Con la mayor brevedad que pudo, Bora le explicó la situación. El rostro de Dollmann se endureció.
– Amigo mío, en estos momentos ya están sacando a todos de las celdas para matarlos. Si Kesselring no le ha firmado ningún papel, no tiene nada.
Bora se negó a dejarse llevar por el pánico.
– ¿Vendrá conmigo a Regina Coeli?
– No. Debo reunirme con Wolff en Viterbo.
Bora se puso de nuevo al volante. Al principio de via Nazionale descubrió que se había quedado sin gasolina. Perdió veinticinco minutos esperando que le llevaran una lata. El soldado que se la entregó dijo:
– El depósito pierde gasolina, mayor. Debió de darle alguna bala el otro día. Se quedará seco otra vez si no le ponen un parche.
Bora le ordenó que lo arreglara y, con un dolor cada vez más intenso en el brazo izquierdo, se encaminó hacia el Ministerio de las Colonias, donde telefoneó a su secretaria para pedir que le mandasen otro coche de inmediato. Pasaron quince minutos hasta que llegó un BMW camuflado. Bora cogió sus mapas y la lata de gasolina y se dirigió hacia el río.
Eran algo más de las tres cuando lo cruzó. Los camiones que hasta aquella mañana atestaban el patio de la cárcel habían desaparecido. Entró. El ala tercera estaba prácticamente vacía. Se dirigió hacia el ala italiana. Guidi no estaba allí, y tampoco Sciaba. De pronto se le encogió el corazón al pensar en el general Foa, porque sabía que sería el primero en la lista de Kappler.
Volvió a subir al coche y se quedó unos minutos sentado al volante, derrotado. La cálida luz del sol parecía crear remolinos rojos ante sus ojos. Tenía calambres en el estómago. No probaba bocado desde la frugal comida del día anterior y se sentía algo mareado. Empezaba a notar unas punzadas tan agudas en el brazo que hizo una mueca de dolor y se apretó el antebrazo. De todos modos, debía pensar con rapidez.
¿Adónde? ¿A qué lugar de Roma podían llevar a más de trescientos hombres para ejecutarlos? No, en Roma no. Fuera de la ciudad, desde luego, pero ¿adónde? A un barracón, sin duda. Había decenas de ellos por todo el perímetro de la ciudad, fuertes, campos y terrenos de pruebas. ¿Cuál habrían elegido? Pensó de inmediato en los barracones del extremo norte de Roma, pasado el Vaticano, una larga hilera que formaba prácticamente una ciudadela militar. Forte Bravetta era donde tenían lugar las ejecuciones del ejército Italiano, en via Aurelia, y allí estaba el antiguo campo de tiro del ejército, en el meandro septentrional del Tíber.
Más animado, salió del coche para preguntar a los policías italianos que había a la entrada de la cárcel en qué dirección se habían ido los camiones. Le respondieron que habían cruzado el puente, cosa que Bora no comprendió.
– ¿Quieren decir que se han dirigido hacia el centro de Roma?
No lo sabían. Los camiones habían pasado al otro lado del Tíber y habían tomado la carretera que discurría paralela al río.
– ¿Norte o sur?
– Sur.
De vuelta en el coche, Bora estudió un mapa de la ciudad y sus alrededores. Tenía que ser fuera de Roma. No era fácil hacer desaparecer trescientos veinte cuerpos, y no creía posible que los camiones regresasen a la ciudad con un cargamento tan truculento para que lo viesen los romanos. Desde luego, él había estado en pueblos rusos donde las SS solucionaban el problema haciendo que las víctimas cavasen sus propias tumbas. Sin embargo, aquel día no había tiempo, a menos que los ingenieros hubiesen abierto las fosas con máquinas. La cuestión era dónde y a qué distancia.
