El sol comenzaba a ponerse y la mole vallada y siniestra de la puerta romana se alzaba ante él con sus dos torres circulares apretujadas entre las murallas. Bora miró con desaliento la silueta centenaria de san Miguel, grabado en el interior del arco para que la protegiera de las invasiones extranjeras. Al otro lado de la calle, un zapatero se disponía a cerrar su tienda. Dijo que sí, que habían pasado camiones durante todo el día, los dos últimos no hacía mucho.
Bora sintió renovados bríos. El cansancio y el dolor desaparecieron al invadirle una súbita energía nerviosa, sin reparar en que ya habían transcurrido casi tres horas desde que empezaran las ejecuciones. Sólo cayó en la cuenta cuando atravesó la puerta bajo el crepúsculo anaranjado, que hacía que los muros que flanqueaban via Appia arrojaran sombras como mortajas, inmensamente largas.
Si permitía que la tensión lo abandonara aunque sólo fuera un momento, se apoderaría de él un agotamiento peligroso, la necesidad desesperada de dormir después de treinta y seis horas de vigilia. Se movía únicamente por inercia, porque no podía haber lugar para la esperanza en la remota posibilidad de que Guidi siguiera con vida.
Estaba tan cansado que en cierto momento el coche se salió de la carretera hacia la hierba del arcén, donde dio un volantazo justo a tiempo para evitar chocar contra el muro. Unos pasos más allá había una fuente, sólo un tubo de metal por donde caía agua en una pila cubierta de verdín. Bora fue hasta allí y metió la cabeza bajo el frío chorro.
La carretera se bifurcaba a menos de dos kilómetros de la ciudad. Era un lugar romántico que conocía bien, con higueras que asomaban por encima de las cercas de los patios y la fachada barroca de una capilla en la curva. Allí, en la iglesia Domine Quo Vadis, Pedro, que huía, se encontró con Cristo y regresó a Roma avergonzado después de hacerle la pregunta que da nombre a la capilla: «¿Adónde vas?»
No había nadie a la vista a quien preguntar y no podía perder el tiempo buscando a alguien. Enfiló el ramal de la izquierda y continuó hasta que la carretera se dividió de nuevo; decidió no tomar el camino que llevaba hacia un campo. Había pasado ante la entrada de una catacumba y ya se veía la carretera lateral que conducía hacia la de Pretestato. Toda aquella zona estaba llena de pasadizos subterráneos usados como lugares d enterramiento por judíos y cristianos en tiempos de los romanos. Los túneles se extendían hasta unas distancias prodigiosas y se cruzaban en varios niveles de piedra volcánica resistente pero fácil de cortar. Bora viajaba por encima de una corteza bajo la cual se hallaban sepultadas miles de personas.
Era demasiada coincidencia para no establecer el macabro paralelismo. Enseguida lo descartó, por las repercusiones que tal violación podía tener en el Vaticano, aunque todo lo demás cuadraba, ya que las catacumbas mismas se habían excavado en unas canteras de piedra abandonadas. La lúgubre imagen de una tumba natural espoleó a Bora a dirigirse hacia la catacumba de Pretestato. Preguntaría en San Sebastián, en via delle Sette Chiese.
La puerta de la antigua basílica no estaba cerrada. Dentro la oscuridad era casi completa. Al oír el sonido de las botas militares un hombre arrodillado en el primer banco se levantó e hizo ademán de alejarse hacia un lado. Bora le indicó que se detuviera. Era un sacerdote bajito con expresión atribulada y un cuello delgado como el de un pajarito que le bailaba en el alzacuellos. Bora lo llevó hasta la débil luz que entraba por la puerta. Le habló con sequedad, sin controlar apenas sus palabras. Eran ya las siete.
– No lo sé -dijo el sacerdote con voz quejumbrosa-. No sé quién es usted.
El hombre sentía un miedo cerval; Bora se daba cuenta, pero no tenía tiempo de aplacarlo. Se metió la mano bajo el cuello de la camisa y sacó una medalla tirando de su cinta.
– Mire, el escapulario. Soy católico. Debo saber si ha pasado algún camión alemán por aquí.
– No he visto ninguno.
