– ¡Es Linda! ¡Linda y Derek!
Los otros dos chicos se arrastraron y presionaron las caras contra el seto, cerca de Terry. En un instante, Linda se había girado y limpiaba de manera enérgica el vaho de la ventanilla del pasajero. Los chicos retrocedieron un poco, intentando colocarse ramas ante el rostro. Se quedaron inmóviles pues parecía que Linda los miraba directamente. La apagada conversación que se producía dentro del coche era perfectamente audible.
– He oído algo -entendieron que decía Linda-. Y después me ha parecido ver tres caras sucias y horribles entre los arbustos. Como si fueran demonios. Era horrible.
Aún intentaba limpiar la ventanilla.
– ¿Quieres que eche un vistazo? -sugirió la voz apagada de Derek.
– No, no lo hagas.
– Está bien. Voy a salir a echar un vistazo.
– No, tengo miedo. Vámonos.
– ¡Vamos! -Derek se lanzó de nuevo a por los pezones.
– ¡Aparta! -Linda se abotonó la camisa-. Quiero irme.
– ¡Mierda! -Entre quejas de Derek, el motor volvió a arrancar.
Las luces se encendieron y el coche salió de donde estaba aparcado. Las ruedas chirriaron mientras aceleraban, y las luces rojas traseras desaparecieron en la carretera.
Suspiraron al unísono. Entonces Alice los llamó desde el otro lado de la carretera.
– Vamos, ¡Alice! Vía libre.
Alice condujo el caballo de nuevo hasta la verja, pero no podía abrirla. Sam salió lanzado por la carretera para ayudarla. Estaba atada con un cordel de atar pacas.
– Voy a por la navaja de Clive.
– Olvídalo -dijo Alice-. Aparta.
Aunque el caballo no tenía silla, Alice saltó a su grupa. Trotó alejándose con la yegua, la hizo girarse y comenzó a galopar hacia la verja. Sam se apartó justo cuando el caballo saltó por el aire. Vio a cinco, seis, siete caballos en una misma imagen aunque escalonada, que formaban un puente en el aire desde el despegue hasta el aterrizaje, en una visión iluminada por la luna. Fue un momento de inspiración, cargado de fuerza. Evitaron con facilidad la verja, el pelo de Alice ondeó tras ella al dibujar un arco en el aire. El caballo se detuvo a unos cuantos pasos al otro lado de los hierros. Alice desmontó y lo condujo por la carretera. Clive y Terry abrieron la otra puerta.
Sin decir una palabra, Alice condujo el caballo hasta la linde del bosque de Wistman. Los chicos iban detrás, cargando la lona.
– Bien -dijo-. Entrad y no tardéis mucho. Recordad que tenemos que volver antes que mi madre.
El plan era que los chicos recuperaran el cuerpo y lo arrastraran hasta la linde del bosque dentro de la lona. Montarían el cadáver sobre la grupa del caballo y lo llevarían hasta el estanque. Allí ya tenían unidas unas cuerdas y una serie de pesos para hundirlo en el fondo del agua. Mientras tanto el caballo agitó la cabeza, y el aliento flotó en el aire nocturno. Los chicos dudaron en busca de alguien que tomara el mando.
– ¡Moveos! -susurró Alice.
Los tres se adentraron en el bosque. La luz de la luna se adentraba hasta la segunda o tercera línea de árboles, plateada sobre los delicados grupos de jacintos al borde del bosque, pero más allá disminuía, hasta que apenas se podía ver el sendero a través de la maleza. También se les había echado la noche encima la última vez que habían estado juntos en el bosque, la noche de los juegos al aire libre. Sam lideraba la marcha, Clive y Terry lo seguían de cerca en fila india.
Un búho chilló en algún lugar de las profundidades del bosque, y Sam se detuvo para escuchar. Dentro de la oscuridad, delgados abedules plateados se alzaban sobre las copas de los árboles para actuar como conductos, finos tubos de una débil luminiscencia que canalizaba la tenue luz de una luna azulada hasta la oscuridad. La exhalación de los árboles estaba por todos lados, como una presencia atenta, que esperaba. Continuó y los otros lo siguieron.
– Vamos en la dirección contraria -dijo Clive después de un rato.
– No. -Sam estaba convencido de que sabía dónde estaba el tocón hueco.