Tenía que ser en Forte Bravetta, el complejo militar situado al oeste de donde se encontraba ahora. Allí habían ejecutado a los líderes de la resistencia la semana anterior. Se hallaba en un espacio abierto y desolado, más allá de la iglesia de la Madonna del Riposo, y nada señalaba el camino, salvo los ennegrecidos muñones de unas torres medievales y unas zanjas hondas. Los conductores de los camiones podían haber decidido ir hasta allí por viale del Re después de cruzar de nuevo el Tíber dos puentes más abajo. Tomó la carretera que bordeaba las colinas detrás de Regina Coeli con la esperanza de alcanzar al convoy.
Pero no fue así, y tampoco había ningún camión en el recinto de Bravetta. El oficial italiano al mando se mostró muy amable con él, pero no le ayudó en absoluto. Bora tuvo ganas de gritar de frustración. Durante todo el día, mientras iba de un sitio para otro, había acariciado su objetivo con la certeza de que podía conseguirlo. Ahora, por primera vez, pensó que quizá no lo lograría: todo había concluido, eran más de las cuatro y veinte y Guidi ya estaría muerto. Le invadió el desánimo. Tenía hambre y agudos dolores en el brazo. Era el hambre lo que más le enfurecía, porque se trataba de una reacción vil, animal, cuando todo lo demás era mucho más importante. Estuvo tentado de conducir derecho hacia su despacho y refugiarse en él, sin pensar en nada más.
El oficial italiano le observaba con cierta compasión a unos pasos de distancia.
– Mayor, no le preguntaré lo que busca -dijo- pero, sea lo que sea, déjelo. No puede hacer nada.
Bora sintió un nuevo brote de obstinación.
– ¿Cuánto se tarda en ejecutar a trescientas personas? Los azules ojos del oficial parpadearon.
– ¿Me lo dice o me lo pregunta?
– Le pido su opinión.
– Depende. Con una metralleta, cinco minutos. Si es una ejecución militar normal, calculo que varias horas.
– ¿Cuántas?
– Cuatro o cinco por lo menos.
Bora subió al coche y encendió el motor.
– Gracias. Ahora tengo que intentar creerlo.
Francesca dejó los vestidos nuevos encima de la cama. El que más le gustaba era el azul con un ribete blanco en el cuello y las mangas, demasiado elegante para llevarlo con medias de algodón. La ponía nerviosa no haber oído ninguna noticia de represalias alemanas, especialmente cuando ya habían empezado a circular rumores del atentado. Se preguntaba si podría volver a trabajar sin correr ningún riesgo a la mañana siguiente. De un cajón sacó las medias de seda que le había regalado Guidi, las dejó junto al vestido y consideró que quedaban bien.
En el salón, los Maiuli hablaban con unos vecinos que habían ido a escuchar la radio. Por encima de las demás voces se oía la de Pompilia Marasca, que preguntaba por qué hacía dos días que el inspector no pisaba la casa. La signora Carmela le explicó que había pedido ayuda a san Antonio y san judas, que, «como se sabe, nunca fallan». Se hizo el silencio cuando el profesor puso la radio para oír las noticias de las cinco.
Veinte minutos después, Martin Bora estaba de nuevo en Regina Coeli, donde una vez más consideró sus opciones. Las carreteras por donde los camiones podían haber salido de Roma en dirección sur eran seis; no tenía ni idea de su destino final, pero saber por dónde habían salido era un primer paso.
Como los policías le habían explicado que los prisioneros iban atados en grupos de tres, con las manos a la espalda, pidió una navaja. La petición despertó cierta curiosidad, pero le entregaron una automática. Bora condujo hasta el punto donde via Portuense cruzaba las murallas y preguntó a un tendero si había visto un convoy, sin resultado. A las cinco y media probó suerte con una mujer que cosía en un portal de via della Magliana. A las seis menos veinte estaba en via Ostiense, donde empezó a ponerse nervioso ante la falta de información. A la puerta Ardeatina llegó cinco minutos después. Un mendigo le contó que no pasaba por allí ningún vehículo del ejército desde la mañana, cuando había visto salir un único coche. Bora se marchó y llegó a la puerta de San Sebastián justo después de las seis.
Читать дальше