Graham Joyce - Amigos nocturnos

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Graham Joyce lo ha vuelto a hacer. Nos brinda uno de esos libros que no sabes bien cómo, pero que no puedes dejar de leer, pues te engancha desde la primera página. Con una prosa engañosamente sencilla, aunque mucho más elaborada de lo que parece a simple vista y una estructura de capítulos cortos que invitan a ir avanzando con celeridad, Joyce te envuelve en su particular universo de manera eficaz.
En esta ocasión, el protagonista es un chico -Sam Southall- y sus amigos de pandilla que viven en Coventry, escenario habitual del autor. Lo que inicialmente parece un simple relato de aventurillas juveniles, empieza a adquirir rápidamente tintes un tanto oscuros (el incidente del lucio, la masacre de los padres de uno de los protagonistas) y sobre todo, la aparición del primer y único elemento fantástico de la narración: una especie de duende perverso que sólo puede ser visto por el protagonista.
Es evidente que el libro admite varias lecturas. Una más superficial que nos presentaría las aventuras y desventuras de un joven acosado por un personaje sobrenatural que destruye todo lo que tiene cerca y que no deja de fastidiar terriblemente a la única persona que, en condiciones normales puede verlo.
Pero esa sería una lectura demasiado superficial. Es evidente que las intenciones del autor son otras. La narración es una alegoría del paso de la infancia a la madurez a través de una problemática adolescencia, con los clásicos miedos y temores que comporta, la explosión de sentimientos, la confusión, la necesidad de rebelarse contra lo establecido y el descubrimiento del sexo.
La novela, que en otras manos podría haberse convertido en una novela de terror, no produce miedo en ningún momento, como mucho una cierta inquietud ante lo desconocido. Especialmente ante los capítulos en que otras personas pueden percibir en cierta manera al duende, cuya naturaleza no queda clara en ningún momento, cosa que potencia el elemento mistérico de la narración.
En definitiva, otra excelente novela de Joyce que nos tiene malacostumbrados a estas pequeñas joyas que de tanto en cuanto los editores nos ofrecen traducidas. Espero que dicha tendencia se mantenga en el futuro y podamos disfrutar de más obras de este peculiar autor.

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– A todos nos han llevado al loquero. Somos los Chicos del loquero.

Y así era.

– ¡Tontos! ¡Son todos unos monstruitos imbéciles! -había protestado Clive tras su primera semana en la Fundación Epstein para Chicos Superdotados.

Estaba totalmente horrorizado. Si aquello era lo que significaba ser superdotado, pronto entendió que no era algo de lo que estar orgulloso.

– ¡Monstruitos imbéciles! Todos llevan gafas y… lo siento, Sam, no como las tuyas, me refiero a gafas gordas de culo de botella y algunos llevan cristales marrones en las gafas, y también tienen los dedos largos, me he dado cuenta de que casi todos tienen dedos de unos veinte centímetros. También hay un chico llamado Frank, que tiene diez años y barba, lo juro.

Aquel Frank con barba le había hablado a Clive del tema de hacerse una paja y Clive les había pasado la información inmediatamente a los otros Chicos del loquero. Se trataba de un regalo del colegio de niños superdotados.

– La mía empieza a doler un poco -se quejó Sam.

– Y la mía -dijo Terry.

El músculo de la mejilla derecha seguía tensándose, como si estuviese unido por algún ligamento misterioso a la polla que tan diligentemente meneaba. Mientras tanto, Clive continuaba dándole a la suya mientras mentalmente se veía envuelto en alguna forma de viaje astral.

– Y se ha puesto toda púrpura.

– La mía está entre rosa y marrón.

Sin parar de menearla, Clive abrió los ojos y dijo:

– Frank dice que si lo haces mucho tiempo, entonces el chorro blanco sube un metro en el aire, y te mata totalmente y…

– Si te mata, ¿qué sentido tiene? -razonó Terry.

– No es que te mate, no te mata, sino que es como si te murieses de gusto, dice Frank.

– No me fío mucho de ese Frank. Me suena a…

Las palabras de Sam cesaron al oír un crujido detrás de ellos.

– ¿Qué hacéis? -dijo una voz de niña.

Los tres chicos se volcaron hacia delante y se retorcieron sobre la tierra al borde del estanque, mientras se la guardaban en los pantalones y se agarraban el estómago.

Era Linda ¡a Larguirucha, o más bien Linda la Triste. Ahora era menos larguirucha pues al tener ya casi catorce años estaba comenzando a mostrar curvas en su alto cuerpo a la par que se sumía más en la tristeza. Terry llevaba un registro completo de sus cambios de humor que compartía con los otros dos, además de un informe regular del tamaño de su sujetador, su ropa interior y sus compresas.

Linda se había convertido en una adolescente. Era una palabra que todos los adultos parecían subrayar al pronunciarla. En aquella palabra había un tono de escalofrío, exasperación y disgusto. Una adolescente. Estaba claro que algo te pasaba cuando te hacías adolescente. Se llevaba aquella palabra como una joroba, era una marca infame.

