– Tendría algo que pedirle, señor -dijo.
– Entre, señor Loustalot. Justamente el teléfono hace poco que me ha dejado tranquilo.
– Es a propósito de la reunión de esta mañana -dijo el Mayor ahogando un hipo de alegría ante esta observación.
– ¡Ah! sí… De hecho, debo felicitarlo, esta reunión, en suma, estaba tan bien preparada…
– En una palabra -dijo el Mayor-, le saqué las papas del fuego.
– Señor Loustalot, le recuerdo que, ¿no es cierto?, en principio usted es tenido en cierta consideración con respecto a…
– Sí -cortó el Mayor-, pero, sin mí, usted estaba en un brete.
– Es verdad -confesó vencido, su interlocutor.
– No hay ninguna duda -confirmó el Mayor.
Miqueut no respondió.
– ¡Mi recompensa! -rugió el Mayor.
– ¿Qué quiere decir? ¿Un aumento? Naturalmente usted lo tendrá, mi querido Loustalot, cuando terminen sus tres meses de prueba… Me arreglaré para que se le dé una satisfacción, dentro de las posibilidades del Consortium que son reducidas…
– ¡No es eso! -dijo el Mayor-. Quiero la mano de su sobrina.
– ¿…? ¿…?…
– Sí, la amo, ella me ama, me quiere, la quiero, nos casamos.
– ¿Se casan? -dijo Miqueut-. Se casan… -agregó en voz alta, pasmado-. ¿Pero qué tengo que ver con todo eso?
– Usted es el tutor -dijo el Mayor.
– Es exacto, en principio -convino el otro-, pero, ¿no es cierto?, eh… en suma, me parece que usted se apura un poco… Para su trabajo, esto no va a ser cómodo… Le va a llevar… por lo menos veinticuatro horas de ausencia… y con la cantidad de cosas que tenemos en este momento…, es necesario que se arregle para que todo te termine en una mañana… o en una tarde… Un sábado por la tarde sería perfecto, ¿no es cierto?, en suma, de esta manera, no se vería obligado a interrumpir su trabajo…
– Comprendido -aprobó el Mayor, que pensaba no volver a poner los pies en el C.N.U. después de su casamiento.
– Pero, en suma, mi sobrina continuaría aquí como secretaria, ¿no es cierto? -dijo Miqueut con una sonrisa compradora-. O mejor, veo otra solución… se quedará en su casa, y para distraerse -por supuesto, sin que se le pague, porque ya no formará parte de la casa-, puede copiar sus documentos, sin abandonar en suma… su hogar… ji…, ji… y eso le llevaría…
– Será muy económico -dijo el Mayor.
– Y bien, escuche, todo de acuerdo… Puede avanzar sobre esto… Le doy carta blanca.
– Gracias, señor -dijo Loustalot abandonado la oficina.
– Entonces, hasta mañana, mi querido Loustalot -terminó Miqueut tendiéndole una mano húmeda.
El jefe anunció el compromiso a sus adjuntos algunos días después. Miqueut previno antes que a los otros a Vidal y Pigeon ya que debía trasmitirles la invitación de Zizanie para la pequeña reunión organizada para esa ocasión.
Por lo tanto llamó a Vidal a su escritorio y le dijo:
– Mi querido Vidal, le señalo que… eh… por pedido de mi sobrina… nosotros… la familia se sentiría feliz de que nos acompañara desde las siete de la tarde, en el compromiso…
– Pero Loustalot me había dicho a las cuatro.
– Sí, en principio, empezará a las cuatro, pero personalmente creo que uno no va a divertirse antes de las siete… Ya sabe lo que son estas fiestas… eh… no son, en suma, muy interesantes… En fin, le aconsejo no ir demasiado temprano… y además, por su trabajo, podría molestarlo…
– Es un punto de vista que en realidad hay que considerar -dijo Vidal-. Si le parece bien, iré a las cinco y propondré al Consortium que me descuente una hora y cuarto de trabajo de mis honorarios mensuales.
– En esas condiciones -dijo Miqueut-, creo que será perfecto evidentemente… Estará libre para recuperar el tiempo perdido un sábado por la tarde…
– Pero naturalmente -dijo Vidal-, y por supuesto, es innecesario pagarme las horas extra… En suma, no nos pagan por horas.
