Genzano estaba enclavado en el borde exterior del menor de los dos cráteres, forrado de viñedos. Bora aceleró por la carretera que conducía al centro antiguo de la localidad, echando algún que otro vistazo a la borrosa imagen de la ciudad de Roma, que aparecía abajo como una interminable playa de guijarros, hasta que al tomar la curva desapareció de la vista. Las casas que flanqueaban la calle estaban pintadas de naranja pálido y amarillo. En aquel lugarreinaba una especie de intemporalidad, aunque el fragor del frente era continuo y el humo que se elevaba de él se divisaba en la llanura, hacia el mar, a menos de veinte kilómetros de distancia. Había una patrulla del ejército en la plaza y Bora se detuvo ante ellos.
Le escucharon con atención. Habían escoltado al mariscal de campo a la ciudad; estaba comiendo en el restaurante Stella d'Italia. Bora miró hacia el lugar donde señalaban los soldados y fue a aparcar junto a la entrada. Los coches del ejército que llenaban la plaza le indicaron que dentro tenía lugar una reunión. Se preparó para esperar hasta que los otros se fueran. Cuando sacó un cigarrillo de la cajetilla, se dio cuenta de que no había encendido el que llevaba en los labios desde que salió de Roma.
La secretaria de Bora tenía una carrera en las medias, lo que el coronel Dollmann consideró una nota discordante en su uniforme del ejército, por otra parte impecable.
– ¿Dónde está el mayor? -Apartó la vista de la carrera cuando la joven se volvió desde el archivador.
– Se marchó a las siete y todavía no ha vuelto.
– ¿Ha llamado?
– Sí, ahora mismo.
– ¿Desde dónde? Tengo que reunirme con él.
– Desde Genzano.
Dollmann decidió no mostrar su sorpresa, pero no pudo por menos de exclamar:
– Por el amor de Dios, ¿qué está haciendo allí?
Bora observaba cómo el mariscal de campo quitaba la espina al pescado que tenía en el plato. Con los dientes del tenedor separó cuidadosamente la carne frágil y cerosa, blanca con una leve tonalidad tostada, hasta que apareció la raspa, con una forma exquisita y casi transparente, que desprendió con facilidad de la carne que la rodeaba. Luego cogió la rodaja de limón y con el pulgar y el índice la exprimió encima del pescado. A continuación se secó los dedos en la servilleta y empezó a comer. Bora apartó la vista.
– Francamente, Martin, no sabe lo que hace.
– Se equivoca, herr Feldmarschall . Necesito una nota de su puño y letra o Guidi morirá. No habría venido si no supiera lo que hago.
Kesselring levantó la mirada del plato. Estaban en un balcón cubierto por una parra que daba al lago, pero la planta no tenía hojas suficientes para protegerlos por completo del sol y eran las rojizas ramas las que proporcionaban sombra.
– Ninguno de nosotros está limpio en asuntos como éste. ¿No ordenó usted represalias cuando prestó servicio en Rusia?
– Contra las fuerzas de la guerrilla, sí.
– ¿Y qué eran para usted «fuerzas de la guerrilla»? ¿Hablaban ruso, llevaban botas valenki ? No sé por qué ha decidido implicarse en este asunto. Si es por amistad, no existe tal cosa en la guerra. Hay camaradería, no amistad. ¡Y por un italiano, después de todo lo que nos han hecho! Han ocurrido cosas horribles otras veces. ¿Qué es distinto esta vez?
– Herr Feldmarschall -dijo Bora secamente-, las ejecuciones empezarán dentro de unas tres horas. Si cree que vale la pena salvar a un hombre inocente, le ruego que me dé un mensaje firmado para Kappler.
– Ese Guidi no será judío, ¿verdad?
– No.
– ¿Está seguro?
– Sí. No es judío.
– Porque si fuera judío, como comprenderá…
– Por el amor de Dios, herr Feldmarschall , ¿acaso se lo pediría si fuese judío?
Kesselring comió otro bocado, luego dejó el tenedor y se le quedó mirando. A Bora le costaba controlarse, pero le sostuvo la mirada sin mover los labios.
Kesselring lanzó una risotada.
