– ¿Qué ha ocurrido?
Para entonces los militares estaban revolucionados, mirando hacia su derecha y empuñando los fusiles.
– ¡Se ha oído una explosión detrás de nosotros! -exclamó Sutor, y se apartó precipitadamente de la ventana.
Antes que los demás, ambos oficiales salieron corriendo del salón. Sutor fue en busca de un teléfono y Bora salió del edificio, donde los milicianos, nerviosos, decían tonterías.
– ¡Han volado el Excelsior! -le comentaron.
Bora subió al coche y pidió al conductor que bajase por via Quattro Fontane hasta via Veneto. El automóvil pasó a toda velocidad junto a las tensas tropas de los controles de seguridad y dejó atrás la iglesia americana y el edificio del Ministerio de la Guerra. Allí Bora se dio cuenta de que ni el Excelsior ni el Flora ni el Ministerio de las Corporaciones habían sido los objetivos del ataque. Una columna de humo oscuro se elevaba del tramo de via Rasella donde se encontraba el Hotel d'Italia, y había un autobús volcado y gente que intentaba salir de él. Bora ordenó al conductor que girara a la izquierda y se aproximara a la calle desde el lado opuesto, por la paralela via dei Giardini.
Mientras se apeaba del vehículo, una ráfaga de metralla barrió los escalones que conducían a via Boccaccio. Bora disparó a ciegas. Desde allí no podía ver el principio de via Rasella. A medio camino de la pendiente, unos jirones de humo oscurecían la zona de la explosión, de donde descendía una espuma rojiza de sangre y aguas residuales. Bora pasó por encima de esa masa resbaladiza en dirección a la aullante puerta del infierno.
El pavimento había volado en pedazos. La sangre salpicaba las paredes de las casas hasta una altura de más de dos metros, y trozos desmembrados de cuerpos humanos se desangraban sobre los adoquines. Algunos hombres chillaban mientras se arrastraban bañados en su propia sangre. Los gritos, los olores y las imágenes le abrumaron por un momento como un angustioso regreso al pasado. Sin embargo, los incesantes disparos lo obligaron a mantener el control.
– ¡Bloqueen el extremo occidental! -ordenó a una docena de soldados que daban vueltas y disparaban a las ventanas. Abriéndose paso entre ellos a base de empellones, entró en una casa al azar. Ante los aterrorizados propietarios, cogió un teléfono e informó a Soratte de que un batallón de las SS acababa de ser diezmado cerca de via Veneto.
Cuando volvió a la calle, Maelzer y Dollmann habían llegado desde el Excelsior. El primero estaba borracho y clamaba venganza. Los médicos se arrodillaban en la sangre y pedían camillas.
Sutor también había llegado. Estaba aturdido, paralizado al ver los intestinos de un hombre sobre el pavimento.
– Ayúdeme -dijo Bora desabrochándose el cinturón-. No puedo hacerlo con una sola mano.
Juntos aplicaron un torniquete a un soldado en la pierna, arrancada desde la rodilla. Acabaron con las mangas y los dobladillos de las guerreras empapados de sangre, y con trozos de carne pegados a los dedos. Sutor se arqueó y apenas tuvo tiempo de apartarse antes de empezar a vomitar. Bora pensó que era un cobarde, aunque sólo el estómago vacío le impedía hacer lo mismo. Oía a Maelzer vociferar histéricamente y cómo Dollmann intentaba calmarle. El ejército y las SS ocuparon toda la calle y entraron a la fuerza en los edificios afectados por la explosión. Entonces comenzaron a oírse fuertes gritos y llantos procedentes de las casas.
– ¡Que vengan más médicos! -exclamó Bora-. ¡Bloqueen las calles, maldita sea!
Dollmann le hizo girar en redondo y Bora advirtió que estaba exasperado.
– Intente calmar a esa cotorra de Maelzer, o toda la manzana acabará saltando por los aires. Vienen ingenieros a sus órdenes con cargas suficientes para hacerlo.
Bora se sintió cercano al pánico.
– ¿Qué puedo decirle yo que usted no le haya dicho ya, Standartenführer ?
No obstante, fue al lugar donde Maelzer se secaba la cara, exhausto después de gritar al cónsul alemán. Bastó que Bora se dirigiese a él para que empezara a despotricar de nuevo salpicando saliva alrededor.