– Tiene perfectamente razón. Debemos ser apóstoles. ¿No tiene nada urgente para mostrarme? ¿Sus reuniones? ¿Andan?
– Sí -dijo Vidal-, eso anda.
– Y bien, entonces, le agradezco.
Al quedarse solo, Miqueut llamó a Pigeon por el teléfono interno que estaba arreglado.
Emmanuel apareció.
– Siéntese, mi amigo -dijo Miqueut-. Veamos… eh… Tengo varias cosas que decirle. En principio le señalo que mi sobrina le ruega que asista a la ceremonia de su compromiso, el miércoles próximo a las siete, en su casa. Arregle con Vidal que también va a ir.
– Loustalot me dijo algo de las cuatro… -dijo Pigeon.
– Sí, pero, ¿no es cierto?, tenemos el proyecto de Nothon para cajas de caramelos para poner al día. ¿Tendrá tiempo?
– Creo -dijo Emmanuel-. En caso necesario, podría venir más temprano.
– Sería una solución excelente. Por otra parte, en principio, nada le impide, cuando tenga mucho trabajo, llegar más temprano todos los días… ¿No es cierto?, tenemos que ejercer una especie de apostolado, y apenas se establezca un día un libro de oro de benefactores, cosa que deseo, en suma, de nuestro gran Consortium, es necesario incluir en él la biografía de todos aquellos que, ¿no es cierto?, habrán, como usted acaba de proponérmelo recién, sacrificado sus placeres en el altar de la Unificación. Por otra parte no es una simple suposición y sería muy interesante. Me propongo hablarle de esto al Delegado próximamente. En todo caso, su ofrecimiento de hacer horas extras me agrada, porque me prueba que toma su trabajo a pecho. Y a este respecto tengo una buena noticia. ¿Recuerda lo que le dije hace algunos meses?: le haré hacerse una posición en el C.N.U. Y bien, a fuerza de interceder ante el Director General, he obtenido para usted un aumento a partir de este mes.
"Vautravers ha trabajado bien", pensó Emmanuel, y en voz alta dijo:
– Le agradezco, señor.
– ¿No es cierto?, yo pienso que en este momento, con las dificultades actuales, doscientos francos por mes, no son para despreciar…
Pigeon, liberado poco después, recorría los corredores a grandes trancos presa de una rabia impotente. Entró bruscamente en lo de Levadoux y Léger.
Estupor: estaba Levadoux. Y Léger no.
– ¿No se fue? -preguntó Emmanuel.
– Imposible. Ese cretino de Léger acaba de telefonearme que no podrá venir enseguida.
– ¿Por qué?
– Están en pleno jiu-jitsu con el cajero de la fábrica Léger Père. Ese cochino parece que se apropió de dos decímetros cuadrados de caucho de antes de la guerra con los cuales Victor tapaba sus cajas de hormigas.
– ¿Con qué motivo?
– ¡Ponerle media suela a sus zapatos! -dijo Levadoux-. Con caucho, ahora que hay madera en todos lados. ¡Uno no se da idea!
– Pero ¿por qué protesta así?
– ¿Y qué? ¡Un día en el que Miqueut desaparece a las cuatro, así al menos lo testimonian mi anotador y mi espía, y en el que cité a las tres y cuarto a… mi hermanita! Si al menos estuviera aquí Léger para contestar que acabo de salir de mi escritorio.
Pigeon salió riéndose a carcajadas y se alejó por el corredor.
Lejos de allí, Léger rodaba por el piso con un viejo barbudo al que le mordía el omóplato derecho.
Y Levadoux aseguraba la permanencia.
El día del compromiso, Pigeon y Vidal hicieron su aparición en el escritorio alrededor de las dos y media de la tarde, hermosos como astros.
Pigeon llevaba un traje claro de un seductor color azul grisáceo y zapatos amarillos cubiertos de agujeros por arriba y de suelas por abajo. Tenía una inmaculada camisa blanca y una corbata de anchas rayas oblicuas azul cielo y gris perla. Vidal se había puesto su traje pituco azul marino y un cuello alto que le daba sin cesar la penosa impresión de haber puesto la cabeza, por distracción, en un tubo demasiado estrecho.
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