campos, con ardientes lágrimas de indignación brotándole de los ojos.
A pocos metros del lugar donde había ocurrido todo, Sam vio a Linda apoyada contra un árbol. Estaba paseando a Titch, el whippet. Titch ladró al reconocerlo, y Linda se giró.
– ¡Sam!
De mala gana se acercó adonde ella estaba. No sabía si ella lo culpaba a él, como los otros adultos.
– Tienes mucho mejor aspecto, Linda.
Era verdad. Linda se estaba recuperando, pero en ella ahora había cierta dureza. Pequeños cristalitos de hielo en los ojos sugerían que la dulce chica de provincias nunca más volvería por aquellos lares.
– No te preocupes por mí. ¿Qué hay de ti? Tienes un aspecto horrible.
– La madre de Alice no me deja verla. Me culpa a mí. Todos me culpan.
– Terry tiene el mismo sentimiento. Me preguntó por qué todo lo que toca se va a la mierda.
– ¿Por qué es así, Linda? ¿Qué pasa con nosotros?
Le cogió del brazo y se lo acarició. Tenía el rostro lleno de comprensión. Veía a un chico que necesitaba llorar pero que no era capaz de romper con ese tabú.
– No es así. Mírame. ¿Acaso soy yo mejor? ¿No lo jodí todo también?
– Sí. Pero claro, tú también eres una Depresiva de Redstone.
– ¿Ah sí? Nunca creí que yo formase parte.
– No, Linda. De hecho, tú eras la Triste original.
Linda se rió, pero con amargura.
– ¿Ves? Podemos reconfortarnos el uno al otro, ¿verdad?
Sam bajó la cabeza. Ella posó sus fríos dedos en su mejilla y él recordó otra ocasión en la que ella había hecho lo mismo.
– Iré a casa de Alice esta tarde. Su madre me dejará pasar. Averiguaré cómo está y te lo diré.
Lo cogió del brazo.
– Vamos, pasea conmigo.
La culpa, como el agua, se calma. La policía no pudo procesarlos al no haber encontrado pruebas contra ninguno de ellos, a pesar incluso de las pesquisas a medianoche. Sin embargo, todos los que habían estado envueltos en el incidente fueron amonestados de forma oficial. Después de que el verano hubiera pasado, tuvieron que pensar en los exámenes finales. Si Sam y Clive se pusieron a estudiar aquel año fue por deferencia hacia Alice.
Debido a las heridas que se había inflingido, Alice no pudo hacer los exámenes, de modo que repitió un año para pasarlos a la vez que Sam y Clive. Con el tiempo las heridas se curaron, pero no tenían buen aspecto. Al menos, las cicatrices en forma de escalera que tenía en el brazo izquierdo y sobre el lado derecho de las costillas podían cubrirse con la ropa casi siempre. El caso era que Sam y Clive de algún modo sentían que debían ponerse a estudiar en serio para ayudar a Alice.
Funcionó porque todos aprobaron los exámenes con unas notas más que respetables. Fue un alivio que algo por fin hubiese funcionado. Aunque nunca se había dudado de ello, Clive iría a Oxford para estudiar Microbiología. Sam estaba preparado para estudiar Astrofísica en una universidad de Londres, si es que podía abandonar a su hermana pequeña a su suerte. Alice había suspendido su carrera académica por un tiempo, aunque se había asegurado un lugar en una facultad de Magisterio en Sheffield. Con frecuencia hablaba de tomarse un tiempo para viajar.
Terry no consiguió llegar a ser futbolista profesional, al no entrar en las alineaciones ni del Coventry City ni del Aston Villa, pero se mostraba bastante animado con el trabajo. Disfrutaba de la sensación de tener dinero en el bolsillo gracias a su trabajo como pintor y era generoso cuando llegaba la hora de pagar rondas en el Gate Hangs Well y el club de folk. Ian Blythe fue el único adulto que nunca los acusó por lo que había ocurrido, aunque les dio algunos consejos una noche mientras recogían las sillas tras el cierre del club.
