La anciana permaneció en silencio cuando Bora entró en su saloncito de música. Había estado muy angustiada por él y, ahora que por fin lo veía, advirtió que, aunque físicamente estaba bien algo terrible ocurría. Sin embargo, conocía a los hombres y sabía que no les gusta que les hagan preguntas cuando acaban de llegar, de modo que continuó trabajando en la labor de encaje, siguiendo el dibujo formado por las agujas en el mundillo, cruzando delicadamente los bolillos de marfil.
Bora se había quitado la gorra, desabrochado la pistolera, arrojado cuero y metal al sillón, y empezaba a desabotonarse el cuello. Donna Maria seguía sus movimientos sin levantar la vista, por el rumor de la tela cuando se quitó la guerrera y la lanzó al respaldo del sillón; la prenda resbaló y cayó al suelo con un blando sonido. Las llaves del coche salieron del bolsillo del pantalón y las botas recorrieron sin hacer ruido la alfombra en dirección al piano, donde las dejó.
La dama le oía jadear, y por fin levantó la vista. Bora estaba en medio de la habitación, con los labios apretados, parpadeando para mantener el control, que sin embargo perdía rápidamente. Ella notó que se desmoronaba por dentro, pieza a pieza, tan deprisa que ni siquiera una oposición tenaz podía evitarlo. Desde hacía tiempo esperaba aquel momento, sin saber si quería presenciarlo. La almohadilla del encaje abandonó su regazo y fue a parar a la cesta que tenía al lado, porque a veces el regazo de una mujer es el lugar al que acuden los hombres que sienten una gran angustia y dolor. Sin embargo, donna Maria seguía sin mirarle, por compasión sobre todo. Hacía muchísimo tiempo que un hombre no iba a llorar a su lado…
29 DE MAYO
Sandro Guidi sabía que si los alemanes estaban implicados en el asesinato de San Juan de Letrán no aparecería ninguna foto de la víctima. La sucinta información del incidente de que disponían en la comisaría de policía el lunes era inútil, y la olvidó por completo cuando Danza llegó y le tendió un folleto en que se aseguraba que la mujer pertenecía a un grupo de la resistencia. Con un presentimiento (aún no estaba preocupado, sólo intranquilo) llamó a los Maiuli y preguntó por Francesca. La criada aseguró que la pareja había salido y que, por lo que sabía, la signorina Lippi estaba en el trabajo.
A la hora de comer fue en coche a la dirección que Francesca le había dado como domicilio de su madre. Llamó a la puerta y una mujer de mediana edad le abrió con actitud recelosa.
Poco después estaban sentados uno frente al otro. Ella tenía la mano encima de una cajetilla de cigarrillos para que Guidi no viera que era de marca alemana… pero él ya lo sabía. En la pequeña cocina una franja de sol creaba reflejos danzarines en los azulejos de la pared. La mujer bostezó. Tenía unas profundas ojeras, pero los ojos eran bonitos. La belleza de su rostro era distinta de la de Francesca; sus rasgos revelaban desilusión, pero eran menos duros, como si la vida le hubiese dispensado otro trato o ella hubiese reaccionado de forma distinta. Llevaba una bata de estar por casa que mostraba lagenerosidad de su cuerpo, pero ni ella ni Guidi parecían reparar en eso. El surco entre sus senos estaba allí, sencillamente, como la luz en la pared.
– ¿Mi hija tiene problemas?
Guidi negó con la cabeza.
– Al menos no con nosotros… -Se refería a la policía-. Estoy realquilado en la misma casa que ella. -Por hábito profesional tomó nota, aunque sin juzgar, de la cama sin hacer, la ropa en el suelo, las hojas de periódico arrebujadas para encender el fuego de la cocina, las colillas que colmaban el cenicero, tazas y platos, todos desparejados.
En cierto modo, la mujer era mucho más guapa que Francesca. Las manos de ambas eran idénticas, largas y esbeltas, con unos dedos que parecían tener cuatro falanges, tan largos eran. Se echó el pelo hacia atrás para apartarlo de la cara, como hacía su hija.
