– Recuérdame por esto -dijo el duende.
Retorció el brazo de Sam y lo pasó por el borde lleno de cristales rotos. El cristal quebrado se hundió en la carne. Sam gritó y cayó de espaldas fuera del garaje. Aún gritando, y con el interceptor de pesadillas agarrado, corrió a casa, con las viles provocaciones del duende aún resonando en sus oídos.
– ¿Cuánto tarda? -quiso saber Terry.
– ¡Ah! Eso solo Dios lo sabe.
Era una respuesta ingeniosa que había copiado de uno de sus profesores en el nuevo colegio.
– Me duele -se quejó Sam.
– Insiste -le animó Clive.
El estanque había sido rellenado hasta tener la mitad de su tamaño original y el terreno que lo rodeaba había sido excavado para construir un campo de fútbol. Los Chicos del loquero estaban sentados con una sensación silenciosa de dolor en una orilla embarrada que acababa de formarse en el reducido estanque. Una excavadora JCB amarilla con ruedas de gusano estaba aparcada sobre la arcilla húmeda en un ángulo prodigioso, como si fuera víctima de una guerra. Al lado había un camión de escombros. Ambos habían sido abandonados durante la tarde del sábado.
Unas cuantas percas y tencas flotaban sobre la superficie llena de espuma. Se habían producido las usuales especulaciones acerca del paradero del lucio. Decidieron que aún tenía agua suficiente para nadar y que aún habría tiempo de atraparlo. Pero algunos de sus árboles favoritos habían sido talados, los arbustos habían sido arrancados y una orilla oculta y resguardada se había desmoronado sobre el estanque. Para Terry, un buen futbolista que luchaba contra cierta pérdida de equilibrio desde que perdió los dos dedos, el cambio en el paisaje era penoso pero inevitable. Habría nuevas oportunidades de jugar al fútbol, y en cierto sentido el vaciado del estanque era un duro golpe contra el lucio carroñero. Sin embargo, para Sam y Clive, que presentían que las cosas nunca serían iguales, era una violación imperdonable.
Habían pasado dos años desde el espeluznante incidente Morris; a Terry lo habían enviado a la Costa Este y Sam se había cortado el brazo con un cristal roto. Sam aún tenía la cicatriz. Cuando volvió a casa aquel día sangrando abundantemente, le llevaron a toda prisa al hospital para que le pusieran la inyección del tétanos y le hicieran un interrogatorio exhaustivo. Todo el asunto del duende fue emergiendo de manera incomprensible, la historia completa, los primeros encuentros y el violento forcejeo que terminó con el brazo rajado. Connie se quedó estupefacta y consultó a los doctores -en presencia de Sam- sobre la necesidad de que «lo llevaran al loquero».
Connie estaba profundamente preocupada, y después de tres meses en los que Sam había insistido en sus monstruosas historias, lo llevó al médico de cabecera local, que a su vez hizo que lo viera un especialista. Extrañamente, durante aquel periodo, Sam había perdido de vista al duende, excepto en una ocasión, su cumpleaños, cuando apareció de repente sentado desnudo en una esquina de su cama, amenazándole para que no dijese nada más a nadie.
– Como empieces a contarle a los loqueros cosas de nosotros vamos a estar más jodidos de lo que ya estábamos… estamos. No servirá de nada.
El duende exudaba un olor dulce y desagradable como a setas. Sam no podía apartar la mirada del pene erecto de la criatura. Se erguía entre la oscura mata de negros rizos con un color blanco desagradable y lleno de prominentes venas. Sam estaba hipnotizado y quería tocarlo aunque a la vez sentía repugnancia por tan terrible órgano.
El duende, de repente, se dio cuenta de qué era lo que atraía la atención de Sam y lo meneó con una mano a través de los negros rizos. Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
– ¿Quieres tocarlo?
– No.
El duende se pasó la lengua húmeda y del color de las fresas por los Libios con una sonrisa provocativa.
– Vamos. Quieres hacerlo.
Los ojos de Sam estaban de nuevo atrapados en el pene marmóreo. La cabeza, contrastando fuertemente con el blanco tallo del pene, era de un color entre ciruela y grosella, y casi rompía la piel, como si estuviese a punto de atravesarla.
– ¿Quieres besarlo?
– No.
– Un lametón. Un dulce lametón.
– No.