Un poco embotado por haber tomado unas cuantas pintas de Guinness, los reunió a los cuatro.
– Escuchad-dijo-. Escuchad. Miradme. La mayoría de las drogas convierten en estúpidos a la mayoría de las personas. Así es.
Entonces asintió juiciosamente, en absoluta concurrencia con esta opinión, eructó y se fue tambaleándose hacia el baño.
El que iba a ser el último verano en Redstone pasó entre nieblas y una ola de calor. Los cuatro se fueron de vacaciones juntos, a una caravana en Norfolk, para ignorar de manera escrupulosa el decreto de Blythe sobre las drogas. Clive quería probar aquella droga que había causado tantos problemas.
– Simplemente para averiguar qué es lo que salió mal -dijo una vez que Alice estaba fuera de la caravana.
Sam y Terry le contestaron con miradas hostiles.
– Vale -dijo Clive-. No era más que una idea.
A veces Sam de verdad no sabía si él estaba soñando a la duende o si, como ella afirmaba, ella era la que lo soñaba a él.
– ¿Aún piensas en suicidarte?
– Sí -dijo Sam-. Porque así te mataría. Y al hacerlo, protegería a los demás. Ahora he visto cómo lo haces. Le hablas a la gente para que se destruya. Probablemente le dijiste al padre de Terry que se suicidara y matara a toda su familia. También le dijiste a Derek que se estrellara. Se lo dijiste a Alice, y lo habría hecho si no hubiese llegado la ambulancia.
– Estás equivocado. Tú eres el responsable de lo que le pasó a Alice, no yo. Tú le diste la cuchilla.
– Mientes -dijo Sam con una mueca de dolor-. Vi cómo le dabas la cuchilla.
– Pero yo solo actúo según tus órdenes -dijo la duende-. Por entonces odiabas a Alice. Te hacía sentir celoso. Yo respondí a eso. Recuerda todas las veces que vine a por ti cuando estabas enfadado, o asustado, o herido.
Sam echó la mirada atrás.
– ¿Te alimentas de cosas así, igual que te alimentas de dientes?
– Es una compensación. Siempre obtienes algo a cambio. Pero es una asociación injusta, Sam. Tú nunca das nada de ti. Por eso a veces se tuercen las cosas.
– ¿Qué? ¿Qué es lo que supone que yo debo dar?
La duende se encogió de hombros.
– Los dientes, el alma, amor.
Miró a la duende, sentada en el alféizar. Parecía triste, exhausta y vacía.
– De todas las veces en que me he dado a ti, ¿cuántas has estado satisfecho por simplemente tenerme? Me tumbo en tu cama. Sé Linda, dices. Sé Alice. Sé esta, sé aquella. Nunca quieres que sea yo. Y siempre que tu necesidad me llama, vengo. Estoy encadenada a ti, Sam. Ya te lo dije, eres mi pesadilla.
– Pero si soy tu sueño, ¿dónde estás cuando despiertas? ¿Adónde vas?
– De eso se trata. No te ofreces a mí. Así que nunca irás al lugar donde yo voy.
– Eso no es verdad.
La duende se incorporó. Pareció que de repente se fortalecía.
– ¿Lo harías? ¿Vendrías conmigo? ¿Ahora?
– Sí. Sí lo haría.
Y el mundo dio un tumbo. Y el mundo se reinventó a sí mismo.
Sam se encontró en el bosque de Wistman. Pero estaba cambiado. En lugar de árboles por los que se extendiesen senderos, había pilares de luz blanca en forma de árbol, brillantes como una bengala de magnesio, por los que caminar, y el espacio que debería haber existido entre los árboles era impenetrable. Podía moverse saltando de un punto de luz a otro punto de luz. Y los helechos, los senderos impracticables, el suelo lleno de hojas secas y el espacio entre los pilares con forma de árbol eran de un color lila y malva. Si intentaba caminar más allá de los pilares de luz, se le cortaba el paso y el color se introducía en su piel hasta que también él era lila y malva.
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