Boris Vian - Vercoquin y el plancton

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Vercoquin empieza con una surprise-party y termina con otra, por eso en la parte central se recorren hasta el mareo las estupideces y repeticiones de las oficinas del C.N.U. (Consortium Nacional de la Unificación) Nada menos parecido sin embargo a la mala costumbre de la autobiografía. El lenguaje burbujea con la velocidad del chisteo la genialidad. Se demuestra además que Vian fue el Otro Lado del existencialismo: si bien conversaba en los cafés con Sartre, entre el Ser y la Nada, no elegía nada.

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– ¡Presénteme a la señorita, pues! -dijo al Mayor señalando una chica grandota que atravesaba el hall-. Me llamo Juste Métivier.

La criatura en cuestión no puso ningún reparo en dejarse arrastrar por el cuadragenario jadeante, que a la tercera vuelta desapareció en el agujero abierto por la caída de la araña.

Para evitar este accidente, el Mayor corrió sobre la abertura un mueble, un poco demasiado chico, que desapareció a su vez y aterrizó con un ruido blando, después un armario de origen lapón que el tío guardaba cuidadosamente en una heladera y que se adhirió exactamente a la forma del agujero.

Partió a buscar a Lhuttaire del que pedían noticias con una linda voz y ojos azules. Estaba un poco molesto por no poder ocuparse a gusto de su querida novia, pero ésta bailaba con tan buena voluntad con Hyanipouletos, el guitarrista de Claude, que no tuvo coraje para llamarla.

En el corredor, una larga fila de muchachos esperaba frente a la puerta de la pieza donde se había encerrado Gruyer.

El primero de la fila, armado de un periscopio, escudriñaba el interior de la pieza por una abertura hecha con dinamita en el panel superior de la puerta. El Mayor reconoció a Lhuttaire.

Tranquilizado, observó. A una orden proferida con voz enérgica por este último, los cuatro que formaban la fila se lanzaron como una tromba al interior de la pieza. Se escuchó el ruido de una discusión agridulce (agria del lado de Gruyer), la voz quejumbrosa de una chica que pretendió, contra toda verosimilitud, tener sueño, y las protestas de los cuatro que afirmaban no tener otro fin que jugar al bridge en un lugar tranquilo. Se entrevió a un individuo enrulado, con anteojos, y sin pantalón cuya camisa se levantaba alegremente hacia adelante. Se vio salir gruñendo a los cuatro intrusos. La puerta volvió a cerrarse y el segundo tomó a su vez el periscopio.

El Mayor arponó a Lhuttaire, que estaba esta vez a la cola.

– ¡Te buscan! -le dijo.

– ¿Dónde? -dijo Lhuttaire.

– ¡Por ahí! -dijo el Mayor.

– ¡Ya voy! -dijo Lhuttaire, y se fue para otro lado arrastrando al Mayor.

En el baño, el perro, fatigado, se sacudía vigorosamente sobre la alfombra de goma. El hombre acababa de dormirse y su respiración hacía un pequeño embudo en el agua que se entibiaba al contacto de su cuerpo.

Se peinaron delante del espejo sin despertarlo. Después abrieron con precaución la tapa de la bañera y dejaron al dormido en seco. Ahora sus vestimentas echaban un vapor que llenaba poco a poco la pieza.

Seguidos por el perro que caminaba con alguna dificultad, salieron y buscaron aventuras hablando de cine.

A la vuelta del corredor el Mayor recibió en plena cara un sandwich con mayonesa que volaba graciosamente por la atmósfera silbando como un mirlo.

"…Hayakawa… ¡que pasen estas cosas!", pensó detenido en la mitad de una tirada sobre el cine japonés.

Lhuttaire levantó el sandwich y lo devolvió con brío en la dirección de la que parecía venir. Pudo constatar inmediatamente el maravilloso efecto que produce la mayonesa sobre largos cabellos rojizos.

El peine del Mayor, que no era rencoroso, alisó la mezcla, y Lhuttaire y él se precipitaron sobre el individuo a quien estaba destinado el proyectil al partir. Llenaron de papirotazos salvajes a ese ser fétido, y tomando a la pelirroja cada uno de un brazo, se concedieron media hora de juegos inocentes en un rincón confortable.