«Ahora que es una adolescente…» decían, como si lo que en realidad quisiesen decir fuera: «Ahora que es un vampiro…» o «ahora que es un hombre lobo».

Los guantes blancos habían sido abandonados en favor de una minifalda, y zapatos de piel, leotardos oscuros, cinturones de enormes hebillas, y el pelo negro y liso que llevaba al estilo Jean Shrimpton, lo que había hecho que su padre literalmente llorara. Terry también informó acerca de los novios, fuesen reales o no, que pululaban a su alrededor. Se dijeron algunos nombres, y la idea de que Linda se juntase con tales chicos dejaba a los muchachos sin saber si reírse o vomitar. Y allí estaba Linda, con el rostro maquillado con un asombroso acabado como de cera, las pestañas pintadas de azul marino, los labios de un brillante rosa cereza, exigiendo saber qué hacían, una pregunta que claramente se respondía por sí sola. El tono dejaba traslucir que la que hacía la pregunta sabía muy bien la respuesta y se sentía obligada a decir algo, cualquier cosa, para enmascarar una sorpresa evidente. Tich, el perro de Linda, que era un whippet cruzado, estaba de pie con la cabeza ladeada, como si él también buscase respuestas adecuadas a preguntas razonables.

– Meando -respondió Clive con rapidez mientras se ponía de pie.

– ¿Meando? ¿Sentados?

Durante un espantoso instante pareció que Linda iba a querer Comentar aquel asunto. Sam se levantó y simuló estar fascinado por la válvula de presión de una de las ruedas del camión de escombros. Clive y Terry se giraron, con las mejillas encendidas. Afortunadamente, Linda cambió de tema y se dirigió a Terry.

– Papá dice que quiere que vengas para sacar escombros.

Charlie, el tío de Sam, estaba construyendo un adosado en la casa, sobre todo para darle una habitación a Terry, ya que ahora mismo la compartía con los hermanos pequeños de Linda.

– Iré en un minuto. -No podía mirar a su prima a los ojos.

Linda contempló el campo arado y el estanque a medio llenar.

– Es una pena -dijo-. Es una pena que hicieran esto.

Entonces se giró y se fue por donde había venido.

Durante un par de minutos los chicos se quedaron callados. Clive soltó una risita. Sam, jugueteando con la válvula de la rueda, también resopló. Entonces salió un poderoso chorro de aire a presión de la válvula al abrirse, que roció el rostro de Sam con espuma blanca. Los otros dos chicos gritaron y celebraron el repentino alivio de presión. Clive cogió una roca y la tiró contra la ventanilla del JCB, haciendo que el cristal se resquebrajara. Terry encontró un viejo periódico en la cabina. Lo metió bajo el asiento del conductor, cogió una caja de cerillas e incendió el papel.

– Vamos a ayudar a Terry con la arena -dijo Clive.

Los tres salieron corriendo.

11. En la silla

Tras el examen de graduado su atención pasó de los vestuarios del club de fútbol al pabellón de saltos ecuestres. En los últimos dos años se habían asomado a las ventanas del club de fútbol de manera regular, habían hecho agujeros en la puerta, habían entrado por la fuerza para escribir en las fotografías de mujeres desnudas que había en las paredes y habían destrozado la instalación de las duchas.

Quizá fuese el propio examen el que provocó el cambio de comportamiento. Sam y Terry habían hecho el examen uno al lado del otro.

– Si apruebas irás al colegio Tomás de Aquino -razonó Terry-, que tiene un equipo de fútbol penoso. Si suspendes, irás a la escuela secundaria de Redstone, que arrasó en las ligas A, B y C la temporada pasada.

Sam encontró una pregunta que les pedía: «Describe unas vacaciones recientes que hayas tenido con tu familia». Antes de empezar a contestarla, miró a su amigo. Terry había dejado el bolígrafo y pestañeaba furiosamente. Sam aprobó, Terry suspendió. Clive, al haber pasado el examen de sexto cuando tenía tan solo siete años, no necesitó hacerlo de nuevo. Se iba a quedar en la Fundación Epstein.

– Con los monstruitos y los empollones -dijo con tristeza mientras miraba el estanque.

Estaban sentados de espaldas al campo de fútbol. El club de fútbol tenía preparada una red con un palo largo para sacar la pelota del agua.

– De modo que eso es todo -dijo Terry-. Soy corto así que voy a Redstone. Tú eres superdotado así que vas a Epstein, y Sam…

– Mediocre -dijo Clive-, así que va a la escuela secundaria.

– Que te jodan, cerebrito de Epstein -dijo Sam.

– Que te jodan a ti.

– A ti.

– Pasamos del edificio de fútbol -interrumpió Terry la broma-. Vamos a destrozar el pabellón de equitación.

– ¿Por qué?

Terry se restregó la barbilla de manera juiciosa. Ahora que estaba claro que iba a Redstone, se dio cuenta de que algunos de los chicos mayores jugaban en el club de fútbol de Redstone, y que podía ser que algún día él también jugara.

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