Aceleró el paso seguro de que los otros lo seguirían.
Allí donde se cruzaban dos caminos Sam se vio sorprendido por un repentino tufillo a algo familiar, un olor de un carácter tan preciso que hizo que se tambaleara saliéndose de la senda. Los helechos crujieron bajo sus pies.
– ¡Nos estás llevando por el camino equivocado! -insistió Clive-. ¡Está por allí!
– ¡Por aquí! -repitió Sam.
– Creo que Clive tiene razón -intervino Terry-. No recuerdo nada de esto.
– ¡Porque estamos en la parte equivocada del bosque! -Ahora que contaba con la opinión de Terry, Clive estaba furioso con Sam-. ¡No está por aquí cerca!
– ¿Cómo puedes saberlo? Estabas atado boca abajo con el culo al aire cuando ocurrió.
– Mira -dijo Terry intentando razonar-. Si hubieses estado a punto de tener la polla enferma, gorda y grande de Tooley metida en tu culo, probablemente recordarías el lugar exacto donde pasó, ¿no?
– Exactamente. Si hubiese estado a punto de tener la polla enferma, gorda y grande de Tooley metida en mi culo, no estaría armando jaleo acerca de las coordenadas exactas, ¿no?
– ¡Que os jodan a los dos! -gritó Clive al que no le hacía gracia que le recordaran la experiencia de la que había escapado por los pelos-. Seguidme.
Terry se encogió de hombros y le hizo un gesto con la mano a Sam. Marcharon detrás de Clive unos diez minutos o así. Cada segundo que pasaba, Sam estaba más convencido de que su primer instinto había sido el correcto. El chillido del búho se oía más cercano.
– Está por aquí -murmuró Clive..
Sam de nuevo percibió un tufillo a algo que andaba cerca, algo peligroso en la oscuridad. Miró hacia atrás por el sendero. Cada árbol arrojaba una capa de sombras detrás de la cual cualquiera se podría ocultar.
– Alguien nos sigue -susurró.
Clive y Terry se detuvieron y miraron hacia atrás. Se esforzaron por escuchar algo.
– ¿Alice? -dijo Terry.
– No, no es Alice.
– ¿Estás seguro? -preguntó Clive.
– Sí, eso creo. Quizá. Quiero decir que estoy seguro de que no es Alice.
– Nos estás asustando -dijo Terry.
El búho chilló de nuevo, alto y agudo, a unos metros. Sam lo vio sentado sobre una rama alta mientras los observaba.
Clive continuó. Llegaron a un pequeño claro.
– Aquí es -anunció Clive-. Ese es el árbol de donde pendía el explorador. Yo estaba atado por ahí. Tiramos el cuerpo de Tooley en ese árbol hueco.
Sam estaba seguro de que Clive se equivocaba. Pero Terry asentía mientras alzaba las ramas de los árboles. Juntos cruzaron hacia el hueco que Clive había señalado. Estaba medio lleno de hojas secas, ramas a medio pudrir y otros desechos del bosque. Nadie estaba preparado para despejarlo.
– Bueno -dijo Clive.
Terry comenzó, y los otros dos se le unieron. Lentamente al principio, y después con desesperación casi histérica, vaciaron el tronco de desperdicios, hasta que las uñas se hundieron en la blanda materia orgánica que había más abajo.
– ¡Puaj! -exclamó Terry.
Clive sacó un puñado de aquella materia. Sam también.
– No es más que tierra -dijo Sam-. Hojas podridas. Aquí no hay nada.
– Lo han movido -jadeó Clive.
– No. Este no es el lugar. ¡Nos has traído al lugar equivocado! ¡Mira ese árbol! ¡No se podría colgar ni al explorador más canijo de esas ramas! Y ¿dónde se suponía que nos escondíamos Terry y yo? ¡Este no es el lugar, cabrón idiota!
Terry se rascaba la cabeza y miraba alrededor.
– Sam tiene razón -admitió.
– ¡No me lo puedo creer! ¡No puedo!
Sam recibió una ráfaga de aquel olor penetrante de nuevo. Excrementos de pájaros, hojas empapadas por la lluvia, liquen de los árboles, hongos, heno en descomposición, capullos salvajes a punto de florecer. Sabía que estaban en presencia de cierto poder. El pelo de la nuca se le erizó.
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