Capítulo IV

La llegada de la noche parecía acentuar el frenesí de los tilingos, atragantados de cognac. Parejas desagradables por lo sudadas recorrían kilómetros con paso de carrera, tomándose, dejándose, proyectándose, volviéndose a tomar, girando sobre sí mismos, desgirando sobre sí mismos, haciendo como las langostas, los patos, la jirafa, la chinche, rata de alcantarilla, al tócame-aquí, toma-esto, levanta-tu-pie, muévete, mueve-tus-piernas, ven-más-cerca, anda-más- lejos, largando juramentos ingleses, americanos, negros, hotentotes, hot-esta-mañana, búlgaros, patagones, tierrafueginos y coeterá. Eran todos pitucos, tenían todos medias blancas y pantalones ajustados, fumaban todos cigarrillos rubios. Un desdén altivo se extendía sobre el rostro de los más estúpidos como se debe, e interesantes reflexiones sobre el rol amortiguador de los colchones de billetes de banco con respecto a las patadas a la cosa, llegaron al Mayor mientras examinaba con interés las cabriolas combinadas de una docena de fanáticos complicados. Para levantar un poco el ánimo descorchó algunas botellas y tomó un largo trago. Enjuagó su ojo de vidrio en el fondo de su vaso y con la mirada más brillante que nunca se lanzó hacia una jovencita.

Zizanie había abandonado la habitación en compañía de Hyanipouletos.

Pero el Mayor, en pleno trabajo, fue turbado por golpes violentos que sonaron en la puerta.

Eran dos nuevos representantes del orden. Acababan de recibir en la cabeza una jardinera de roble rodeada de plomo, de tamaño águila grande. El centro de recuperación de los metales no ferrosos sólo estaba a cincuenta metros y protestaban porque consideraban que su trabajo era guardar el orden y no transportar plomo.

– ¡Tienen razón! -dijo el Mayor-. Me permiten, un minuto…

Se dirigió hacia el balcón donde Peter Gna, un poco fatigado por su reciente esfuerzo, descansaba fumando un cigarrillo.

El Mayor lo tomó por el cuello y por la cintura y lo tiró afuera. Le tiró su canadiense para que no tuviera frío y una chica para que le hiciera compañía, y volvió a ocuparse de sus nuevos huéspedes.

– ¿Un poco de alcohol? -les preguntó por costumbre.

– Como no -dijeron los dos gendarmes, con la misma voz. La voz del deber.

Después de dos botellas se sintieron mejor.

– ¿Quieren que les presente unas chicas? -les propuso el Mayor.

– Mil disculpas -dijo el más gordo, que tenía un bigote rojo-, pero como se dice, somos pederastas por vocación.

– ¿Operan juntos? -preguntó el Mayor.

– Y bien… ¡una vez uno puede emputecerse un… poquito! -dijo el más flaco cuya nuez de Adán se agitaba como una rata en el caño de una estufa.

El Mayor hizo señas a dos muchachitos, alumnos del gran Maurice Esconde, y los puso en manos de los dos gendarmes.

– Están detenidos -dijeron estos últimos-. Van a escarmentar…

Desaparecieron en el placard de las escobas donde el Mayor les hizo los honores. Los palos de escoba son útiles en caso de corte de corriente y el encaustado es un buen producto de reemplazo.

Cada vez más contento con el éxito de su surprise-party , el Mayor hizo un raid por el baño, trajo una toalla seca a Hyanipouletos que acababa de reaparecer y cuyo pantalón se caía, y salió en busca de Pigeon mientras que la orquesta de Claude Abadie, habiendo reencontrado a su guitarrista, se desataba cada vez mejor.

Encontró a Emmanuel en una pieza del fondo. Se revolcaba de risa viendo a tres tilinguitos espantosamente borrachos que se descargaban cada uno con dos sombreros, uno adelante y otro atrás.

No prestó atención a ese fenómeno bastante corriente, pero abrió la ventana por el olor, tiró en el patio interior del inmueble a los muchachos y los sombreros y se sentó al lado de Emmanuel que empezaba a toser de tanto como se divertía.

Le golpeó la espalda.

– Entonces, viejo, ¿todo anda bien?

– ¡Al pelo! -dijo Emmanuel-. Nunca tan divertido. Compañía de muy buen gusto. Muy distinguidos. Felicitaciones.

– Encontró la horma de su zapato -dijo el Mayor.

– En general no hago eso con mi pie, pero debo confesar que golpeé.

– ¿A? -preguntó el Mayor.

– Mejor decirlo de golpe. A su novia.

– ¡Me había dado miedo! -dijo el Mayor-. Creí que había lastimado al perro.

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