– Vamos. Hazla explotar.
– No.
– No sabes para lo que sirve, ¿verdad? -El duende sonrió con desprecio-. Te cagas de miedo, ¿verdad?
Sam miró a los ojos del duende. Por unos instantes se miraron fijamente sin parpadear. Por fin el duende suspiró y Sam notó que el momento crítico había pasado. El duende cruzó los brazos y la monstruosa erección comenzó a remitir.
– Escucha por qué estoy aquí. Se trata del loquero. Encuentra una salida o las cosas se van a ir a pique. Te lo advierto.
– Me cortaste el brazo.
– Y lo siento mucho. Las cosas se me fueron de las manos. No tenías derecho a estar allí. Pero esos loqueros van a ponerte una marca mucho peor que esa pequeña cicatriz que tienes en el brazo. Créeme. Aún no te he mentido.
Sam reprodujo la conversación, dejando fuera el elemento erótico, palabra por palabra delante del especialista, un imponente aunque campechano escocés con el pelo color mantequilla y las yemas de los dedos manchadas de nicotina. El duende eligió aquel momento para hacer una breve aparición en la ventana del psiquiatra. Agitó la cabeza con consternación, un suceso que Sam consideró oportuno no incluir en su relato.
Sam contempló el estanque desanimado.
– ¿Cuánto dices que tarda?
Terry estaba sentado a su derecha, el músculo de su mejilla derecha se movía ligeramente de la misma forma diligente con la que trabajaba. Clive estaba sentado a su izquierda, con los ojos cerrados, y una expresión distante de estudiada concentración que le moldeaba los rasgos.
– Lo que tarde -contestó Clive.
Terry había vuelto de sus seis semanas en la Costa Este con un aspecto como encogido y con un acento ligeramente extraño. En el chico se había producido algún cambio profundo que tanto Sam como Clive podían detectar pero no identificar. A menudo en momentos de risas, Terry parecía ensimismarse y parecía sobrecogerle un aleteo extraño y tímido en las pestañas, tras el cual las cejas se arrugaban violentamente como si sufriese una breve pero intensa migraña. Aquellas crisis relámpago hacían que sus amigos apartaran la vista avergonzados, aunque intuían que su origen, tanto la causa como la condición, estaban más allá de todo comentario. Incluso para unos chicos que normalmente atacarían sin piedad cualquier debilidad en esa lucha por tomar ventaja llamada hacerse mayor. Nadie les dijo a Clive y Sam que lo que les ocurrió a los padres de Terry era un tema tabú. Sabían que el asunto no se podía comentar abiertamente del mismo modo que se entiende que no se le pueden sacar los ojos a tu amigo y abrirle las tripas.
El arreglo de hacer que Terry viviera con su tía Dot y su prima Linda parecía que había sido establecido de manera permanente, aunque los otros muchachos tampoco le hacían preguntas a Terry sobre aquello. Mientras tanto Terry se había traído de la Costa Este una nueva cosecha de pesadillas. Los malos sueños del pasado habían sido reemplazados por unos nuevos, y estos nuevos eran tan malos como para provocarle ataques. Noche tras noche se despertaba gritando, inconsolable, aterrorizado, hasta que él también fue llevado al médico de cabecera local, que a su vez lo mandó a la consulta de un especialista. A Terry también lo estaban llevando al loquero, y causó bastante regocijo descubrir que les estaba tratando el mismo psiquiatra con jersey de lana escocesa y manchas de nicotina: Skelton.
Y por fin a Clive también comenzaron a llevarlo al loquero, pero por razones diferentes y a otro especialista distinto. Las habilidades de Clive como «niño superdotado» hacían que fuese, cada vez más, un incordio en clase. A los profesores no les gustaba que los corrigiesen o que sus discusiones se difundieran por el colegio. Clive fue examinado, le hicieron pruebas, entrevistas y lo volvieron a examinar. La recompensa por demostrar una inteligencia excepcional fue ser apartado de sus mejores amigos y colocado en un colegio especial que era dirigido, o eso se decía, por más especialistas. Fue a Clive a quien se le ocurrió el nuevo nombre de la pandilla. Tanto Dot, la tía de Terry, como la madre de Sam les habían aconsejado por separado no decirle a nadie que estaban yendo a especialistas. Clive, sin embargo, lo llevaba con orgullo.
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