Bora respiró hondo. Bien. Bien. Eso significaba que el lugar elegido para la ejecución se encontraba entre aquel punto y las murallas.
– ¿Hay alguna cantera o mina de arena por aquí cerca? El sacerdote puso los ojos en blanco.
– ¿Cantera? Pues sí, pero nadie la usa desde hace mucho tiempo.
– ¿Dónde?
Según le indicó, debía seguir varios caminos vecinales hasta llegar a una cornisa sobre un riachuelo, hacia el norte.
– No entre en el valle. Siga por la cornisa.
Bora corrió hacia el coche. La luz decreciente difuminaba el contorno de las cosas. Siguió conduciendo, pero no se acordó de girar hacia la cornisa hasta que casi había llegado al arroyo. No vio señal alguna de los camiones. Abajo reinaba la oscuridad. Bajó la ventanilla. Ningún sonido.
De nuevo le invadió el impulso de rendirse y cerrar los ojos. Estaba en medio de la nada y la oscuridad. Era tarde. Los muertos, los viejos y los nuevos, estaban allí, pero él no podía verlos. Sentía su insoportable proximidad y, sin embargo, tenía la sensación de estar irremediablemente perdido. ¿Por qué se le había permitido llegar tan lejos y fracasar? Le parecía que en su interior se aflojaba una trenza muy apretada. Pronto se desharía por completo, a menos que la sujetase de algún modo, de otra forma. Mecánicamente empezó a pronunciar las antiguas palabras en latín, como si pudiesen servir de algo, con los brazos cruzados sobre el volante y la cabeza entre ellos. Pensamientos inconexos, viejas palabras en latín, una y otra vez, para evitar que la trenza se aflojase en su interior.
– Illuminare bis, qui in tenebris et in umbra mortis sedent …
Entonces lo oyó. Abrió los ojos en la oscuridad y se incorporó. El sonido de disparos llegaba a intervalos, amortiguado, como si procediera de un lugar lejano o un recinto cerrado. El coche estaba de cara al sur y los tiros procedían del oeste, pasada la ancha banda de catacumbas a lo largo de via Appia.
Bora dio marcha atrás y se dirigió hacia la carretera a campo traviesa. Se incorporó a ella cerca de via delle Sette Chiese, que encontró cerrada por las SS donde se cruzaba con la Ardeatina. Su mente funcionaba ahora siguiendo esquemas lógicos pero temerarios. Dio media vuelta y condujo en dirección a Roma a lo largo de dos kilómetros para poder entrar en la Ardeatina por su extremo norte, aunque allí también había tropas. Pronto vio las rendijas de los oscurecidos faros delanteros de los camiones que entraban en la carretera desde la dirección opuesta. Gando velocidad, llegó hasta ellos cuando atravesaban el puesto de control, donde nadie le detuvo. Eran camiones de ingenieros; aun así, Bora se negó a que su esperanza desfalleciera.
El convoy se dirigía hacia una hondonada que había a la derecha de la carretera y donde un saliente ocultaba unas minas o cavernas. Los disparos procedían de allí. A la luz de las linternas distinguió a una veintena de hombres apiñados a la entrada de las cuevas. No se movían ni hablaban; los guardias que les vigilaban vociferaban como borrachos. Repararon en su presencia, pero no impidieron que se acercara. Un haz de luz amarilla permitió a Bora ver al capitán Sutor, que salía con dos soldados, y reconocer, por su elevada estatura y los hombros caídos, a Guidi en el grupo de prisioneros.
El resto fue como un sueño de ritmo acelerado. Bora ordenó al SS que estaba más cerca que soltase al hombre alto y recibió como respuesta una mirada de estupor. Guidi debió de oírle, pero no reaccionó. Cuando Bora tiró de él para sacarlo del grupo, salieron también los dos hombres que estaban atados con él, espalda con espalda. El alivio y la frustración habían crecido hasta tal punto en Bora que no podía controlarlos. Con la navaja cortó la cuerda, sin preocuparse por las manos ni las muñecas. Cuando la cuerda cedió, Guidi seguía sin moverse. Bora tiró de él y el inspector, que tenía los pies atados, cayó de rodillas. Exasperado, el alemán le tendió la navaja.
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