– Su padrastro y yo estuvimos juntos hace cuarenta años. El mejor comandante que he tenido. Usted es como él, pero menos ortodoxo aún si cabe. Siempre se está metiendo en líos.
Se limpió los labios con la servilleta. A continuación bebió un sorbo de vino blanco de su vaso y sirvió a Bora, quien ni siquiera reparó en el gesto. Al fin puso en pie su robusto corpachón.
– Llamaré al coronel Kappler y hablaré con él personalmente. Espere aquí.
Cuando entró en el restaurante, Bora se removió inquieto. En la incongruente paz del paisaje, notaba cómo le palpitaban las venas del cuello y las detonaciones del frente parecían no tener fin. Comprendía demasiado bien que Kesselring no deseaba poner su firma en una orden escrita.
El mariscal de campo volvió al fin.
– Kappler no está. He dejado un mensaje a su ayudante. Todo está arreglado. Quitarán el nombre de Guidi de la lista y se quedará en Regina Coeli hasta que vaya usted a recogerlo.
Bora le dio las gracias. Tan pronto se aflojó la tensión, el sudor bañó su rostro. En menos de una hora estaría fuera de via Tasso, de camino a la prisión… y eso sería antes de las dos.
Kesselring se sentó de nuevo.
– Ya está solucionado, Martin. Ahora déjeme comer en paz.
Francesca estaba comiendo con su madre.
– ¿Qué vas a hacer con el niño? -le preguntó la madre al tiempo que cogía su larga cabellera para echársela hacia atrás. Era joven todavía, de caderas estrechas y pechos grandes. Su boca era sensual y tenía manchas amarillentas de tabaco en la yema de los dedos. Francesca apenas recordaba haberla visto con otra prenda que no fuese una bata; en verano, a veces iba desnuda. Cada una conocía muy bien el cuerpo de la otra-. ¿Tienes estrías? -añadió la madre al ver que no contestaba.
– Algunas.
– No entiendo por qué. Yo no tuve ninguna contigo.
– Lo dejaré con los Raimondi -respondió Francesca a la primera pregunta-. A ella ya la conoces, pinta acuarelas. Él es médico y no tienen hijos. Ella me dibuja cada mes y dice que mi vientre es muy bonito. Me ha comprado tres vestidos.
La madre entrecerró los ojos y puso una mano sobre la cajetilla de cigarrillos alemanes que había en la mesa.
– Te los guardo.
Francesca se encogió de hombros con una sonrisita.
– El hombre que vive de realquilado en la misma casa que yo… nos hemos acostado un par de veces. Se siente muy culpable por eso y me ha pedido que nos casemos.
– ¿Y qué le has contestado?
– Me reí en su cara, mamá. Es un policía. ¿Por qué iba a querer casarme con él?
– El hecho de que lo pidan ya es buena señal.
Francesca se dirigió al largo espejo que había en la puerta y se miró de perfil.
– Ya veremos si me lo vuelve a pedir.
Con una simple mirada a la entrada meridional de la ciudad, todavía distante, Bora se dio cuenta de que el aeropuerto que se encontraba junto a la carretera estaba siendo bombardeado. Cuando pudo, giró a la derecha con la intención de llegar a Roma por una ruta paralela y se encontró con que también estaban atacando el campo de Centocelle. Así pues, finalmente llegó a via Tasso por carreteras secundarias a las dos y cinco. Los hombres de las SS no le dejaron atravesar la puerta. A juzgar por el número de vehículos que atestaban la calle, Maelzer había decidido dejar en manos de Kappler la responsabilidad de la ejecución. Bora resolvió probar suerte de nuevo en Regina Coeli y sacar a Guidi de allí.
Dollmann le esperaba junto al coche.
– No sé por qué insiste, mayor. Todas las decisiones se han tomado ya. Kappler fue a ver a Maelzer a mediodía. Mackensen se negó a dar hombres del ejército, de modo que Kappler se ha hecho cargo de la situación. Caruso debía completar la lista a la una de la tarde, pero no lo ha hecho. Kappler está fuera de sí, de modo que menos mal que no ha conseguido usted reunirse con él. Ya no podemos hacer nada para detener esto.
Читать дальше