– No sé dónde está. Rara vez viene por aquí. Sé que tuvo el niño hace una semana. Lo siento, no puedo ayudarle.
– ¿Dijo si pensaba irse de Roma?
– No, que yo sepa. De todos modos, ya ha hecho esto otras veces. -La mujer se moría de ganas de fumar, era evidente, y trataba de encontrar la manera de abrir la cajetilla sin que él la viera. Al final se la acercó dándole la vuelta lentamente en la mano mientras hablaba y a continuación el cigarrillo pequeño y grueso apareció en sus labios. Guidi sacó las cerillas y se lo encendió-. He intentado ponerme en contacto con ella. He ido a su trabajo, pero la tienda está cerrada.
– Como la mayoría de los comercios hasta que lleguen los americanos.
Guidi no dijo más. Desde el día anterior daba vueltas en círculo negándose a afrontar las posibilidades. Temía ir al depósito de cadáveres para ver el cuerpo de la mujer asesinada. Por eso buscaba a Francesca en otros lugares. El rostro de la madre se contrajo cuando dio una calada. Al inspector se le ocurrió que quizá Francesca le hubiese mencionado su relación con él y, tenso, se preguntó hasta dónde sabría.
– Mire -dijo ella consultando el reloj pequeño y barato que llevaba en la muñeca-, no quiero echarle, pero va a venir un pintor. Estará aquí dentro de unos minutos, así que, si no le importa…
«Un pintor. Ya.» Guidi se puso en pie, ella no. Salió de la casa y bajó con cuidado para no resbalar en los desgastados peldaños. Al final de la escalera, la acera brillaba como una explosión de luz.
La primera preocupación de Bora aquella mañana fue asegurarse de que el cargamento de la Cruz Roja llegaba al Vaticano. La segunda fue averiguar qué le había ocurrido a Antonio Rau en via Tasso. Sutor atendió la llamada y de inmediato lanzó una invectiva contra Roma y la resistencia, y se lamentó de que ya no quedara tiempo para arrestar a todos esos desgraciados.
– Ese hijo de puta traidor de Rau era uno de ellos. Si el ejército hubiese cumplido con su deber en el combate, no quedarían tantos por ahí vivos y bien escondidos.
Bora advirtió que estaba furioso, pero aun así repuso:
– Si no hubiesen matado a Foa, al menos tendrían una voz sensata en medio de esta locura. Podrían haber fusilado a cualquier otro menos a Foa.
– Sí, podríamos haberle fusilado a usted.
– Supongo que lo dice en broma, capitán, pero no me hace ninguna gracia.
– Espere a que le quiten esas rayas de los pantalones… Bora se echó a reír.
– Está tan acostumbrado a amenazar que creo que a veces se olvida de con quién está hablando.
La amargura contenida de Sutor se desbordó y su voz se volvió chillona.
– ¡Estoy hablando con un entrometido medio inglés a quien teníamos que haber roto el culo hace mucho tiempo, pero lo haremos muy pronto!
– Bien -replicó Bora con tono agrio-, eso ya lo veremos. -Sí, claro que lo veremos. Esto no es Verona, ¿sabe? ¡Siga por ese camino y acabará ante el Tribunal Popular alemán!
En ese momento cogió el teléfono Kappler, que debía de estar al lado del capitán o bien acababa de entrar en su despacho. Su tono era sereno.
– Está irritando a mis oficiales, mayor Bora.
– Sólo porque no permito que me intimiden, coronel.
– Usted también tiene sus defectos. Ser autoritario está muy bien en el campo de batalla, pero no funciona con los hermanos oficiales.
– ¿Está hablando de mí o del capitán Sutor?
– Un poco de ambos. En todo caso, de ser necesario, sé del lado de quién estoy.
– Bueno, pues dígale al capitán que no me gusta que me amenacen. No pienso tolerarlo.
– Hay muchas cosas que usted no tolera, mayor Bora.
El doctor Raimondi se mostró cordial y fue breve cuando Guidi llamó a su consulta.
Читать дальше