– ¡No me diga lo que Kesselring debería o no saber, mayor! -Cuando el ayudante de campo intentó hablar de nuevo, exclamó-: ¡Cállese! ¡Si no cierra el pico, haré que le manden al frente ruso!
– Ya estuve allí.
La imprudencia de sus palabras sorprendió al propio Bora apenas las hubo pronunciado, pero Dollmann se adelantó para desviar la ira de Maelzer con una oportuna intervención.
La confusión era ahora extrema. Los ingenieros ya habían llegado. Los cadáveres se trasladaban a la acera, algunos a trozos, mientras multitud de detenidos era conducida con las manos detrás de la cabeza hasta via Quattro Fontane o se alineaba a las puertas del palazzo Barberini. El último en llegar a via Rasella, con una expresión de fría compostura, fue el teniente coronel Kappler.
A las cinco y cuarto Bora estaba de vuelta en el Flora, donde habló por teléfono con Westphal. El general, que acababa de llegar a Soratte, le informó sombríamente de que había recibido órdenes del cuartel general de Hitler en Rastenburg.
– Pide cincuenta por cada uno -dijo-. ¿Cuántos han muerto?
– Veinticinco, por lo menos. Algunos heridos están muy graves y probablemente morirán esta misma noche. En total calculo que habrá unos treinta o más.
– Eso supone mil quinientos rehenes. Demasiados, Bora. Demasiados. ¿Hemos capturado algún atacante?
Bora se quitó la guerrera y se quedó en camisa. La ropa salpicada de sangre estaba empapada por el sudor y se le pegaba a la piel.
– A menos que estuvieran entre los inquilinos de las casas circundantes, lo dudo. Aquello era un pandemónium y nadie acordonó las calles durante diez minutos o más. Estoy seguro de que utilizaron TNT, al menos veinte kilos. La explosión causó graves daños en las paredes de los edificios, y seguro que había otras cargas que arrojaron a mano. Está claro que participaron varias personas. Debían de estar en las esquinas de las calles perpendiculares a via Rasella, desde donde podían escapar rápidamente.
Westphal se quedó callado en el otro extremo de la línea, o bien hablaba con alguien tapando el auricular con la mano.
– ¿Se ha calmado el general Maelzer? -preguntó al cabo.
– Un poco.
– ¿Quién más está con usted?
– El coronel Dollmann acaba de llegar.
– Intente hablar con él.
Dollmann se hallaba en el umbral. Su enjuta y fea cara estaba llena de manchas y reflejaba cansancio.
– Tendrá suficiente para llenar el resto de su diario con esto. -Intentaba valientemente restar importancia a la situación.
– Coronel, coincidirá conmigo en que desgraciadamente este asunto es competencia del ejército, aunque el objetivo del ataque haya sido una unidad de las SS. Hasta ahora hemos recibido los consejos de políticos, diplomáticos y SS, pero en este caso la decisión debería corresponder a nuestro general Mackensen.
– Creo que más bien corresponderá al general Wolff, pero estoy de acuerdo con usted.
Bora no esperaba una aceptación tan rápida, de modo que se quedó desarmado.
– ¿Qué peso tendrá Mackensen en la toma de decisiones?
– No lo sé.
– El mariscal de campo tiene previsto volver a Soratte a las siete -dijo Bora-. Si debe usted ponerse en contacto con Alemania, espero que lo retrase hasta su regreso.
– Voy a la embajada ahora. Comprenderá que habrá una represalia.
– Lo comprendo, coronel.
Con los ojos cerrados, Dollmann respiró hondo. Bora se avergonzaba de su olor a sudor y sangre, pero Dollmann se llenaba la nariz con él.
– ¿Ah, sí? -dijo el coronel-. Pues yo no. -Se pasó las finas manos por las manchas rojas de las mejillas-. El propósito del ataque era hacernos reaccionar, y si Kappler no lo comprende, nos merecemos todos los problemas que vendrán a continuación. En cuanto a usted, mayor, si realmente quería poner furioso a Maelzer, tenía que haberle dicho que no existe ningún frente ruso al que poder mandarle. -Por un momento se miraron fijamente, oyendo cómo los teléfonos sonaban en el edificio a lúgubres intervalos. Luego dio unos golpecitos a Bora en el hombro con los nudillos-. Ha llegado el momento de matar. Que Dios nos ayude.
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